Un “superciclo” desaprovechado

Redacción

Por Redacción

A diferencia de sus homólogos del exterior, los gurús económicos locales, aleccionados por la recuperación rápida del producto bruto en los años que siguieron al derrumbe del 2001 y el 2002, propenden a ser bastante optimistas cuando de formular pronósticos se trata, pero en los meses últimos la mayoría ha llegado a la conclusión de que el país tendrá que resignarse a un ritmo de crecimiento decididamente más lento que el alcanzado mientras duró lo que algunos llaman el “superciclo”. Quienes piensan así coinciden con el CEO de Techint, Paolo Rocca, en que la evolución poco dinámica de la economía brasileña tendrá repercusiones negativas aquí y que el previsto “cambio de modelo” en China, donde el gobierno nominalmente comunista ha decidido privilegiar el mercado interno por entender que no podrá continuar aumentando las exportaciones a un mundo desarrollado en crisis, incidirá en los precios de los commodities, lo que sería una muy buena noticia para los muchos países pobres que son apenas capaces de alimentarse pero una muy mala para los que, como la Argentina, dependen de la venta de productos agrícolas como la soja. De estar en lo cierto los convencidos de que ya se agotó el “superciclo” que tanto nos ha beneficiado, en adelante el crecimiento tendrá que provenir de las medidas que tomen tanto el Estado como el sector privado con el propósito de mejorar la eficiencia, o sea la competitividad, de la economía en su conjunto. Por desgracia, ya es dolorosamente evidente que el país no supo aprovechar una coyuntura excepcional que se prolongó durante varios años y que, no obstante las afirmaciones de Rocca y otros, aún no ha terminado por completo, pero que así y todo no podrá eternizarse. Es lógico que los voceros del gobierno kirchnerista hayan atribuido el crecimiento impresionante de los años últimos al “modelo” que dicen haber construido, minimizando la incidencia del “viento de cola”, ya que todos los políticos del mundo procuran apropiarse de los logros y culpar a otros por los fracasos, pero los más inteligentes se resisten a dejarse engañar por su propia propaganda en tal sentido. Sin embargo, parecería que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores realmente creen que el crecimiento que se frenó de golpe en el transcurso del año corriente se debió más a las bondades del “modelo” que a factores que le eran ajenos, razón por la que hizo muy poco para estimular las inversiones productivas o preparar a la población para un futuro en que importaría más la capacidad de cada uno para aportar al bienestar común y menos la disponibilidad de amplios recursos naturales exportables. Para prosperar, un país como la Argentina, con más de 40 millones de habitantes, no puede depender de las fluctuaciones de los precios de un puñado de commodities en los siempre imprevisibles mercados. Aunque las ventajas así supuestas le aseguran un colchón que sirve para morigerar el impacto de una caída precipitada, no son suficientes como para permitir que la mayoría disfrute de un nivel de vida superior al ya alcanzado. Por una mezcla de razones electoralistas y la voluntad de probar que los llamados “neoliberales” u “ortodoxos” son personas despiadadas que no entienden nada, el gobierno kirchnerista se ha concentrado en proteger a la gente de los rigores del mercado, de ahí la desastrosa política energética, las trabas a la exportación de productos que a su juicio deberían destinarse a la mesa argentina, un gasto social enorme, de dimensiones apropiadas para países del norte de Europa, que se ha repartido según criterios desembozadamente clientelistas y, a causa del facilismo sensiblero que se ha difundido en el ámbito gubernamental, el deterioro peligroso de la calidad de la educación pública. También ha permitido que la inflación crónica regresara para quedarse, ya que, como la presidenta misma ha aclarado en diversas ocasiones, al gobierno no se le ocurriría aplicar nada tan antipático como un ajuste. La consecuencia inevitable de esta estrategia típicamente populista ha sido la pérdida de competitividad en casi todos los sectores y, por lo tanto, muchos años más de pobreza extrema para millones de familias y de frustración para los que en circunstancias más promisorias estarían en condiciones de prosperar.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 23 de diciembre de 2012


A diferencia de sus homólogos del exterior, los gurús económicos locales, aleccionados por la recuperación rápida del producto bruto en los años que siguieron al derrumbe del 2001 y el 2002, propenden a ser bastante optimistas cuando de formular pronósticos se trata, pero en los meses últimos la mayoría ha llegado a la conclusión de que el país tendrá que resignarse a un ritmo de crecimiento decididamente más lento que el alcanzado mientras duró lo que algunos llaman el “superciclo”. Quienes piensan así coinciden con el CEO de Techint, Paolo Rocca, en que la evolución poco dinámica de la economía brasileña tendrá repercusiones negativas aquí y que el previsto “cambio de modelo” en China, donde el gobierno nominalmente comunista ha decidido privilegiar el mercado interno por entender que no podrá continuar aumentando las exportaciones a un mundo desarrollado en crisis, incidirá en los precios de los commodities, lo que sería una muy buena noticia para los muchos países pobres que son apenas capaces de alimentarse pero una muy mala para los que, como la Argentina, dependen de la venta de productos agrícolas como la soja. De estar en lo cierto los convencidos de que ya se agotó el “superciclo” que tanto nos ha beneficiado, en adelante el crecimiento tendrá que provenir de las medidas que tomen tanto el Estado como el sector privado con el propósito de mejorar la eficiencia, o sea la competitividad, de la economía en su conjunto. Por desgracia, ya es dolorosamente evidente que el país no supo aprovechar una coyuntura excepcional que se prolongó durante varios años y que, no obstante las afirmaciones de Rocca y otros, aún no ha terminado por completo, pero que así y todo no podrá eternizarse. Es lógico que los voceros del gobierno kirchnerista hayan atribuido el crecimiento impresionante de los años últimos al “modelo” que dicen haber construido, minimizando la incidencia del “viento de cola”, ya que todos los políticos del mundo procuran apropiarse de los logros y culpar a otros por los fracasos, pero los más inteligentes se resisten a dejarse engañar por su propia propaganda en tal sentido. Sin embargo, parecería que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus colaboradores realmente creen que el crecimiento que se frenó de golpe en el transcurso del año corriente se debió más a las bondades del “modelo” que a factores que le eran ajenos, razón por la que hizo muy poco para estimular las inversiones productivas o preparar a la población para un futuro en que importaría más la capacidad de cada uno para aportar al bienestar común y menos la disponibilidad de amplios recursos naturales exportables. Para prosperar, un país como la Argentina, con más de 40 millones de habitantes, no puede depender de las fluctuaciones de los precios de un puñado de commodities en los siempre imprevisibles mercados. Aunque las ventajas así supuestas le aseguran un colchón que sirve para morigerar el impacto de una caída precipitada, no son suficientes como para permitir que la mayoría disfrute de un nivel de vida superior al ya alcanzado. Por una mezcla de razones electoralistas y la voluntad de probar que los llamados “neoliberales” u “ortodoxos” son personas despiadadas que no entienden nada, el gobierno kirchnerista se ha concentrado en proteger a la gente de los rigores del mercado, de ahí la desastrosa política energética, las trabas a la exportación de productos que a su juicio deberían destinarse a la mesa argentina, un gasto social enorme, de dimensiones apropiadas para países del norte de Europa, que se ha repartido según criterios desembozadamente clientelistas y, a causa del facilismo sensiblero que se ha difundido en el ámbito gubernamental, el deterioro peligroso de la calidad de la educación pública. También ha permitido que la inflación crónica regresara para quedarse, ya que, como la presidenta misma ha aclarado en diversas ocasiones, al gobierno no se le ocurriría aplicar nada tan antipático como un ajuste. La consecuencia inevitable de esta estrategia típicamente populista ha sido la pérdida de competitividad en casi todos los sectores y, por lo tanto, muchos años más de pobreza extrema para millones de familias y de frustración para los que en circunstancias más promisorias estarían en condiciones de prosperar.

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