Un tributo a los maestros que trasmiten pasión por aprender

“El profesor”, de Frank McCourt, ya es best-seller. Las razones de un éxito que es de lectura fascinante para adolescentes y adultos.





El aula es un lugar de mucho dramatismo.

Donde muchas veces el docente no termina de saber qué le ha hecho a tal alumno o qué ha hecho por tantos otros que están ahí, soñadores, insulsos, despectivos, maravillosos, sonriente, complejos…De todos modos, con los años, el docente desarrolla antenas. Sabe cuándo llegó hasta ellos, cuanto se los puso en contra. Es química. Es psicología.

Y justamente de esa química y psicología trata “El Profesor”, de Frank McCourt (Editorial Vertical de bolsillo), un libro realmente bello y conmovedor donde esta maestro cuenta su historia de treinta años de carrera docente en escuelas públicas en Nueva York y de cómo aplicó métodos pocos ortodoxos para enseñar efectiva y afectivamente a los adolescentes norteamericanos. ¿Cómo cuáles métodos? Por ejemplo: las notas de justificación que mandan los padres al docente porque su hijo faltó el día anterior o porque ese día no puede entregar el práctico que se le pidió. McCourt, como todos los docentes, sabe al instante qué nota la escribió el padre y cuál fue falsificada por su hijo. Distinguirlas por la caligrafía y el temblor de la letra sería algo burdo por lo evidente. Nada de eso. Sino por el vuelo creativo de las notas. Un padre, dice McCourt, escribe: “Peter llegó tarde porque no sonó el despertador”. Una nota como esa no merece siquiera el lugar en el cesto de la basura, dice el autor.

En cambio un adolescente puede poner:

* “El perro de su hermana se comió su tarea y ojalá se atragante”.

* “Su hermanito bebé orinó sobre su composición cuando ella estaba en el baño hoy por la mañana”.

* “Su hermano mayor se enojó con ella y le tiró el ensayo por la ventana y se voló por todo Staten Island lo cual no está bien porque la gente lo leerá y se llevará la impresión equivocada salvo que lean el final donde se explica todo”.

Y así, bla bla bla bla….¿Qué hace un docente como McCourt con toda esta creatividad?

Las copia a todas, una por una, sin la firma del autor. Hace un documento y lo entraga a cada uno de sus alumnos en la hora de gramática. Y les dice:

-Algunas de las notas que hay en esa hoja fueron escritas por personas de este curso. Sabrás quiénes son. Usaron su imaginación y no se conformaron con el viejo cuento del despertador. Pasarán excusándose el resto de sus vidas y quieren que sus excusas sean creíbles y originales. Puede que hasta terminen escribiendo jusitificaciones para sus propios hijos cuando lleguen tarde o falten o participen de alguna rateada. Inténtenlo ahora.Imaginen que tienen un hijo o una hija de quince años que necesita una justificación porque le va mal en inglés. Liberen la imaginación.

Los chicos, pasmados lo miraron. “Yo estaba desconcertado. ¿Cómo manejo este entusiasmo?”, dice el docente.

-Pueden empezarlo aqui y seguirlo en su casa o en el otro lado de la luna, les dijo.

Y los chicos no dejaron de escribir.

“La razón era que me había dado cuenta de que en la historia de la humanidad había material suficiente para millones de notas de justificación. Tarde o temprano, todos necesitan una justificación”, escribe el docente al final de un capítulo.

Esta madrugada terminé de leer este hermoso libro con una terrible gana de estar en una de sus clases. Pero él ya está jubilado. Pero para eso está este libro que esta última semana ya es best-seller en Argentina.

Horacio Lara

hlara@rionegro.com.ar


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