Un viaje al interior de la memoria

El autor habla de su libro “Una misma noche”.





La lectura de “Una misma noche” –novela de Leopoldo Brizuela, ganadora del Premio Alfaguara– involucra al lector en un ejercicio de memoria del cual nadie sale indemne al poner en primer plano las reacciones ambiguas de una sociedad enfrentada al horror cotidiano de la dictadura militar. Un asalto en una casa, situada en los lindes de La Plata, dispara el recuerdo perturbador de un hecho de las mismas características ocurrido más de 30 años atrás, una situación borrosa que el protagonista, un escritor, se empeña en visualizar por medio de la escritura de una novela. Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) es autor de las novelas “Tejiendo agua” e “Inglaterra. Una fábula”. Publicó también el libro de relatos “Los que llegamos más lejos” y el libro de poemas “Fado”. Obtuvo las becas Gulbenkian de Lisboa, de la Fundación Antorchas y del Banff Center for the Arts. Recibió, entre otros, el Premio Clarín de Novela y el Primer Premio Edelap de Cuento. Brizuela confiesa que en la novela “hay una carga real más que autográfica” al referirse a esa trama ficcional que trata de recuperar lo que pasó cuando tenía 12 años y una patota apareció en su barrio, en su casa, buscando a alguien. Un episodio que por medio de la escritura intenta salir del cono de sombras donde permaneció por mucho tiempo. –Por lo que contás, la escritura parte de un hecho real… –Hay una escena concreta cuando vino la patota a casa a hacer una requisa y lo único verdadero, verdadero de lo que escribo, es que yo toqué el piano y un tipo con una Itaca al lado, con mi vieja en la vereda y mi papá por ahí. No me la acordaba para nada y de golpe me vino a la cabeza. Y pienso que a lo mejor para eso está la literatura escrita o leída, para esa relación con la memoria. Me gusta la idea de que los lectores se peleen o dialoguen con este libro. –Me llamó la atención el título “La repetición” con el que presentaste la novela aunque después quedó “Una misma noche”. Da la idea del tiempo como una convención, que 30 años no es nada… –Exactamente, sí, no es la idea de que hay dos noches similares, es una misma. La idea de la repetición no era tanto por las dos noches sino por el mecanismo ese que te hace aprender –lo que me obsesionaba y obsesionaba al protagonista– aprender hasta que te olvidas que lo sabés, como tocar el piano. –En el libro se establece una relación entre memoria y ficción, como pistas… ¿Por qué? –Son pistas tramposas como para que el lector se identifique más fácilmente con esa situación, pero después hay otras cosas que –creo yo– solo se pueden encontrar con los elementos de una novela. Me acuerdo de que mucho tiempo después de lo ocurrido escuché por primera vez la palabra desaparecido. ¿Cómo se contaba entonces ese relato? Y con respecto al presente donde creo que en el relato común solo se toleran las versiones heroicas de esa época. Me empecé a dar cuenta de que poca gente habla de su miedo. El personaje se castiga mucho y lo llama cobardía, pero esto hay que interpretarlo. –Vos decís al final que somos aquello que no podemos expresar en un relato, como que la ficción puede tocar eso insondable del ser humano… – Me di cuenta de la revalorización de la memoria, pero como bajándola de una pedestal. El personaje no puede recordar solo y está desesperado porque no puede hacer memoria. Cuando quiere recordar al padre en una escena, no sabe si es sueño o realidad. –¿Cómo se te ocurrió la novela? La novela se me ocurrió al explorar una situación, porque ningún escritor plantea voy a escribir algo sobre la dictadura. Uno se imagina que algo pasó de determinada manera y basta un dato de la realidad y te trastoca la memoria. Y creo que es muy esperanzador en medio de la tragedia. Podrá ser terrible, pero las versiones se pueden recrear y la memoria es una actividad del presente. –¿La relación del hijo con el padre no actúa como un obturador de la memoria? –Implica un mayor grado de desesperación porque el hijo, al no saber si lo que vio es un sueño, empieza a recordarse el mismo de una manera que no tolera. Los momentos de cobardía son difíciles de recordar y me interesaba ver que el personaje al recordarse a sí mismo fue mucho más difícil cuando ya no pasaba nada cruento, no como en 1976 cuando todavía era puro. Una hipótesis muy consciente de la novela es que no se puede recordar solo, te tienen que ayudar y contener. Yo quería presentar a la dictadura no como un huevo que salía de la nada, sino como algo que se instalaba con historia. Cuando llega la patota al barrio hay tres personas al menos que tienen posibilidad de reaccionar para un lado u otro. Un tipo que hubiera hecho la colimba, ¿cómo reaccionaba frente a la aparición de una patota? Esa pregunta me parecía importante de hacer. Mostrar ese lado, sacarlo a la luz y comprender que en una situación así no se sabe cuál puede ser la reacción. Cuando fui a la ESMA –en una visita que no tiene que ver con la contada en la novela– me alucinó eso, cómo era un tipo formado ahí. Qué pasaba con los colimbas. Me parece aberrante cómo alguien pudo haber concebido algo así en un supuesto lugar de formación. Y que para colmo a los alumnos más destacados como un modo de graduación los invitarán a pasar una noche en la custodia de un torturado, era una cosa más allá de lo que habla la novela. Y después el papel “pedagógico” del campo, lo que la mente perversa de los milicos querían hacer con cada uno de los ciudadanos. –¿Cómo se ubica el chico frente al horror de esos días? –Me gusta la imagen del niño ese, pensándolo después de escribir la novela, creo que siente un horror mucho más profundo. Todo se puede volver en tu contra por cualquier cosa. Como pasó en esa época. Cualquier cosa puede hacer que te maten pero al mismo tiempo la experiencia de ese pibe, es que ese mundo, su casa, el último refugio de la infancia, puede también volverse otra cosa. Un miedo mucho más profundo que el que podes tenerle a un comisario o al chico malo de la cuadra. –Otra amenaza que el personaje vislumbra es la de no poder recordar… –Ya empieza a no quedar gente de esa generación, a la gente de menos de 30 ya no le suena tan horrible la mención de algunos nombres. Que empiezan a ser nombres de diccionario. Cosas que pueden pasar en un mismo barrio, en una misma casa, solo él sabe, porque los viejos están muy viejos y los jóvenes no están ahí. –Desde esa perspectiva ¿la literatura es un antídoto contra el olvido? –Sí, y también de una manera muy irracional, todos nos refugiamos en la escritura como si eso nos pudiera salvar. Muy irracional salvarse de la bonaerense con la escritura, porque al fin al cabo es eso. Alguien me hizo notar que es como el chico que toca el piano, ponerte detrás de una computadora y escribir una novela. (Télam)


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