Una acumulación de romances
Adolfo Bioy Casares y el amor
Literatura
Le dio trabajo a Silvina Ocampo. Mucho trabajo. Porque Adolfito la engañó con persistencia prusiana.
Seductor nato, tuvo en las mujeres un espacio seguro para las emociones furtivas. Un recorrido que comenzó cuando la adolescencia sólo era amague. Un ir al sexo sin apuro, pero con decisión.
-Dejá los juguetes, Adolfito. Es hora de que comiences a interesarte por las mujeres -le dijo un día Joaquín, el portero del edificio donde se criaba.
-Acepté esa frase como si hubiera sido dicha por Jehová y me interesé en las mujeres. Entonces me propuso que fuéramos al teatro de revistas, la sección vermut, que era a las seis y media de la tarde. Y fuimos al Porteño. El cuerpo de baile se llamaba Las treinta caras bonitas. Entre ellas estaban dos hermanas, Elena y Haydée. Me enamoré perdidamente de Haydée, rubia. Junté coraje. Averigüé su número de teléfono. La cité para esperarla a la salida del teatro. Joaquín me prestó sus pantalones largos, yo todavía usaba los cortos…
Y entonces Adolfito comenzó a explorar la geografía femenina a partir del mundo de las bataclanas. “Me gustaba la palabra ‘bataclana’, parecía misteriosa, muy prestigiosa… Me deslumbraban ellas, desnudas en el escenario -le comentó a Fernando Sorrentino en “Siete conversaciones con ABC”.
De ahí en más Adolfito apiló romances. Incluso con una sobrina de su esposa. (CAT).
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