Una anomalía institucional llamada Transnistria
Ningún país del mundo, ni siquiera la ambivalente Federación Rusa, reconoce a Transnistria como Estado independiente. Porque simplemente no lo es. Aunque pretenda serlo, porque así se ha autoproclamado. La diminuta región europea procura lograr su secesión de Moldavia (alguna vez llamada Bessarabia, en tiempos del Imperio otomano). Hasta ahora, sin éxito. Rusia mantiene aún un importante contingente de tropas en Transnistria (esa presencia de tropas es definida como un contingente “de paz”) y la asiste financieramente, toda vez que ello resulta necesario. Pero allí está Transnistria. Distinta. Pequeña. Dura. Con apenas 500.000 habitantes, buena parte de los cuales vive en la ciudad capital: Tiraspol. Con una población total que es apenas la mitad de la ciudad de Rosario o de la ciudad de Córdoba. Con su moneda: el rublo ruso. Con su propio Poder Legislativo: el Soviet Supremo, como cuando la Guerra Fría. Con el alfabeto cirílico. Con la hoz y el martillo en exhibición por todas partes. Con la estrella roja incrustada en la bandera. Con los autos Lada mezclados ahora con los Mercedes Benz. Y con una universidad en la que, luego de completados los estudios, los jóvenes locales carecen de opciones laborales y se ven obligados a tener que emigrar por falta de oportunidades en su propia tierra. Se van a Rusia o Ucrania, siguiendo sus propias raíces. No obstante, si de pronto Moldavia se integrara efectivamente a la Unión Europea, como desea hacerlo el nuevo gobierno, esto podría resultar en la generación de un nuevo polo de atracción laboral para una juventud desalentada por la falta de oportunidades, lo que seguramente contribuiría a acercar a ambas partes. A Transnistria la preside –desde hace ya 20 años– Igor Smirnov: un político veterano de 69 años. En rigor, un resabio insólito del comunismo soviético, quien (rodeado de un intenso “culto a la personalidad”) pretende que nada ha cambiado en su tierra desde la caída del Muro de Berlín, en 1989. Aunque el mundo sea hoy totalmente diferente. Educado en la ex Leningrado, con experiencia industrial en el sector de la electrónica, en Siberia, pretende que no hubo ni Perestroika ni Gorbachov. Nada. Con raíces eslavas y una población que desciende –muy mayoritariamente– de antepasados rusos y ucranianos, Transnistria aspira a ser parte de Rusia. No de Moldavia, país que tiene, en cambio, lazos étnicos sumamente estrechos con los rumanos. Las identidades son entonces distintas, razón por la cual el tema luce casi insoluble. El vicepresidente norteamericano Joe Biden –en su reciente visita a Moscú y luego a Chisinau, la capital de Moldavia– llevaba la normalización de Transnistria como tema de su agenda. No como una urgencia prioritaria, porque seguramente no lo es, sino como una anomalía a regularizar en algún momento. Cuando sea oportuno. La región, cabe apuntar, ha estado sustancialmente tranquila –y en paz– desde 1992. En las últimas semanas ha habido, no obstante, incidentes y protestas, consecuencias del statu quo. Pero el nuevo gobierno de Moldavia, de centro y abiertamente pro europeo, desea recuperar su integridad territorial, reintegrando lo antes posible y pacíficamente, en los hechos, a Transnistria. De allí que Biden haya planteado el tema en Rusia. Pero como no hay urgencia del lado de Transnistria, las cosas seguramente flotarán tal como hasta hoy. Sólo cuando haya razones económicas y sociales que cambien la ajada decoración del escenario actual y saquen a Moldavia del aislamiento, podrá comenzar a transitarse un camino distinto. El que lleve a Transnistria hacia el futuro, sacándola del raro aislamiento en que hoy vive. (*) Analista internacional del Grupo Agenda Internacional
GUSTAVO CHOPITEA (*)
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