Una cuestión de esperanza

Por Redacción

Pese a la crisis económica y al aumento de la delincuencia, la Argentina sigue siendo un país relativamente pacífico que no tiene que enfrentar ninguna amenaza externa. En cambio Israel está en guerra contra enemigos resueltos a borrarlo del mapa que no vacilan en usar «bombas humanas» que se especializan en matar indiscriminadamente a civiles. Sin embargo, el gobierno israelí confía en que una proporción significante de la población judía argentina preferirá arriesgarse en medio del caos bélico del Medio Oriente, a continuar soportando las frustraciones diarias que son parte de la vida argentina. Sus esperanzas en tal sentido distan de ser fantasiosas: en los meses últimos, miles de argentinos han optado por emigrar a Israel y es de prever que, a pesar de la cruenta guerra contra los palestinos, muchos otros los seguirán.

Este fenómeno sería fácilmente comprensible si los emigrantes fueran sionistas convencidos resueltos a luchar contra los enemigos del Estado israelí, pero ocurre que por lo común los judíos procedentes de la Argentina son progresistas que quisieran que se negociara una solución con los árabes. También tendría una explicación sencilla si nuestro país se hubiera convertido en un infierno antisemita, pero la verdad es que en la actualidad hay mucho menos antisemitismo aquí de lo que se da en Francia. ¿Por qué, pues, prefieren probar suerte en Israel a continuar viviendo en la Argentina? En el fondo, por los mismos motivos que impulsan a miles a optar por el destino a menudo ingrato de un inmigrante indocumentado en Estados Unidos o la Unión Europea, lugares en los que a lo mejor conseguirán un empleo precario lavando copas en un restaurante. Suponen que en Israel tendrán «un futuro», mientras que en la Argentina sólo les esperarán años, acaso decenios, de miseria y de mediocridad.

Tal actitud a primera vista irracional nos dice mucho sobre las causas del descalabro nacional. En la raíz tanto del desprestigio realmente pavoroso de las instituciones, además de los políticos o jueces que las representan, como del desmoronamiento de la economía, está la sospecha de que la Argentina no constituye un proyecto colectivo viable. Sin duda que existen buenos motivos históricos para dicha deficiencia: la idea de que la Argentina fuera el «país rico» por antonomasia en que todos tendrían el pleno derecho a disfrutar de un buen pasar material sin verse constreñidos a esforzarse demasiado ha contribuido enormemente a las particularidades políticas -la larga hegemonía populista, la virtual ausencia de partidos socialistas o conservadores, el facilismo sistemático, la politización enfermiza-, que andando el tiempo lo dejarían inerme en un mundo cada vez más exigente en que el cambio se ha hecho normal. Parecería que aquí el sentido comunitario sólo puede manifestarse con fuerza en el ámbito deportivo o, para algunos, en la nostalgia compartida por lo que no pudo ser, pero no incide de forma positiva en la conducta ni de sus dirigentes ni de una proporción importante de los ciudadanos comunes. Por cierto, la reacción general frente a la crisis no ha servido para estimular mucho optimismo en cuanto a las posibilidades del conjunto.

Puesto que no se ha encontrado una «salida» evidente del laberinto en el que el país se ha metido, los más se han limitado a protestar, a menudo con justicia, contra aquellas medidas que los perjudican personalmente o a defender lo que aún se las han arreglado para conservar. El que todavía no haya surgido ningún movimiento convincente nuevo es quizás el síntoma más alarmante del desconcierto que se ha apoderado de virtualmente todos. Remediar esta situación no será nada sencillo. El nacionalismo tradicional siempre ha resultado más divisivo que unificador y, de todos modos, ha sido desacreditado por sus muchos vínculos con regímenes oscurantistas y brutales. Sin embargo, a menos que se difunda la voluntad no tanto de anteponer los intereses del conjunto a las aspiraciones personales, cuanto de tomarlos en cuenta, aceptando que a todos -y no sólo a los más débiles- nos corresponde hacer ciertos sacrificios, las perspectivas frente al país continuarán siendo tan sombrías que muchos aprovecharán cualquier oportunidad, por arriesgada que parezca, para irse.