Una guerra sin fin
La rebelión sunnita contra el régimen alauita del dictador sirio Bashar al Assad ya ha provocado la muerte de por lo menos 100.000 personas y ha convertido a 1,5 millones en refugiados, pero puede que sólo se haya tratado de la fase inicial de una catástrofe mucho mayor. A juzgar por la evolución de la llamada “primavera árabe” y por lo que está ocurriendo en Afganistán, Pakistán e Irak, además de Irán, buena parte del mundo musulmán parece estar por entregarse a una orgía de autodestrucción que tendría repercusiones nefastas en aquellas ciudades de Europa, como Londres, París y Estocolmo, en las que el extremismo islámico ya atrae a muchos jóvenes belicosos. Como entienden muy bien los líderes de la milicia libanesa proiraní Hezbollah, Siria es por ahora el principal campo de batalla en que miden fuerzas los chiitas, aliados estrechos del alauita Al Assad, y los sunnitas, que son mayoritarios en el mundo islámico, pero dista de ser el único. En Pakistán, Irak, Arabia Saudita y, desde luego, el Líbano, extremistas de las dos sectas están perpetrando cada vez más atrocidades en una campaña de exterminio mutuo, además de ensañarse con los cristianos, judíos y miembros de grupos musulmanes menores que, según ellos, son traidores de la fe verdadera. Luego de confirmar el líder de Hezbollah, Hassan Nasrallah, que sus hombres combatían al lado de las tropas de Al Assad, un barrio chiita de Beirut fue blanco de dos cohetes. Según un vocero de una facción rebelde siria, se trató de una forma de advertirle al gobierno libanés que tendría que “contener” a Hezbollah; de intentarlo las autoridades de aquel pequeño país multiétnico, se reanudaría enseguida la guerra civil que tantos horrores provocó entre 1975 y 1990. Asimismo, Siria, como Irak una década atrás, ha resultado ser un imán irresistible para miles de guerreros santos procedentes de los países vecinos y de Europa. En Occidente aún abundan los convencidos de que todos los conflictos de Oriente Medio, cuando no del extenso mundo musulmán, se deben a la voluntad de los israelíes de construir asentamientos en zonas que supuestamente deberían formar parte de un eventual Estado palestino. Sin embargo, sucede que el odio hacia Israel, un país de características occidentales en una región dominada por el islam, es virtualmente lo único que comparten los sunnitas, chiitas y alauitas. Si el “ente sionista” se esfumara mañana, los conflictos brutales entre las diversas sectas musulmanas continuarían con aún más furor que antes, ya que sería tomado por evidencia de que ninguna potencia occidental está en condiciones de intervenir a fin de imponer la paz. Al batirse en retirada Estados Unidos, poniendo fin al siglo y medio de supremacía occidental que siguió al debilitamiento del imperio otomano, rivalidades históricas que se remontan al medioevo se han hecho más intensas. En Estados Unidos y Europa muchos dirigentes quisieran hacer algo para impedir que la guerra civil se extienda hasta tal punto que termine involucrando a todos los países de la región pero, puesto que por razones comprensibles no les interesa arriesgarse enviando soldados, se han limitado a protestar contra los crímenes de lesa humanidad en gran escala que se cometen a diario. En vista de que armar mejor a los rebeldes, como se han propuesto el primer ministro británico David Cameron y el presidente francés François Hollande, equivaldría a aliarse con Al Qaeda, los demás europeos se oponen a cualquier iniciativa en tal sentido. Mientras tanto, el presidente norteamericano Barack Obama insiste en que su actitud pasiva cambiaría si comenzara el régimen de Al Assad a emplear armas químicas contra los rebeldes mayormente sunnitas pero, a juicio de algunos, los rebeldes mismos ya lo han hecho. En cuanto a los israelíes, ellos también tienen motivos de sobra para temer que Al Assad o los enemigos mortales del dictador opten por atacarlos con armas químicas, pero si bien ya han actuado para impedir que misiles de origen iraní llegaran a manos de Hezbollah, prefieren mantenerse al margen del conflicto, aunque tal y como están las cosas no les será del todo fácil abstenerse de intervenir si una facción extremista decide que le convendría aprovechar una oportunidad para golpearlos con el propósito de ganar el apoyo de islamistas de países aún neutrales como Egipto.