Una inmensa zona liberada

Por Redacción

De estar en lo cierto los convencidos de que casi todos los problemas del extenso mundo musulmán se han debido al intervencionismo occidental, los países del norte de África y el Oriente Medio, además de Afganistán y Pakistán, no tardarán en solucionarlos, ya que tanto Estados Unidos como las alicaídas potencias europeas han optado por abandonarlos a su suerte. La decisión tácita de concentrarse en atenuar las dificultades sociales y económicas internas enfrentadas por todos los países ricos puede entenderse. Hartos de librar guerras costosas en lugares exóticos donde pocos los quieren, los norteamericanos y sus aliados europeos llegaron a la conclusión de que les convendría limitarse en adelante a tomar medidas diplomáticas y económicas con la esperanza de que resulten suficientes. Parecería que no se les ocurrió que el repliegue tendría consecuencias terribles para decenas de millones de personas. Sin embargo, como debieron haber previsto, grupos de fanáticos religiosos, líderes tribales y aspirantes a erigirse en señores de la guerra no vacilaron en aprovechar la oportunidad brindada por la retirada occidental para luchar despiadadamente por el poder, asesinando, a menudo con brutalidad sádica, a cualquiera que encuentren en el camino. En Irak, yihadistas vinculados con Al Qaeda lograron apoderarse de ciudades importantes en una provincia mayoritariamente sunnita. En Siria, quienes están combatiendo contra el dictador Bashar al Assad se han dividido entre facciones resueltas a exterminarse mutuamente. Millones de personas se han refugiado en campos improvisados ya en su propio país, ya en Turquía o Jordania. También se ha visto golpeado por el conflicto El Líbano. Mientras tanto, los talibanes están preparándose para recuperar el poder en Afganistán, y Pakistán, que se parece cada vez más a un Estado fallido como Somalia, está al borde del caos. Asimismo, Egipto corre peligro de ser el escenario de una guerra civil al intensificarse los esfuerzos del Ejército por aniquilar la Hermandad Musulmana, a la que hace poco declaró una organización terrorista pero que cuenta con el apoyo de una parte sustancial de la población. Tal como sucedió luego del colapso del comunismo en Rusia y la mitad oriental de Europa, cuando resurgieron una multitud de viejas rivalidades étnicas y culturales que habían quedado tapadas por las tiranías de ideología marxista, el virtual fin de la presencia occidental en los países islámicos se ha visto seguido por la reanudación inmediata de muchos conflictos que se suponían superados hacía siglos. De éstos, el principal es la guerra sectaria entre los sunnitas, financiados actualmente por Arabia Saudita y los emiratos del Golfo Pérsico, y los chiitas liderados por los teócratas iraníes. Si bien los dos bloques así conformados distan de ser monolíticos, ya que los sunnitas de Al Qaeda quisieron derrocar a la monarquía saudita, las diferencias entre las dos sectas musulmanas más grandes están detrás de la mayoría de las matanzas aunque, huelga decirlo, ambas comparten el odio por todos los “infieles”, comenzando con los judíos y los cristianos. Desgraciadamente para los norteamericanos y europeos, no les será dado aislarse del caos o restringirse a ofrecer ayuda humanitaria. En un mundo tan globalizado como el actual, conflictos tan feroces como aquellos que están provocando tanto sufrimiento en el Gran Oriente Medio no pueden ser contenidos geográficamente. En Siria y en los países vecinos, yihadistas están entrenándose con el propósito declarado de atacar blancos en América del Norte y Europa, donde hay grandes comunidades musulmanas encabezadas por individuos que no tienen la menor intención de estimular la integración. Es por este motivo que la mayoría abrumadora de los europeos es contraria a permitir el ingreso de contingentes nutridos de refugiados; entienden que incluirían a individuos resueltos a continuar la guerra santa contra el resto del género humano. Se trata de una tragedia de dimensiones enormes. Sin los “gendarmes” occidentales, la mayor parte del mundo musulmán ya se ha visto transformada en una zona liberada y, tal y como están las cosas, no será posible restaurar la tranquilidad precaria que se daba cuando aún parecía permanente la hegemonía de las viejas potencias imperiales.


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