Una nueva etapa darwiniana

Por Redacción

Antonio Caló, el jefe de la CGT kirchnerista, dice que “las paritarias tendrán como meta recuperar el poder adquisitivo que se comió la inflación y poder llenar el changuito como antes”. Sorprendería que el sindicalista creyera que sería posible restaurar lo de antes a través de negociaciones: a lo sumo, los sindicatos más poderosos lograrán impedir que los afiliados pierdan terreno, pero en tal caso lo harían a costa de los débiles y de quienes trabajan en negro. ¿Le preocupa a Caló dicha eventualidad? Es poco probable; aquí es normal que dirigentes sectoriales supongan que sus propias “conquistas” son del “pueblo” en su conjunto. Por desgracia, muy pocas lo son. De resultas de las luchas de varias generaciones de populistas de mentalidad parecida a la de Caló, la sociedad argentina es una de las más inequitativas del mundo de tradiciones occidentales. Todo hace pensar que las grietas están por ampliarse. Como en tantas ocasiones en el pasado, el país acaba de entrar en una etapa darwiniana en la que los fuertes subordinarán todo a la defensa de sus propios intereses, sin preocuparse demasiado por el impacto de lo que hagan en el resto de la sociedad. No les será difícil pertrecharse de pretextos convincentes. Por estar tan resuelto el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a seguir minimizando la gravedad de la crisis económica, afirmarse decidido a luchar contra la inflación reclamando aumentos para conservar el poder adquisitivo parece razonable. Para justificar sus pretensiones en tal sentido, tanto los sindicalistas como los demás dirigentes sectoriales –ruralistas, industriales, comerciantes, banqueros– esgrimen argumentos que son virtualmente idénticos. Algunos tendrán éxito mientras que otros perderán terreno, pero es de prever que, cuando por fin el país salga de la crisis, sea aún más desigual de lo que era antes. Es lo que sucedió luego de los estallidos hiperinflacionarios de los años ochenta y noventa del siglo pasado y, claro está, después de la implosión causada por el derrumbe de la convertibilidad y el ajuste más brutal de la historia nacional, al transferirse miles de millones de dólares de los ahorros de una parte de la clase media a los bolsillos de otra. Aunque los kirchneristas, como casi todos los demás políticos, intelectuales, clérigos y hasta los empresarios del país, hablan con frecuencia de lo terrible que a su entender es “el capitalismo salvaje”, la voluntad generosa de defender los intereses de los rezagados así manifestada no ha sido suficiente como para proteger a la mayoría de los rigores del mercado. Antes bien, ha servido para que sean mucho más dolorosos que en países gobernados por personajes que no vacilan en reivindicar el capitalismo liberal como el mejor sistema económico conocido. El nivel de vida del grueso de la población depende en última instancia de la eficacia de la economía local. A menos que funcione bien, la hipotética solidaridad de los gobernantes será meramente declamatoria; les permitirá cosechar más votos en los distritos más necesitados sin por eso modificar las perspectivas de quienes confían en sus promesas. No es ningún secreto que la inflación castigue con más ferocidad a los más pobres, mientras que los relativamente acomodados suelen estar en condiciones de limitar los perjuicios. Ahora bien: como pudo señalar con cierta fruición el matutino porteño “Clarín”, según el Observatorio Social de la CGT opositora del camionero Hugo Moyano, debido al alza al parecer irrefrenable de los precios, en especial de los alimentos, en enero más de medio millón de personas cayeron por debajo de la línea de pobreza. Muchos otros los acompañarán en los meses venideros, ya que resulta escasa la posibilidad de que la economía reanude el crecimiento; por el contrario, el consenso es que le aguarda un período tal vez prolongado de estanflación. Para un gobierno sinceramente comprometido con la justicia social, pues, la estabilidad monetaria debería ser una prioridad absoluta, pero en nuestro país los populistas siempre han sido proclives a creer que la inflación beneficiaría a quienes menos tienen, de ahí la serie de crisis ocasionadas por su irresponsabilidad principista que ya ha dejado al 30% de la población en la pobreza.


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