Una nueva visión de Alfonsina Storni

Por Pablo Fermín Oreja

La nota que «Río Negro» nos brindó en su página literaria del martes último (30/7/02), sobre Alfonsina Storni, golpeó sobre la nostalgia de mis años juveniles cuando la poesía animaba mis solitarios paseos bajo las alamedas del canal de Furque. El mismo que ahora, parquizado y embellecido, convoca a una de las mejores estampas de General Roca.

Ese maduro comentario biográfico sobre la irrupción de la maestra rural santafesina en los años del romanticismo decadente, nos despierta del lamentable submundo de estos inicios del siglo XXI y nos recuerda que hubo un tiempo para el protagonismo del espíritu. Respondí a ese desafío y comencé a hurgar en mi maltrecha biblioteca, rescatando un ejemplar amarillento de «Ocre», de 1925, tal vez el libro más audaz que Alfonsina dedicó a su vocación masculina.

A partir de este reencuentro testimonial, una incorregible vocación me lleva a reconstruir pálidos atardeceres de 1948, cuando un encuadernado volumen de suplementos literarios de «La Nación», de los años «20, me enfrentó con los mejores poemas de, entre otros, Alfonsina y Juan Julián Lastra.

El también santafesino que en la década de 1930 apareció en Neuquén como juez letrado del entonces territorio, había sido quien prologó en 1916 el libro primigenio de Alfonsina, «La inquietud del rosal».

¡Qué emoción para muestra desprolija literatura de entonces, volcada en las páginas «sociales» del semanario que animaba la persistente docencia de don Fernando Rajneri!

Hace pocos años, en un programa televisivo, el hijo de Alfonsina recordaba aquella tarde de 1938, cuando en la estación Constitución despidió por última vez a su madre, que se dirigía a Mar del Plata para encontrarse definitivamente con el mar.

Es notable cómo en versos que ella publicó en «Ocre» (1925) imaginaba su final de octubre de 1938, en la ciudad atlántica: «Quisiera esta tarde divina de octubre/ pasear por la orilla lejana del mar;/ que la arena de oro, y las aguas verdes,/ y los cielos puros me vieran pasar.

Y, figura erguida, entre cielo y playa,/ sentirme el olvido perenne del mar».

Ella lo anticipó así, trece años antes del suicidio. No eligió un arma, como José Asunción Silva, sencillamente penetró en las olas y caminó hacia la eternidad, madre soltera en una sociedad pacata que condenaba el desprejuicio femenino.

Después de su obra inicial, dos años después (1918), apareció «El dulce daño» y al año siguiente «Irremediablemente» y en 1920 «Languidez». A partir de este último libro comenzó en el mundo de posguerra el proceso de los «años locos», con Alvear en el gobierno, la melena «a la garzón» marcando la emancipación estética de la mujer, mientras avanzaba el estallido de la negra Josefina Backer, a quien Yrigoyen, al volver al gobierno en 1928, le prohibió aparecer desnuda en los escenarios.

La belleza de las inquietudes y los conflictos de aquellos años se reflejaron en nuestra literatura nacional, que nos brindó novelas como «La maestra normal», de Manuel Gálvez, y «La vida victoriosa», de Carlos Alberto Leumann, formidables pinturas de nuestra psicología nacional, oscurecidas por la avalancha de mediocridad e ideologismo de los años treinta.

Pero quedarían vibrando en las calles de Buenos Aires los ecos de aquellas «Palabras a mi madre», que Alfonsina lanzó en 1925: «No las grandes verdades yo te pregunto, que,/ no las contestarías; solamente investigo/ sí, cuando me gestaste, fue la luna testigo,/ por los oscuros patios en flor, paseándose».

Creo que la investigación de Ana Silvia Galán y Graciela Giemmo aporta conclusiones y propuestas novedosas sobre la figura humana de Alfonsina; incluso, irrumpe Borges cuando la califica de «chillona». Han pasado sesenta y cuatro años de su muerte: cinco años después de Yrigoyen, tres después de Gardel.

En estos densos y dramáticos años, pasaron la Segunda Guerra Mundial, la caída del comunismo, la llegada del hombre a la Luna, la globalización. Y allá, entre las olas y las arenas de Mar del Plata, tal vez murmura todavía, en las escolleras y las rocas, la despedida de Alfonsina.


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