Una pesadilla más
La sensación de inseguridad que EE. UU. intensificó dando detalles de un hipotético atentado radiactivo incide de forma negativa en la vida de todos los países occidentales.
Puede que el secretario de Justicia de Estados Unidos, John Ashcroft, se haya equivocado al afirmar que gracias a la detención de José Padilla, un ciudadano norteamericano también conocido como Abdullah al Mujahir, las fuerzas de seguridad de su país han frustrado un plan de Al-Qaeda para detonar una «bomba sucia» en una gran ciudad como Washington. Después de todo, según el jefe del FBI, Robert Mueller, el ataque previsto no «había pasado la etapa de la discusión», es decir, todavía se trataba de una idea que desde hace más de diez años está tentando a distintas organizaciones terroristas y preocupando a todas las fuerzas de seguridad de Occidente. Sucede que en vista de la disponibilidad de materia radiactiva debido no sólo a la desintegración de la Unión Soviética sino también de su uso en hospitales, además de la proliferación de individuos dispuestos a aprovecharla por haberse convencido de que matar a occidentales es un acto de guerra legítimo, muchos expertos creen que sólo es una cuestión de tiempo antes de que un grupo, que podría tener vínculos con Al Qaeda, haga estallar una «bomba sucia» en un centro urbano, acción que conforme a sus cálculos podría provocar la muerte de por lo menos tantas personas como los ataques contra las Torres Gemelas de Nueva York del 11 de setiembre del año pasado.
De todas maneras, no cabe duda de que la sensación de inseguridad que el gobierno estadounidense se ha encargado de intensificar difundiendo detalles del hipotético atentado radiactivo continuará incidiendo de forma muy negativa en la vida de todos los países occidentales. Por cierto, parece inevitable que la relación de las mayorías con las ya muy nutridas minorías musulmanas de América del Norte y Europa occidental siga poniéndose cada vez más tensa, con consecuencias nefastas para todos. A pesar de los esfuerzos de casi todos los líderes gubernamentales, incluyendo al presidente norteamericano George W. Bush, por desvincular el Islam «auténtico» del terrorismo «islámico», tanto en Estados Unidos como en Europa, para no hablar de la India, muchos ciudadanos comunes no parecen interesarse por tales distinciones, razón por la cual en todas partes están construyéndose más barreras destinadas a frenar la inmigración desde el Tercer Mundo. Si bien es evidente que el objetivo principal de los gobiernos europeos y norteamericanos consiste en excluir a los musulmanes procedentes de Africa del Norte, Medio Oriente y Pakistán, por motivos comprensibles pocos políticos quieren confesarlo, de suerte que muchos argentinos y otros latinoamericanos han estado entre los perjudicados personalmente por un conflicto que les es ajeno y que parece destinado a cobrar mayor importancia en los años próximos.
Puesto que es genuino el peligro planteado por los grupos terroristas, trátese de organizaciones «islámicas» o de otras de ideologías no religiosas, a los gobiernos occidentales no les queda otra opción que la de tomar todas las medidas que consideren necesarias para combatirlos, lo cual, claro está, ya ha supuesto el cercenamiento de muchos derechos adquiridos a los que se habían acostumbrado los pueblos de las grandes democracias. Aunque hasta ahora por lo menos la mayoría ha aceptado con ecuanimidad los cambios -la reintroducción de visas, las demoras en los aeropuertos, los inconvenientes experimentados por quienes por algún motivo se aproximan al estereotipo de un terrorista en potencia -, el que ciertos políticos de instintos autoritarios como Ashcroft hayan querido adoptar medidas decididamente más contundentes ha motivado la preocupación de los comprometidos con los valores democráticos. Como sabemos muy bien, cuando la seguridad se erige en la prioridad absoluta de una sociedad, el respeto por los derechos básicos del individuo suele encabezar la lista de las víctimas, con el resultado de que los supuestos defensores de la democracia liberal contra sus muchos enemigos terminen destruyéndola. Por fortuna, en Estados Unidos y la Unión Europea los demócratas responsables son muchos y aún están en condiciones de hacer frente a los partidarios de medidas draconianas, pero de concretarse algunos atentados con bombas radiactivas, no les sería del todo fácil impedir que los autoritarios se salgan con la suya.