Unidad falsa
Para sustraernos al callejón en el que nos hemos metido, sería necesario modificar drásticamente el consenso populista que imperó por años.
En tiempos de crisis, es habitual que los jefes de una «clase política» piensen en los méritos de cerrar filas para formar un gobierno de «unidad nacional» asegurando de este modo que el país cuente con un liderazgo fuerte que sea plenamente capaz de hacer frente a los desafíos que le planteen las circunstancias. Así las cosas, puede entenderse la idea atribuida al «superministro» Domingo Cavallo de convocar a dirigentes peronistas como Carlos Ruckauf y Eduardo Duhalde para que integren una administración que no se vería afectada por los resultados de las elecciones de octubre. Pero si bien el esquema tiene cierta lógica, sus posibilidades de funcionar no son muy buenas porque, como es notorio, el actual gobernador bonaerense quisiera reemplazar al presidente Fernando de la Rúa cuanto antes, mientras que su antecesor ha adquirido la costumbre de recomendar el desmantelamiento inmediato del «modelo» existente a pesar de que por ahora no dispone de ningún sustituto. Por eso, la propuesta equivale a intentar apagar un incendio reclutando a un pirómano y a un individuo deseoso de echar a los bomberos para encargarse él mismo del operativo.
De todos modos, a esta altura no se puede imputar la crisis que está asfixiándonos a la falta de unidad de la clase política porque tiene sus raíces en las características de la clase política misma, la cual, integrada mayormente por personas que se sienten desbordadas por lo que está ocurriendo, no está en condiciones de manejar la transición desde el corporativismo con el que están consustanciadas hacia un orden menos arcaico. Como sonámbulos, los «dirigentes» siguen reformulando las palabras y repitiendo los gestos de otras épocas sin darse cuenta de los cambios que se han producido tanto en el país como en el resto del mundo, actitud que ha contribuido enormemente a profundizar la depresión anímica que se ha apoderado de una proporción nada despreciable de sus compatriotas. El problema no tiene que ver con sus «divisiones», sino con el hecho de que los conflictos continuos que surgen se inspiran solamente en ambiciones mezquinas y en la voluntad de defender los imperios personales conquistados. Si fuera otra la situación, si el país fuera escenario de un enfrentamiento entre bloques disciplinados comprometidos con planteos radicalmente distintos, el clima sería muy diferente, pero ocurre que los movimientos políticos se han disgregado y las «ideas» de la mayoría de los protagonistas son meramente retóricas. Sí existe una divisoria significante, ésta consiste en el abismo que separa a «los políticos» por un lado de «los economistas» por el otro, es decir, en un fenómeno aberrante que no se encuentra en el «Primer Mundo», donde sólo desataría carcajadas la tesis de que a los primeros les corresponde perorar en torno de sus «ilusiones» dejando a los últimos el trabajo antipático de preocuparse por la realidad.
De más está decir que en medio del embrollo así supuesto es un error tomar «consenso» por sinónimo de «solución». Antes bien, podría decirse que en la Argentina actual «consenso» iguala a «crisis» porque el estado del país se debe precisamente a la unidad excesiva de una clase política cuyos miembros, agradablemente conscientes de ser todos afiliados del mismo club, ha terminado anteponiendo sus propios intereses corporativos a aquellos de la sociedad en su conjunto, de ahí los escándalos que se producen al cobrar estado público otro síntoma de la corrupción sistemática y la indignación ocasionada por las dimensiones abultadas del «gasto político». Para sustraernos al callejón en el que nos hemos metido, pues, sería necesario modificar drásticamente el consenso populista que ha imperado durante tantos años, labor que podría llevar a cabo el electorado en el caso de que contara con movimientos plenamente comprometidos con la modernización del país, pero que en su defecto será cumplida de manera brutal y nada eficaz por «los mercados». Así, pues, aun cuando la formación de un gobierno de «unidad nacional» conformado por prohombres del orden responsable del desbarajuste actual amortiguara el impacto de los resultados de las elecciones de la próxima primavera, también serviría para postergar la renovación política sin la cual al país no le será dado abrirse camino en el mundo de nuestros días.