Uno contra todos
El susto de los mercados por la versión de la renuncia de Cavallo reflejó el consenso casi universal de que es el único dirigente capaz de salvar a la Argentina.
Si Domingo Cavallo fuera otra persona, la suba repentina del «riesgo país» provocada por los rumores sobre su propia renuncia inminente que circulaban con profusión a fines de la semana pasada le hubiera ocasionado más satisfacción que enojo: al fin y al cabo, el susto reflejaba el consenso casi universal de que es el único dirigente que posee la capacidad para salvar a la Argentina de un colapso desastroso. Sin embargo, puesto que a esta altura ser considerado imprescindible ya no le causa ninguna gracia, el «superministro» reaccionó con su vehemencia habitual frente a las versiones que agitaban a los mercados, porque entiende muy bien que su presunta soledad está entre los motivos principales por los que sus medidas aún no han brindado los frutos previstos. Es que si bien hasta sus adversarios personales más rencorosos concuerdan en que es necesario que Cavallo siga manejando la economía del país, tanto ellos como muchos otros insisten en hacer saber que por razones ideológicas no les gusta en absoluto dicha realidad, actitud ambigua que, huelga decirlo, ha contribuido enormemente a intensificar la sensación de desconcierto que se ha apoderado de buena parte de la población y que está provocando tantos estragos económicos y sociales.
Hace algunos meses, el presidente Fernando de la Rúa entendió que en vista de que muchos radicales y la mayoría de los frepasistas se negaban a respaldar a su propio correligionario Ricardo López Murphy a pesar de que no cabía la más mínima duda de que sin medidas contundentes la economía estallaría, calamidad que con toda seguridad tendría consecuencias dolorosas para muchísimas personas, no le quedaría otra alternativa que convocar al «técnico» más prestigioso de América Latina. Según parece, a De la Rúa no se le ocurrió que sí había otra opción, la de construir un nuevo gobierno, de emergencia, en base a aquellos sectores radicales, peronistas, cavallistas e independientes que no sólo eran conscientes de la necesidad de administrar la economía con más seriedad sino que también estarían resueltos a hacerlo. Por supuesto que se hubiera tratado de una obra de ingeniería política sumamente ambiciosa, pero sucede que salir de una crisis como la actual, que es el resultado de décadas de errores garrafales de toda clase, no puede sino exigir un esfuerzo realmente excepcional.
Que De la Rúa no haya querido arriesgarse reconociendo que el orden populista tradicional se había agotado y que por lo tanto tendría que emprender algunas iniciativas que antes hubieran sido inconcebibles puede entenderse, pero la «solución» que eligió de confiar el manejo de la economía a Cavallo pero dejar a lo demás más o menos como estaba antes era meramente parcial. Si bien ya estamos acostumbrados a que el ministro de Economía de turno sea el enemigo jurado de un «ala política» conformada por personajes que con cinismo indecible tratan de aprovechar tanto los éxitos como los fracasos de su gestión, esto no significa que el arreglo así supuesto no sea a la vez absurdo y grotescamente ineficaz. Por brillante que sea el encargado de la cartera más importante, no le será dado lograr cuanto se proponga, a menos que cuente con el compromiso pleno de todos los integrantes del gobierno y del grueso del oficialismo.
Se presta a dos lecturas el miedo que produce la posibilidad de que Cavallo, abrumado por la miopía, mezquindad y obstruccionismo de políticos que en teoría por lo menos pertenecen al mismo equipo, opte por abandonar el barco. Una interpretación, la preferida por el gobierno, hace hincapié en los costos que le supondría al país el eventual portazo de un hombre cuya capacidad profesional es internacionalmente celebrada. Otra, la más realista, atribuirá la reacción de los inversores de la Argentina y del resto del planeta al pánico que sentiría cualquier persona sensata si el control de la economía nacional volviera a estar en manos de «los políticos» de la Alianza. A juicio de todos, éstos se verían totalmente desbordados por tamaña responsabilidad y, los más suponen, se las arreglarían para producir una catástrofe fenomenal que entonces atribuirían no a su propia torpeza sino a la maldad ajena.
Si Domingo Cavallo fuera otra persona, la suba repentina del "riesgo país" provocada por los rumores sobre su propia renuncia inminente que circulaban con profusión a fines de la semana pasada le hubiera ocasionado más satisfacción que enojo: al fin y al cabo, el susto reflejaba el consenso casi universal de que es el único dirigente que posee la capacidad para salvar a la Argentina de un colapso desastroso. Sin embargo, puesto que a esta altura ser considerado imprescindible ya no le causa ninguna gracia, el "superministro" reaccionó con su vehemencia habitual frente a las versiones que agitaban a los mercados, porque entiende muy bien que su presunta soledad está entre los motivos principales por los que sus medidas aún no han brindado los frutos previstos. Es que si bien hasta sus adversarios personales más rencorosos concuerdan en que es necesario que Cavallo siga manejando la economía del país, tanto ellos como muchos otros insisten en hacer saber que por razones ideológicas no les gusta en absoluto dicha realidad, actitud ambigua que, huelga decirlo, ha contribuido enormemente a intensificar la sensación de desconcierto que se ha apoderado de buena parte de la población y que está provocando tantos estragos económicos y sociales.
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