“Vanidades caras y juego electoral desigual”

Redacción

Por Redacción

Hace un tiempo, leí en un diario centroamericano, cuyo recorte mantengo en mi agenda de trabajo y muy visible, que el presidente de Costa Rica Guillermo Solís poco después de asumir prohibió el uso de su nombre y fotografías en placas de obras inauguradas o en los despachos oficiales. Presentado en forma aislada pareciera una decisión de menor cuantía. Cuestión de formas, gustos, de conducta, podría decirse. Pero considero que es una medida muy interesante para analizarla si la enmarcamos en las debilidades o tendencias de los gobernantes argentinos (de todo nivel, hasta en modestos municipios). Viene desde muy atrás en la historia de los países del mundo el culto a la personalidad de los gobernantes. Se ha enraizado como algo común, como un derecho que viene atado a los cargos ejecutivos. Estas actitudes no son ingenuas ni banales. Tienen profundas connotaciones ideológicas, emparentadas con nefastos personajes del siglo XX, con actuación en muchos países del mundo que no voy a citar para no desviar la atención de lo que pretendo que se discuta y debata en estos tiempos. En mi provincia y en la vecina Río Negro veo, escucho y leo permanentes exaltaciones de gestiones de mujeres y hombres que lideran gobiernos locales. Fotografías en los lugares públicos, nombres y apellidos reivindicando una obra determinada y hasta cambios de logos y colores tradicionales que identifican a pueblos. Todo este culto a la personalidad, al alimento de vanidades, cuesta dinero, que financian los tesoros oficiales. No los pagan los beneficiados, sino los contribuyentes que nada tienen que ver con esas campañas mezquinas. Hay una clara malversación de fondos públicos que se deben usar solamente en emprendimientos de bien e interés común. Hay casos indignantes de intendentes que no pueden pagar ni los sueldos a sus empleados. Pero sus fotografías con amplia sonrisa aparecen por todos lados, y en los medios de difusión en donde centímetros o segundos de espacio y tiempo suelen costar fortunas. También está de moda grabar los nombres de los intendentes en la flota de vehículos propios o contratados que tienen los municipios. Estas actitudes tan generalizadas constituyen una clara transgresión a las prácticas republicanas, pero también –como se dijo antes– una evidente malversación de fondos. Y en estos días de campañas preelectorales también es un atentado al juego limpio que se debe respetar porque varios intendentes que van por otros cargos o por las reelecciones –Cutral Co, Neuquén, Plottier–, por citar a algunos notables, mantienen en vigencia espacios publicitarios con sus nombres y apellidos y promocionando sus acciones. Es juego sucio, porque todo eso forma parte de una campaña que se hace con fondos públicos, estableciendo una marcada desigualdad con el resto de los candidatos. El presidente “Tico”, Luis Guillermo Solís, ha dado un saludable ejemplo, que espero sea tenido en cuenta en nuestros pueblos: siempre hay oportunidades para rectificar conductas y corregir rumbos. Pero si nadie hace observaciones, si nadie dice nada sobre estas desviaciones, esos deslices se transforman en algo normal, que luego repetirán todos. Estas líneas pretenden ser una invitación para que la sociedad observe estas acciones y se pronuncie, porque están abusando de un poder concedido y malgastando el dinero de todos. Ricardo Villar DNI 8.377.070 Neuquén

Ricardo Villar DNI 8.377.070 Neuquén


Hace un tiempo, leí en un diario centroamericano, cuyo recorte mantengo en mi agenda de trabajo y muy visible, que el presidente de Costa Rica Guillermo Solís poco después de asumir prohibió el uso de su nombre y fotografías en placas de obras inauguradas o en los despachos oficiales. Presentado en forma aislada pareciera una decisión de menor cuantía. Cuestión de formas, gustos, de conducta, podría decirse. Pero considero que es una medida muy interesante para analizarla si la enmarcamos en las debilidades o tendencias de los gobernantes argentinos (de todo nivel, hasta en modestos municipios). Viene desde muy atrás en la historia de los países del mundo el culto a la personalidad de los gobernantes. Se ha enraizado como algo común, como un derecho que viene atado a los cargos ejecutivos. Estas actitudes no son ingenuas ni banales. Tienen profundas connotaciones ideológicas, emparentadas con nefastos personajes del siglo XX, con actuación en muchos países del mundo que no voy a citar para no desviar la atención de lo que pretendo que se discuta y debata en estos tiempos. En mi provincia y en la vecina Río Negro veo, escucho y leo permanentes exaltaciones de gestiones de mujeres y hombres que lideran gobiernos locales. Fotografías en los lugares públicos, nombres y apellidos reivindicando una obra determinada y hasta cambios de logos y colores tradicionales que identifican a pueblos. Todo este culto a la personalidad, al alimento de vanidades, cuesta dinero, que financian los tesoros oficiales. No los pagan los beneficiados, sino los contribuyentes que nada tienen que ver con esas campañas mezquinas. Hay una clara malversación de fondos públicos que se deben usar solamente en emprendimientos de bien e interés común. Hay casos indignantes de intendentes que no pueden pagar ni los sueldos a sus empleados. Pero sus fotografías con amplia sonrisa aparecen por todos lados, y en los medios de difusión en donde centímetros o segundos de espacio y tiempo suelen costar fortunas. También está de moda grabar los nombres de los intendentes en la flota de vehículos propios o contratados que tienen los municipios. Estas actitudes tan generalizadas constituyen una clara transgresión a las prácticas republicanas, pero también –como se dijo antes– una evidente malversación de fondos. Y en estos días de campañas preelectorales también es un atentado al juego limpio que se debe respetar porque varios intendentes que van por otros cargos o por las reelecciones –Cutral Co, Neuquén, Plottier–, por citar a algunos notables, mantienen en vigencia espacios publicitarios con sus nombres y apellidos y promocionando sus acciones. Es juego sucio, porque todo eso forma parte de una campaña que se hace con fondos públicos, estableciendo una marcada desigualdad con el resto de los candidatos. El presidente “Tico”, Luis Guillermo Solís, ha dado un saludable ejemplo, que espero sea tenido en cuenta en nuestros pueblos: siempre hay oportunidades para rectificar conductas y corregir rumbos. Pero si nadie hace observaciones, si nadie dice nada sobre estas desviaciones, esos deslices se transforman en algo normal, que luego repetirán todos. Estas líneas pretenden ser una invitación para que la sociedad observe estas acciones y se pronuncie, porque están abusando de un poder concedido y malgastando el dinero de todos. Ricardo Villar DNI 8.377.070 Neuquén

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