Vida de perro
Columna semanal
LA PEÑA
Llegó a esa casa más que como guardián como un alivio. No era posible que uno reemplazara al otro, simplemente la idea era que ocupara parte del tiempo, del espacio en la casa, que le diera algo de vida.
Facunde fue el nombre que eligieron para el perro cuando llegó a aliviar tristezas. Mi madre se había ido para siempre un mes antes. Y alguien pensó que el perro negro recién nacido, de patas largas y enorme melena, podría dar señales de vida.
Es en esos momentos donde la vida que se va deja unos espacios enormes y todo lo que alivie las penas tiene valor. Y vaya si lo tuvo. Facunde ocupó su propio lugar por unos once años, pero le dio a la casa, a quienes siguieron, enormes dosis de alegría.
Fue capaz de deambular por las mañanas, bien temprano, cuando el primero que se levantaba le abría el portón. Partía raudo sin rumbo, recorría el barrio, iba de un lado para el otro y regresaba cuando ese paseo no daba para más. Once años repitió la rutina y durante once años siempre volvió agotado como para a media mañana dormir una larga siesta.
Facunde vivió buenas y malas de la familia, estuvo siempre firme cuando no daba para comprar alimentos caros y hasta se ocupó de conseguirlo cuando fue necesario. Defendió el territorio con uñas y dientes y se adueñó del enorme patio con su imponente figura. Es que metía miedo, aunque jamás lo vi morder a nadie. Bastaba conque ladrara para que lo respetaran. Cuando se fue haciendo viejo dejó casi de ladrar pero igual un gruñido era suficiente para marcar la cancha. Lo suyo era suyo y no lo negociaba con nadie. Y cuando le tocó compartir espacio en el patio familiar con otro perro, se plantó y mostró los dientes.
Así transcurrieron buena parte de sus años. Fue hasta que mi padre se enfermó. Fue como si le hubieran caído varios años juntos encima. Como si supiera que su amo estaba complicado con la salud. Avejentó de golpe, pero siguió con su rutina de salir cada día a dar un paseo, encontrarse con otros de su género y volver agotado. Por problemas que tuvo de cachorro, jamás pudo ser padre. Sin embargo, siguió cada juntada de perros cuando aparecía una perra en celo. Era simplemente el instinto.
La enfermedad de mi padre duró unos años y en ese tiempo Facunde se ocupó cada noche, de pararse en dos patas y mirar por la ventana hacia la habitación de él. Cuando entendía que todo estaba en orden, bajaba y seguía con lo suyo. Una vez que mi padre no pudo más y partió, Facunde siguió visitando cada noche la ventana de su habitación. Se paraba en dos patas, observaba, lo buscaba y se iba.
Así me pegué flor de susto una noche cuando una figura se presentó en la ventana y se quedó inmóvil por un rato. Ese era Facunde, cumpliendo con la visita de cada día para ver si todo estaba bien.
Once años vivió a ese ritmo, once años con la misma rutina. Y se fue desgastando, fue perdiendo sus dientes, avejentó.
Este verano lo ví por última vez. Lo que se dice un perro anciano, le costaba pararse, corría con dificultad, pero jamás dejó de recorrer cada calle. Nunca pudimos dejar de asociarlo con nuestra madre porque en su mirada había algo especial. Podía pasar varios minutos mirándote a los ojos sin mover un pelo.
Lo vi feliz esos días, pero distinto, algo pasaba dentro de él. Estaba feliz por la casa llena de gente, pero se veía que no estaba del todo bien. Era cuestión de edad.
Estaba particularmente mimoso, se acercaba más que de lo común. Y hasta una noche de este verano apareció en la ventana. Facunde seguía en pie, aunque le costara una enormidad pararse en dos patas.
Dos días después de mi regreso Facunde se fue como todas las mañanas. Pero esta vez no volvió. Dicen que se fue a morir en otro lado, tal vez por eso de que llegó para traer alegría.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar