Viedma y el proceso de integración provincial



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PEDRO PESATTI (*)

Durante los noventa, cuando el auge del pensamiento posmoderno puso en crisis las identidades estructuradas en torno a los grandes relatos y la globalización acentuó un proceso de estandarización de la cultura que barre con las particularidades de todo género, se produjo una reacción consecuente, sobre todo en el nivel de las ciudades, que comenzaron a hurgar en torno a su pasado con un esmero antes desconocido. No fue una búsqueda propia de historiadores sino, sobre todo, de profundo carácter político, en el sentido más estricto que podemos asignarle a esta palabra. El pasado dejó de ser sólo un yacimiento de exploración para los especialistas para convertirse, ahora, en una cantera para que la polis busque en ella los puntos de anclaje que habían desaparecido. La revalorización de lo local, el redescubrimiento de lo local o la reinvención de lo local son conceptos, todos, que refieren a una suerte de movimiento político y cultural, transversal a los partidos y sin que necesariamente ellos participaran del mismo, que vivimos en cada ciudad del país a partir de aquella década y que se vinculó con la necesidad de poner vallas de resistencia frente a la estandarización de la cultura. Viedma no escapó a este proceso. Muchos salimos a buscar en esa cantera del pasado las piezas para construir los discursos que nos permitieran alumbrar nuevos relatos, explicativos de lo que somos, desde las singularidades que son constitutivas de cada individuo y de cada grupo humano. No fue nuestro propósito construir el maniqueo discurso localista, casi fanático, que presupone que el mundo empieza y termina en el lugar que habitamos, que exige siempre como contraparte un otro a quien culpar. Nuestra búsqueda estaba basada en la necesidad de mantener los factores de identidad que cualquier comunidad necesita para desarrollarse y profundizar aquellos que, por sus características, son los más adecuados para pensar el futuro, sobre todo si lo ponemos en el contexto de un discurso como el que signó gran parte de los noventa que vaticinaba el fin de la historia. Por lo tanto, no es casual que las primeras acciones públicas relacionadas con la fecha que recuerda la sanción de la ley que declaró a Viedma como capital definitiva de la provincia estuvieran fuertemente atravesadas de un espíritu localista. A veces nosotros mismos, aun a riesgo de caer en fuertes contradicciones, nos encargamos de exacerbar ese localismo con el fin de hacer foco sobre esas piezas de un pasado que por décadas había sido prácticamente olvidado por la comunidad a la que pertenecemos. Eran tiempos donde sólo quedaba un mínimo espacio para que pudiéramos pensar en proyectos colectivos y ese espacio era la ciudad, lo único concreto desde donde podíamos experimentar la naturaleza social y política que nos define como seres humanos. Hoy las circunstancias son distintas. La recuperación de la identidad nacional en paralelo con la construcción de una identidad mayor, latinoamericana, propician nuevos marcos que resignifican todo el espacio y el contenido de lo local. En ese plano, el 20 de octubre de 1973, como fecha histórica, cobra un nuevo sentido: se agiganta en su significado y nos conecta con la posibilidad de pensar en nuevos proyectos colectivos de alcance provincial. Desde esta perspectiva, la sanción de la ley que declaró a Viedma como capital de Río Negro debe ser reflexionada –por sobre cualquier otra interpretación– como el momento en el cual completamos el proceso de organización del Estado que se inició en 1957 con el dictado de la primera Constitución provincial. La importancia, por lo tanto, que tiene el 20 de octubre de 1973 para la historia rionegrina está dada por la actitud que tuvieron los hombres y mujeres que protagonizaron la decisión de dejar atrás profundas tensiones y viejas disputas regionales que durante años atentaron contra la integración y la unidad de la provincia. Así, la ley impulsada por el legislador Dante Scatena, que se aprobó con el voto unánime de todos los partidos que integraban la Legislatura de ese momento –Partido Justicialista, Unión Cívica Radical y Partido Provincial Rionegrino– se yergue también como un símbolo de la provincia integrada que, día a día, debemos construir, en una tarea incesante, sin fin. En consecuencia, identificar el 20 de octubre como una fecha provincial y no meramente de carácter local o puramente viedmense, es claramente necesario porque, como ya señalamos, se vincula con la organización del estado de la provincia y una experiencia histórica muy rica. Durante el proceso de la organización provincial, el tema de la capital fue el de mayor complejidad, al punto que cuando se dictó la primera Constitución, con el peronismo proscripto, los convencionales no pudieron lograr los acuerdos para fijar la capital definitiva de la provincia y, en función de ello, decidieron poner en cabeza de la Legislatura la decisión que se debía tomar al respecto. Fijaron, como requisito, que esa decisión recién podría adoptarse luego de transcurridos cinco años de la entrada en vigencia de la Constitución, plazo que estipularon atendiendo el estado de situación que impedía, en lo inmediato, superar las pasiones y refriegas existentes. Los argumentos sobre los cuales se ancló la decisión de declarar a Viedma como capital definitiva de Río Negro surgen de la función histórica que cumplió esta ciudad desde su fundación, el 22 de abril de 1779. Fue en su origen, junto con Carmen de Patagones, el único asentamiento estable y permanente de toda la Patagonia, desde donde se inició la construcción de nuestra soberanía sobre el vasto sur de la patria, contribuyendo, de manera directa, al proceso de creación, organización y expansión del Estado nacional, y acudiendo en su defensa el 7 de marzo de 1827, en el contexto de la guerra con el Imperio del Brasil. Por ello, el 11 de octubre de 1878 fue declarada capital del Territorio Nacional de la Patagonia, función que cumplió hasta el 16 de octubre de 1884, cuando comenzó a desempeñar el rol de capital del Territorio Nacional del Río Negro. Todos estos atributos pesaron al momento de votar la ley 852, aunque lo más relevante de aquella decisión del gobierno de Mario José Franco –sobre todo como insumo para alimentar las políticas del tiempo actual– debemos situarlo en el acuerdo que alcanzaron aquellos rionegrinos para completar el proceso de organización del Estado, motivo por el cual el 20 de octubre no sólo es el día en que Viedma se convirtió en capital definitiva sino también en el día de la unidad y la integración de los rionegrinos. Objetivos permanentes, por otra parte, que debe alentar toda acción de gobierno, tanto en la esfera provincial como local, pues ya se sabe, desde los albores de nuestra organización, que sólo una comunidad integrada puede alcanzar su pleno desarrollo. (*) Presidente del bloque de legisladores del Frente para la Victoria


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