Xenofobia no es misoxenia
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
Cristina tiene razón: los europeos sí son “medio xenofóbicos”. También lo son todos los demás miembros del género humano, incluyendo, desde luego, aquellos progresistas occidentales de mentalidad cosmopolita que se creen libres de lo que les gusta tomar por un prejuicio execrable, típico de brutos reaccionarios. Si bien en su caso particular “lo foráneo” tiene más que ver con el desprecio que sienten por aquellas personas que no comparten sus dogmas que con el repudio a ciertos extranjeros cuyas costumbres molestan a xenófobos de actitudes más tradicionales. Sea como fuere, el miedo a lo foráneo, a “la otredad”, es tan universal que se manifiesta –de forma muy rudimentaria, es verdad– hasta en los organismos más humildes, de suerte que es un tanto absurdo tratarlo como si fuera una característica vergonzosa, indigna de personas civilizadas. Pero, claro está, lo que tienen en mente quienes se afirman horrorizados por la xenofobia no es el recelo que todos, sin excepción, sienten hacia lo extraño que, al fin y al cabo, es natural, sino el odio por lo percibido como distinto o, para emplear otra palabra de origen griego, una más apropiada, la misoxenia. Xenofobia y misoxenia no son sinónimos. Mientras que la xenofobia es esencialmente defensiva, ya que presupone la voluntad de proteger lo propio contra los peligros, genuinos o meramente imaginarios, que lo amenazan, la misoxenia no lo es en absoluto. Es tan agresiva que a menudo ha dado pie a matanzas horrendas de pueblos enteros, de las que la perpetrada por los nazis contra los judíos sigue siendo la más notoria, aunque sólo fuera porque los responsables de llevarla a cabo se habían apoderado, por medios democráticos, del país que, conforme a las pautas habituales, era el más culto y más “avanzado” de todos. Pues bien: la resistencia, a partir de la Segunda Guerra Mundial, de tantos pensadores, políticos y otros occidentales a distinguir entre xenofobia por un lado y misoxenia por el otro ha tenido consecuencias sociales y geopolíticas profundas. Muchos europeos, traumatizados por el holocausto que atribuyeron a pasiones nacionalistas, se convencieron de que cualquier forma de discriminar entre las diversas tradiciones culturales, creencias religiosas y modalidades sociales era intrínsecamente mala, de ahí el “multiculturalismo”, doctrina según la cual todas las culturas son iguales y por lo tanto, con un poco de esfuerzo, todos los pueblos podrían convivir en paz, enriqueciéndose mutuamente, en el mismo territorio nacional. Por desgracia, se trataba de una ilusión. Si la historia de nuestra especie nos ha enseñado algo, ello es que la convivencia pacífica entre pueblos distintos no siempre puede garantizarse ya que, para asegurarla, sería necesario que todos antepusieran los intereses del conjunto a sus propias prioridades, o sea, que todos se entregaran al escepticismo relativista que, hace algunas décadas, se puso de moda en ciertos círculos minoritarios. Fuera de Europa occidental, los crímenes de lesa humanidad en escala industrial que se cometieron en los años treinta y cuarenta del siglo pasado no resultaron suficientes como para poner fin a la misoxenia. En todo el “gran Oriente Medio”, y también en los Balcanes, en distintas zonas que antes formaban parte de la Unión Soviética, en África y Asia, el odio a lo distinto sigue siendo endémico, razón por la que continúan los operativos de “limpieza étnica” o sectaria. En algunos lugares se venden por millones ejemplares del libro Mi Lucha de Adolf Hitler con el beneplácito de las autoridades locales que no disimulan su esperanza de que los lectores se sientan inspirados a intentar emular a los asesinos genocidas del feroz caudillo alemán. Aunque en la actualidad la xenofobia es considerada un vicio imperdonable, resulta apenas concebible una comunidad integrada exclusivamente por personas tan reacias a preferir lo propio por encima de lo ajeno que se nieguen a tolerar cualquier manifestación discriminatoria. Bien que mal, la solidaridad depende de la existencia de lazos personales, que pueden ser sólo subjetivos, entre los miembros de una sociedad. Para casi todos, sentirse integrantes de una familia, grupo de amigos, tribu, clase social o una nación determinada, es un asunto muy pero muy importante. Si bien entre los intelectuales europeos –pero no entre sus congéneres de la Argentina y otros países latinoamericanos que ven en él un aliado en la lucha antiimperialista–, el nacionalismo tiene mala prensa, a pesar de su presunto desprestigio sigue siendo un aglutinante social imprescindible. Es por este motivo que en Europa han fracasado de manera rotunda los intentos de los líderes de una pequeña elite “transnacional” de convencer a centenares de millones de hombres y mujeres de que deberían sentirse europeos primero, no españoles, italianos, franceses, griegos, alemanes, británicos o lo que fuera. Como la reacción de los europeos, incluyendo a los que escriben en los medios más progresistas y europeístas, ante las proezas de los atletas olímpicos nos está recordando, los esfuerzos frustrados por reemplazar las banderas tradicionales por aquella de la Unión Europea con sus doce estrellas amarillas en un círculo sobre un fondo azul sólo han motivado incredulidad entre la mayoría abrumadora de los habitantes del Viejo Continente. Mal que bien, insisten en aferrarse a los emblemas de tiempos supuestamente superados. Fue de prever, pues, que el desaguisado financiero y económico que tantos estragos está provocando serviría para intensificar la rebelión popular contra un proyecto federalista que fue emprendido por una minoría que se creía esclarecida con el propósito de eliminar de una vez los nacionalismos rivales que tanto habían contribuido a los desastres del pasado. En tiempos difíciles, es normal que cierren filas quienes se sienten miembros de una comunidad, oponiéndose a los que a su entender se nieguen a respetar las mismas reglas. Por fortuna, hasta ahora muy pocos europeos se han dejado tentar últimamente por la misoxenia asesina, como ocurría con tanta frecuencia antes de la Segunda Guerra Mundial, pero de agravarse mucho más la crisis económica, podrían despertarse nuevamente los viejos demonios, ya que en todas partes suele resultar irresistible la tentación de atribuir los problemas propios a la malevolencia ajena.
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