“Y pensar que no quería estudiar canto”
Pensar que no quería estudiar canto –rebobina la cantante entrerriana abriendo la charla con «Río Negro»– porque tenía el prejuicio de que todos los que lo hacen salen cantando igual (se ríe). Temía que me cambiaran el timbre, no sé… la profesora Nora Faiman insistía en que quería darme clases y yo me negaba… que no tenía plata, no sabía qué excusa meter. «Te beco», me contestaba, cerrando alternativas. Finalmente, me convenció proponiéndome enseñarme a hacer con la voz lo que yo quisiera, no porque es lo único que me sale. Me pareció un argumento irrebatible.
–Eso fue en el 2000. ¿Y ahora?
–Noto que ya en «Leguizamón-Castilla» (2000, su séptimo disco) pude hacer cosas que antes no podía. Por ejemplo, llegar bien a las notas agudas pianissimo, un sueño que no podía concretar. Por supuesto que la voz es mucho más que una técnica. El primer año me aburrí, dejé de ir. Nora vino a buscarme y volví (sigue riendo). Eramos como uno de esos matrimonios viejos que pelean todo el tiempo. Ahora voy como una disciplina, ya no canto más ni pruebo sonido sin hacer los ejercicios, sin calentar la voz. Percibí cosas que eran más que elementales.
–En manejo técnico, respiración…
–Lo que me permitió no pensar más en el esfuerzo que significa cantar determinado diseño melódico. Simplemente, estoy concentrada en lo que quiero decir. Pero también sé que la voz ya piensa sola. Piensa un territorio, una memoria de combates dormidos de una cultura. Más aún: yo extendí esa geografía de Brasil, San Pablo, a Montevideo. Hace poco, mirando el mapita que hizo Alejandro Ros (arte de tapa), descubrí que no está la palabra «Argentina» y me gustó, porque la ausencia la hace más presente todavía. Yo estoy tratando ahí, con mi país, con este enigma que somos. Por eso empecé el disco «Paraná» con Arismar do Espírito Santo, un brasileño que no habla una palabra en castellano, leyendo una glosa de Ramón Ayala, con una dificultad enorme de lenguaje. Le costó leerlo y me gustó que se notara eso, un poco, para señalar la enorme complejidad de las sucesivas capas culturales que la región tiene: charrúas, mocovíes, tupí-guaraníes, españoles, italianos, ucranianos… instrumentos como el acordeón a botonera de Raulito Barboza; a hileras, de Julio Ramírez, o el del Hugo Fattoruso, le dan un tono que nos lleva a otro lugar, por ser de Europa del Este.
–No te conocí de niña en Villaguay (Entre Ríos), pero imagino este trabajo como una vuelta a los principios de tu vida, cuando soñabas con cantarle a la tierra que te vio nacer en toda su extensión, su hondura, su dolor…
–Algo muy antiguo mío, que no se puede hacer de entrada nomás, digamos. Me parece que este último disco estaba contenido en los nueve anteriores. Repetí un tema que grabé en el primero (de 1987, «Canto al río Uruguay»), una hermosa versión aquella también. Con eso quise señalar que una obra, ese enigma que es la canción de tres minuto donde se juntan una letra y una melodía preciosa, como en ese caso, puede ser interpretada en los ochenta de una manera y en el 2000, de otra. Me encantó. Ahí está el «Negro» Rubén Rada haciendo sus disparates luminosos. Rada fue la alegría de la grabación. Para mí es un sol, un gran amigo y un gran músico. Lo tuve que frenar porque no paraba de hacer chistes. Me dolía la panza de la risa. Escuchó dos veces el tema, lo conocía y quedó esa maravilla que se mete en el alma. Es un pescador de climas, de armonías, tiene un oído extraordinario, es dueño de una creatividad sin límites. Lo mismo puedo decir de cada uno de los músicos que participaron. El Hugo, con lo genio que es, me pidió los demos, el tema («Canto de agua» de Juan Falú) maqueteado, se preparó y armó lo suyo. Después se fue para cualquier lado, porque las grabaciones han tenido esa cuota de azar que las hace tan ricas como el vivo. «Parte del aire» también lo preparó, aunque lo conocía de tocarlo solo, con Fito Páez, muchas veces… cada uno en su estilo, puso talento.
–¿Y Herrero qué hizo?
–¿Yo, qué hice? Quería hacer un disco que se llamara «Litoral», lo tenía clarísimo desde hacía muchos años. Esa palabra me inspira, me estimula, me gusta mucho. Yo escribí esto en una especie de ensayo que alguna vez publicaré, no sé. Tenía en la memoria a mi padre, que ya murió y ha sido muy inspirador en este caso. Cuando chica, él me recitaba la poesía de Carlos Mastronardi «Luz de provincia», de la que solamente recordaba «un fresco abrazo de agua te nombra para siempre». El Paraná y el Uruguay son dos brazos que me dieron la idea del disco doble con el abrazo que me nombró a mí para siempre. Me quedé atrapada entre los ríos.
–Como tu provincia, hasta que apareció (el complejo ferro-vial) Zárate-Brazo Largo.
–El túnel (Santa Fe-Paraná), los puentes que unen Entre Ríos y Uruguay, Chaco y Corrientes. He hecho viajes sin los puentes, con balsas a motor, balsa a cadena, que se llamaba la maroma. Salíamos en auto con mi papá, mi mamá y mis hermanos, de Villaguay por caminos de tierra, con riesgo de encajarnos. En Paraná esperábamos horas y horas hasta que llegaba la balsa para cruzar la parte ancha del río, hacer un trecho en auto y luego subir a la maroma. Cuando nos veníamos a Buenos Aires cruzábamos en dos balsas, más camino de ripio. O veníamos en tren, que se subía a la balsa. Esos recorridos eran preciosos, como los que hicimos a la costa uruguaya. Mi vida es de viajes.
–Los discos son un viaje, transportan por la región litoraleña.
–Me emociona eso. Al principio, cuando escribí el proyecto, pensé titularlo «Jangada», porque siempre me sorprendió que ese medio de transporte de madera, que ya no existe, tuviera la virtud de ser lo que traslada y lo trasladado al mismo tiempo. Finalmente, fue «Litoral». Y, habiendo litoral, hay río, otra orilla. Lo pensé como un viaje hacia ella. Una vez escrito, me instalé con Diego Rolón y su computadora y empezamos a hacer maquetas de los temas que elegí yo.
–»Maqueta», ¿cómo se traduciría?
–Planificábamos una batería, un clarón; buscábamos sonidos en la compu, íbamos probando cuáles utilizábamos en tal canción… una especie de ensayo electrónico que luego iba a ser tocado con instrumentos concretos. Yo tenía claro que, siendo un disco del Litoral, no quería hacer ninguna literalidad, como nunca hice; sabía que el acordeón debía ser usado en forma muy medida. Acordeones hay muy pocos en manos de cuatro acordeonistas: el Hugo, Raúl, el «Negrito» Carlos Aguirre, en la última parte de «Negrita Martina», y Julito Ramírez, un músico de 19 años que toca como los dioses el chamamé «Taipero Poriahú». Cuidé mucho que no se hiciera lo obvio; el agua siempre ha sido representada por el piano en sus sonidos más agudos y lo evitamos. No quería caer en lo fácil, lo que rápidamente me pedía el oído.
–Y la memoria.
–Porque es lo que he escuchado toda mi vida. Por esa razón dejé conversaciones; hubo una extraordinaria planificación de las guitarras de Diego Rolón, los guitarristas que participaron siguiendo esa línea son muy buenos.
–¿Ese tal Daniel Maza?
–(Reímos) Es una bestia uruguaya que vive acá desde hace años. Lo conocés al Maza. Vino y grabó dos temas. Ya se iba cuando recordé que una vez habíamos ido a cantar, él con su bajo y yo, a pedido de la gente del Frente Amplio de Uruguay para juntar dinero que permitiera a los uruguayos cruzar el Río de la Plata para votar. Le pregunté: «¿Qué vamos a hacer, gordo?» Empezamos y fue un escándalo, no nos dejaban ir, precioso. No sé cómo lo hicimos, nos encontramos ahí, directamente. Después tocó solo «Candela». Lo recordé y le pedí que no se fuera sin grabarla. Lo hizo de una sola toma y pensé cantar algo arriba, luego, pero me olvidé. Estaba bien así y quedó. A Raúl Barboza lo agarramos justo antes de que volviera a París; le pedí que improvisara sobre «La Calandria», un precioso tema del prócer Isaco Abitbol, en una tonalidad que me quedara bien para un tarareo, contestándole. Lo hice, pero muy chiquito porque después se me ocurrió leer ese texto («Fui al río») de Juan L. Ortiz. Ah, pero te iba a contar otra cosa… ahí mismo le dije: «¿Por qué no me graba palabras en guaraní, que usted pronuncia tan bien?» . Me dejó un montón relativas al río, al agua, la correntada… pensaba hacer un loop, una repetición sobre la que iba a cantar. No quedó en éste, pero en otro disco irá. Haré «El litoral contraataca», no sé (ríe).
HERRERO, ANTES Y DESPUES
A lo largo del 2005, se editó en Japón su CD «Confesión del viento». Cantó con Fito, siguió presentando «Falú-Dávalos» junto a Juan Falú y actuó con Adrián Iaies. Fue invitada en conciertos de Francisco Fattoruso, Arismar do Espírito Santo, Barboza, Gieco, Rada, Daniel Viglietti, Diana Baroni, Adrián Abonizzio, Iván Noble, por el trío de Guitarras Cataldi-Gorosito-De la Vega, Hermeto Pascoal, Luiz Carlos Borges, Horacio Fontova, Omar Gianmmarco, el grupo La Otra, Guillermo Fernández y Andrés Boiarsky, entre muchos más. Participó en los discos de La Otra, Pablo Tozzi, Carlos Casazza y Jorge Schellemberg, en Montevideo. Grabó el tema cierre del filme «Nordeste», de Juan Diego Solanas, junto a Rudi y Nini Flores, en París, y para «Hermanas», de Julia Solomonoff, en Buenos Aires. Fue nombrada embajadora cultural de Rosario ante la Red Iberoamericana de Ciudades para la Cultura. Recibió los premios Konex Solista Femenina de Folclore y Grupo Folclórico de la Década, por el dúo con Falú, y el Platino como Mejor Solista Femenina de Folclore. Participó en los festivales de América do Sul en Corumbá, Brasil, y en el de Vic, España. Grabó dos especiales en el Auditorio Cable Visión y en el Canal de la Música para el programa de Lito Vitale.
El 6 y 7 de enero, Liliana cantó en el Club de Jazz Medio y Medio de Punta Ballena, Uruguay; el 12, en Mar del Plata, y al día siguiente, en Pinamar. A esa playa bonaerense volverá el 10 de febrero; el 24 se presentará en el Parque España de Rosario y el 7 de abril, en Casa de las Américas, en Madrid, siempre acompañada por Diego Rolón en guitarras varias y Mariano Cantero en percusión.
EDUARDO ROUILLET