La meritocracia bajo ataque

17 feb 2017 - 00:00
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Hace casi setenta años, el sociólogo británico Michael Young acuñó la palabra “meritocracia” para describir un orden jerárquico que sería dominado por los más inteligentes y mejor preparados. Es lo que quisiera el presidente Mauricio Macri. Dice creer “en la importancia del Estado, la carrera pública, los concursos, la meritocracia. No el Estado como un bastión de la militancia”. Coincide María Eugenia Vidal: “Para mí la meritocracia es un valor, el esfuerzo es un valor, y deben ser aprendidos en la escuela”. Con tal de que el orden así calificado se limite a las reparticiones estatales, sería difícil discrepar con el presidente y la gobernadora bonaerense, pero sucede que combinar meritocracia con democracia dista de ser tan fácil como algunos suponen.

En su libro más célebre, “El ascenso de la meritocracia”, Young previó que privilegiar a los más capaces daría lugar a una sociedad que sin duda sería muy competitiva pero que estaría aún más estratificada que las ya existentes en los países democráticos, lo que, andando el tiempo, llevaría a una rebelión populista en contra de las elites cerradas que se conformarían.

La advertencia resultó ser profética. La fórmula “cociente intelectual + esfuerzo = mérito”, una versión de “la cultura del trabajo” reivindicada aquí por políticos de ideologías distintas, es considerada positiva en buena parte del planeta. Que éste sea el caso parece justo. ¿No deberían recibir más aquellos que más aportan al bienestar común? Si cierta desigualdad es inevitable, ¿no sería mejor distribuir los premios en base a cualidades menos arbitrarias que las tradicionales?

Esquemas parecidos al ideado por Young se han consolidado no sólo en el Reino Unido, sino también en el resto de Europa, América del Norte y Asia Oriental. Por razones económicas vinculadas con el progreso inexorable de la tecnología, se ha ensanchado la brecha que separa a la minoría capaz de aprovechar las oportunidades que han surgido de la mayoría que, por los motivos que fueran, carece de las aptitudes necesarias. Si bien las nuevas elites incluyen a muchas personas –estrellas de la industria del entretenimiento, deportistas, y así por el estilo– que no se destacan por sus dotes intelectuales, las posee el grueso de sus miembros.

La aristocracia meritocrática, lo mismo que las anteriores, propende a ser hereditaria. Además de estar en condiciones de asegurar que sus hijos vayan a los colegios más prestigiosos y se vean beneficiados por una red de contactos personales, sus integrantes suelen casarse con productos del mismo segmento social. Apenas treinta años atrás era normal que un joven ambicioso se casara con una chica de su propio vecindario; en la actualidad es más probable que lo haga con una que encuentra en la universidad. Y, como siempre ha sucedido, los coyunturalmente privilegiados desprecian a sus presuntos inferiores, lo que no les es difícil; luego de jactarse de sus propios pergaminos académicos, dicen que son inútiles que no entienden nada.

Hasta hace muy poco, la convicción generalizada de que, en vista de las alternativas, la meritocracia podía justificarse servía para mantener tranquilas a sociedades cada vez más divididas, pero el año pasado la rebelión populista vaticinada por Young finalmente se concretó. No exageran aquellos que atribuyen los triunfos del Brexit y de Donald Trump al desdén manifiesto de los voceros de las elites globalistas y multiculturalistas por quienes no compartían sus opiniones. Aun cuando el deseo de desquitarse por los insultos percibidos sólo haya incidido en los votos de una proporción reducida de sendos electorados, fue suficiente como para asegurar la derrota de los defensores del orden establecido.

Meritocracia es compatible con democracia si los perjudicados por la estratificación confían en la buena voluntad de elites seleccionadas según su capacidad intelectual y de trabajo, pero al difundirse la impresión de que sus integrantes estaban mucho más interesados en sus propias prioridades millones de hombres y mujeres optaron por repudiar al pacto informal que durante décadas había regido en el Reino Unido y Estados Unidos. Puede que no haya forma de regresar al mundo de ayer en el que abundaban los empleos en industrias manufactureras y escaseaban inmigrantes de costumbres exóticas, pero es comprensible que a muchos no les gusten para nada los cambios de los años últimos y que quieran revertirlos. También lo es que teman por su propio futuro y por el de sus hijos.

En los dos países anglosajones más importantes ha sido extraordinariamente rencorosa la reacción de las elites establecidas ante el levantamiento populista. Lejos de intentar reconciliarse con los decepcionados por su desempeño, los paladines más fervorosos de lo que sienten pronto será el viejo orden los tratan como analfabetos, xenófobos y racistas, garantizando de tal modo que el abismo que los separa se amplíe todavía más.

La postura combativa que han adoptado podría tener consecuencias concretas. Entre otras cosas, podría costarles una cantidad enorme de fondos públicos que, en ambas orillas del Atlántico, han servido para financiar los cursos universitarios muy politizados favorecidos por feministas militantes, los comprometidos con minorías étnicas, religiosas o sexuales, pacifistas y otros. Desde el punto de vista de muchos simpatizantes de Trump y partidarios del Brexit, son focos de hostilidad hacia valores que a su entender son fundamentales, razón por la que no creen que los contribuyentes deberían continuar subsidiándolos.

Todas las elites aspiran a perpetuarse. La meritocrática no es una excepción, pero por depender su legitimidad a ojos de los demás de su evidente superioridad intelectual combinada con la voluntad de esforzarse mucho, para conservarse tendría que renovarse con cierta frecuencia, expulsando a los menos capaces e incorporando a otros más talentosos, algo que, como es natural, no ha ocurrido. En efecto, la proliferación en Estados Unidos y el Reino Unido de cursos académicos poco exigentes sólo aptos para jóvenes politizados de la tercera generación de meritócratas es de por sí un síntoma de decadencia.

Sería difícil discrepar con el presidente y la gobernadora Vidal, pero sucede que combinar meritocracia con democracia dista de ser tan fácil como algunos suponen.
No exageran aquellos que atribuyen los triunfos del Brexit y de Trump al desdén de los voceros de las elites globalistas por quienes no compartían sus opiniones.
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