Lo que deseaban ser de grandes

Fueron niños y ahora son investigadores de la región que reconstruyen recuerdos y comparten relatos sobre el origen de sus vocaciones. Y es curioso cómo sus antiguos docentes, lecturas infantiles y la propia familia influyeron en la elección de sus carreras.

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¿Qué define una vocación? ¿Qué factores pesan a la hora de tomar un determinado camino?

Para indagar sobre este tema en el área de la ciencia y la tecnología, un grupo de investigadores de la Universidad de Buenos Aires (Stekolschik Gabriel, Draghi Cecilia, Dan Adaszco y Susana Gallardo ), realizaron un estudio en 2010 cuyo nombre es “¿La comunicación pública de la ciencia, influye en la vocación científica?”. El 99,5%, de los más de ochocientos científicos entrevistados, indicaron que fueron diversos los factores que los influyeron.

En el trabajo se midió en qué grado distintos elementos pueden pesar en esta elección, como por ejemplo la visita a museos de ciencia, la lectura de artículos periodísticos, el prestigio de estas profesiones e incluso el entorno familiar y los docentes. Además, una parte de los entrevistados optaron por sumar otras motivaciones que tuvieron, como deseos de aprender desde muy pequeños, el anhelo de realizar contribuciones a la sociedad, el hecho de que sus escuelas habían promovido la experimentación y el contacto con investigadores, entre otros.

En sus conclusiones, Stekolschik y equipo destacaron que son múltiples los factores que pesan en la vocación y que la mayor influencia proviene de los docentes, luego libros de ciencia y familia en los tres primeros puestos.

En primera persona

En este artículo, la conversación con cinco científicos de la región para conocer sus experiencias permite corroborar entre coloridos relatos personales, los resultados de la citada investigación.

Guillermo Abramson
Físico
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Actualmente ejerce como investigador (Conicet) en el Centro Atómico Bariloche (CAB) y es docente del Instituto Balseiro.
Obtuvo su doctorado en 1995.
P- ¿Cuándo y cómo nació su vocación por la física?
R- Siempre tuve inclinación por la ciencia, no sólo por las ciencias naturales, sino también por la arqueología, por ejemplo. Desde muy chico, desde los 8 o 9 años, devoraba todos los libritos de ciencia para chicos. Y además las biografías de María Curie, de Pasteur, de Ramón y Cajal... Y, por supuesto, la exploración espacial era algo fascinante en esos años ‘70. Me decidí por la física porque tuve un par de muy buenos profesores de física (y de matemática) en el colegio secundario.
P- ¿Es lo que esperaba?
R- Cuando era estudiante no me imaginaba cómo sería una carrera académica. Lo fui descubriendo, especialmente en los años de las tesis de licenciatura y de doctorado, cuando uno trabaja en contacto cercano con investigadores formados. Me gustó y no me arrepiento.
Adriana Serquis
Física
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Doctora e investigadora (Conicet) en el CAB y docente de la Universidad Nacional de Río Negro.
P- ¿Cómo y cuándo nació su vocación por la ciencia?
R- En los juegos de mi infancia con mi abuelo Pepe... que sin terminar su escolaridad era capaz de resolver muchos problemas tecnológicos y se apasionaba por los acertijos matemáticos. También los libros de la colección “Tecnirama” de mi papá influyeron en buscar respuestas a la curiosidad de cómo funcionaba el mundo a mi alrededor.
P- ¿En qué se parece y cómo difiere la profesión real de lo que imaginaba?
R- Se parece en la búsqueda incesante de resolver problemas (tanto a escala experimental como de la gestión en política científica para llevarlos a cabo). Difiere mucho en el inmenso tiempo que debemos dedicar a cuestiones relacionadas con la burocracia científica (desde informes, solicitud de fondos, administración de subsidios hasta gestiones de aduana) y que no son las tareas que más nos apasionan.
Fernando Lizarraga
Politólogo
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Doctorado en 2004 e investigador independiente (Conicet) en el Instituto Patagónico de Estudios en Humanidades y Ciencias Sociales (Ipehcs).
P- ¿Cómo y cuándo nació su vocación por la ciencia?
R- Yo no hablaría en términos de vocación, como llamado, sino antes bien de interés, que deviene pasión y también modo de vida. Creo que en mi caso, la ciencia llegó por dos vías. Por un lado, al frecuentar las obras de autores como Julio Verne, en adaptaciones infantiles. Verne es un camino de ida a la curiosidad, al asombro, al método, a la aventura de conocer. Por otro lado –tengo cincuenta años–, fui testigo de las primeras etapas de la exploración espacial. Mis héroes eran siempre aventureros-científicos, ficcionales y reales.
Luego fui descubriendo las Ciencias Sociales; primero con los libros de historia y los clásicos literarios, y más adelante –ya en la educación formal– con las obras de los grandes pensadores políticos. Finalmente, encontré en el campo de las teorías de la justicia distributiva el espacio de especialización en el cual me desempeño actualmente.
María Andrea Relva
Bióloga
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Bióloga, investigadora (Conicet) en laboratorio Ecotono, Inibioma (Conicet-Uncoma). Obtuvo su doctorado en 1999.
P- ¿Cuándo y cómo nació su vocación por la biología?
R- Desde chica me quedaba mucho tiempo contemplando paisajes y a los animales. También me fascinaba ver con mi hermano Daktari, una serie de TV que trataba de veterinarios protegiendo animales en África. Más tarde, en la adolescencia, gracias a las clases de geografía (y no de biología) de un gran querido profesor (Coccaro) descubrí a Darwin y su teoría de la evolución. De allí en más la biología me atrapó.
P- ¿La pasión continúa?
R- Sí, definitivamente. Pero hay que alimentarla, encontrar nuevas metas y desafíos. Creo que la pista para saber cuál es nuestra verdadera vocación (científica o no) es prestarle atención a las cosas que nos atrapan, que hacemos con gusto y sin sentirlo como un gran esfuerzo, aquello que nos mueve por la curiosidad. Y por supuesto a ese sentir hay que ponerle capacitación, cualquiera sea la vocación.
Aymará Barés
Comunicadora social
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Licenciada en 2005 (UNR), becaria doctoral (Conicet) en el Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio (UNRN-Conicet).
P- ¿Cómo y cuándo nació su vocación por la investigación científica?
R- De muy joven me gustaba acercarme a entornos diferentes a mi contexto cercano, otras visiones y realidades, desde un hacer dialógico (desde el diálogo y el intercambio horizontal de saberes). Al iniciar la universidad prioricé una carrera de grado que tuviera un hacer académico y a la vez que se comprometiera con lo cotidiano y lo que urge.
P- ¿La cotidianidad en su trabajo es lo que imaginaba?
R- La cotidianidad en este tipo de trabajo es poco rutinaria, ya que implica actividades, entrevistas, charlas formales e informales con actores involucrados. También hay una parte del trabajo que implica leer, escribir y producir y eso también implica horas de silla y escritorio. Creo que más allá de lo que imaginaba antes de arrancar, hay que planificar cotidianamente la semana, replanificar, desplegando a diario nuestra imaginación para que la cosa funcione.