La mezcla socio-cultural no es un tema nada menor

Cómo configurar un espacio público desde lo habitacional debiera ser una preocupación vigente en el Estado, que implica un trabajo interdisciplinario. Proyectar barrios de viviendas sociales exige nuevos pensamientos. Es hora de un cambio en las decisiones.

07 dic 2017 - 00:00
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“En lo relativo a la vivienda de interés social, es necesario colocar el foco en lo que es pertinente discutir cuando se aborda el tema. Y eso sin lugar a dudas tiene que ver con cómo construir ciudad, cómo configurar espacio público desde lo habitacional, y cómo favorecer la convivencialidad”, plantea Jorge Mario Jáuregui en la revista del Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo (CPAU). En un artículo brillante, el profesional se enfoca en “la convivencia de las diferencias. Y esto tiene que ver claramente con no promover barrios socialmente homogéneos, de “iguales”, aburridos, de predominancia de un sector socio-económico-cultural exclusivamente”.

Es que él piensa que “la buena ciudad tiene que ver con la mezcla sociocultural y de funciones. Diferentes sectores sociales, diferentes configuraciones espaciales, variedad tipológica e interacciones, usos mixtos, permeabilidad público-privado, balanceada densidad, adecuada cantidad y calidad de equipamientos y servicios públicos, eficiente sistema de transporte público, elaborada relación entre masa verde y masa construida, disponibilidad de parques, plazas, espacios residuales urbanísticamente tratados; facilitación y estímulo para los movimientos peatonales ¿Tarea difícil? obviamente, pero sin esto no se tienen lugares deseables de ser vividos. Lugares donde una vida creativa, con posibilidades de interacción positiva entre las diferencias, pueda tener lugar, pueda “echar raíces”.

Para esto, sostiene Jáuregui, es necesario proveerse de los conceptos para pensar, y contar con equipos multidisciplinarios con suficiente experiencia para actuar. Haber acumulado “horas de vuelo” (como un piloto) capaz de orientar con precisión las complejas decisiones que es necesario tomar y coordinar.

En un tramo de su artículo, Jáuregui hace referencia a “la elaboración de unidades habitacionales agrupadas verticalmente (planta baja más 2, 3 o 4 pisos, sin ascensores) capaces de ser portadoras de un ADN urbano que garantice la convivencia de dos dominios, el público y el privado. Es decir, que estas unidades habitacionales puedan ser ese punto de contacto y al mismo tiempo, las configuradoras de ciudad en organizaciones no monótonamente repetitivas, sino, por el contrario, estimuladores de diversidad urbanística y arquitectónica”.

Además, “estas unidades habitacionales para los sectores populares deben de ser capaces de poder evolucionar (expandirse) sin comprometer la calidad urbanística y arquitectónica del dominio público. Por lo tanto, deben ser capaces de garantizar una interface adecuada entre el dominio de lo individual y lo colectivo”.

“Un gran desafío, sin duda, pero es de eso exactamente de lo que se trata. De crear nuevos ámbitos de vida cívica, tan ricos como los mejores surgidos por acumulación histórica, adecuados a cada contexto histórico, social, cultural, topográfico, paisajístico, climático y técnico, específicos”, piensa el articulista.

“Sin esto no se tienen lugares deseables de ser vividos. Lugares donde una vida creativa, con posibilidades de interacción positiva entre las diferencias, pueda tener lugar, pueda “echar raíces”.

Para avanzar en la dirección de una política para la vivienda de interés social es necesario:

1. Contraponer otro modelo de actuación del poder público a la política de habitación popular basada en la construcción de departamentos o casas de baja calidad, sin sentido estético y sin relación orgánica con las ciudades, lejos de las áreas comerciales y de los servicios públicos, de las fuentes de trabajo y con dificultades de acceso al transporte público;

2. Considerar simultáneamente las implicaciones urbanísticas (configuración de la dimensión pública de la vida privada), sociales (el agrupamiento de lo individual que debe ser más que la suma o adición de las células, debiendo resultar en una amalgama fluida de “pequeños colectivos”), arquitectónicas (obtención de diferenciación en la repetición, con volumetrías variadas) y ambientales (configurar entornos donde naturaleza y artificio puedan convivir de manera armoniosa);

3. Combatir con ejemplos construidos la política de substituir las villas por edificaciones que son más especies de abrigos que lugares para habitar.

4. Ofrecer calidad urbanística, arquitectónica y paisajística a través de las intervenciones;

5. Ofrecer habitaciones flexibles con plantas bajas de usos mixtos (comercio y locales de trabajo o servicios);

6. Revertir la realidad de los “conjuntos habitacionales’’ como sinónimo de habitación de mala calidad;

7. Ofrecer habitación no solo en la pequeña escala sino especialmente núcleos habitacionales con el ‘’ADN’’ de lo urbano, con los cuales los habitantes puedan identificarse;

8. Incluir lo vegetal como cuestión estructural;

9. Más que habitación, materializar polos de desarrollo incluyendo otras funciones tales como comercios, locales de trabajo, restaurantes, cines, hostels, servicios culturales, en complemento con la iniciativa privada, a partir de un plan urbanístico de base, buscando la sostenibilidad de los emprendimientos.

La repetición y la segregación necesitan ser reemplazadas por sistemas que articulen las diferencias
Jorge Mario Jáuregui, arquitecto por Universidad Nacional de Rosario
REDACCIÓN CENTRAL
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