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Oscar reina detrás del mostrador de la “relojería Garmaz”, uno de los comercios más antiguos de San Antonio. Allí pasa largas horas entre destornilladores y bruselas, hurgando en los engranajes de relojes de pulsera y pared que le acerca su fiel clientela. Cuando se incorpora, sorprende con su altura, y deja caer la lupa con la que agudiza la vista de su único “ojo bueno”.

“En el otro me dijeron que tengo una ‘nube’”, dice, refiriéndose a una catarata. “Pero no me la voy a operar - advierte - Mientras siga manejándome bien...”.

El hombre nació en San Antonio hace 84 años, y es hijo de inmigrantes croatas que llegaron al pueblo en el 1900, movidos por los puestos de trabajo que abriría la construcción del tendido del ferrocarril.

De sus 5 hermanos, fue el único que desde chico se interesó por la mecánica. Hoy, viudo desde hace 15 meses y con su hija radicada en Viedma, ese afán es el que le ocupa los días.

La pasión por la relojería entró a su vida de casualidad. “Agarré el oficio para ganar plata”, se sincera, divertido. “Es una actividad que va a morir, porque ahora las máquinas hacen todos los trabajos. Ya casi no interviene el hombre. Pero antes ser relojero dejaba mucho”, recuerda.

Para empezar en el rubro se acercó a una relojería que quedaba en la esquina de su casa. “Ahí aprendí algo, después entré en la escuela monotécnica, y a los 16 años ya trabajaba en los talleres del ferrocarril”. Paralelamente convenció a un amigo, Francisco “Pancho” Michalczewsky, de estudiar relojería por correspondencia, para obtener el título de maestro relojero que otorgaba una prestigiosa academia de Buenos Aires.

“Y así lo hicimos. Cuando nos recibimos todavía funcionaba el Mercado Municipal, que estaba donde ahora está la municipalidad. Ahí pusimos un puesto, la relojería “Garmicha”, por mi apellido y el de él. Después yo me casé, puse mi propio negocio y Pancho con el tiempo se dedicó a otra cosa”.

Su relojería creció junto con su casa, y a metros de su mesa de trabajo se desarrolló, como parte de un mismo engranaje, la vida familiar. “Hoy mi hermana me acompaña. Viene a tomar mate” dice Oscar, mientras la mujer trajina junto al mostrador.

El minucioso trabajo de darle cuerda al tiempo
San Antonio Oeste - Oscar Garmaz, maestro relojero - Foto: Martín Brunella.

Allí también tuvo que enfrentar cambios. Desgarradores, como cuando la tragedia le arrebató a su único hijo varón de 27 años. O desestabilizantes, como el día en que, tras 30 años de oficio, la tecnología cambió y los relojes se convirtieron en electrónicos y de cuarzo.

Compré libros para actualizarme. Porque si no hubiera tenido que cerrar. Pero acá estamos” sintetiza, mientras su cuerpo parece achicarse para volver al rincón en el que esperan las piezas por reparar.

Antes, cuando el bullicio familiar competía con el tic tac de los relojes que aguardaban su turno en el taller, se levantaba temprano y arrancaba el día pendiente de la agenda de los chicos y de su mujer. Hoy, la repetición de pequeñas rutinas es su secreto para evitar el desaliento que a veces lo embarga.

“Es que hace poco me quedé solo. Pero es la vida. Como en los relojes, a veces sólo hay que mover las piezas para que las agujas sigan girando. Por eso sigo levantándome temprano, abriendo el local, esperando a mis clientas y amigos. Y así, con la compañía de mi hermana y de esta perrita que está tan vieja como yo se termina llenando el día”, cuenta, mientras se agacha para acariciar al pequeño animal.

Y reitera que aunque la relojería sigue siendo su mundo tiene poca fe en el futuro de la actividad. “Estoy seguro que en China los relojes ya los arman las máquinas. Ni los tocan los hombres. Esto es algo que va a morir, como todos los oficios” reflexiona.

Pero él seguirá dándole batalla a esa posibilidad.

“Y sí -sonríe- acá seguiré, buscándole la vuelta. Al menos hasta que el ‘de arriba’ me siga dando cuerda”.
El minucioso trabajo de darle cuerda al tiempo
San Antonio Oeste - Oscar Garmaz, maestro relojero - Foto: Martín Brunella.
Agencia San Antonio Oeste
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