Los palenques, testigos del pasado

El casco viejo de la ciudad aún conserva algunos de los postes de madera donde los vecinos dejaban atados sus caballos. Aquí te contamos las anécdotas detrás de la historia.

12 dic 2017 - 00:00
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El casco histórico de Patagones conserva en gran parte sus raíces. Pantallazos que bastan para mirar para atrás e imaginar los primeros pasos de un pueblo de pioneros.

Un par de palenques son el ejemplo. Esos trozos de aproximadamente un metro de alto de madera tallada donde los vecinos dejaban atados sus caballos. Hoy autos y camionetas modernas reemplazan la tracción a sangre pero una presencia no olvida la otra.

La utilización del caballo fue muy frecuente hasta avanzado el siglo XX. Era el medio de transporte permanente hasta que, con los años y de la mano del progreso, fue desapareciendo. Hasta hubo ordenanzas que empezaron a regular el uso de tracción a sangre para circular por la ciudad. Normas que previnieron el uso prudente como no circular al galope, por ejemplo, o no utilizar caballos enteros, por cuestiones que se podrían interpretar como de “instinto amoroso”.

Los que saben explican que como entero se entendía aquel caballo que conservaba intactas sus aptitudes sexuales y una yegua en celo a unos cuantos metros de distancia ponía en riesgo tanto al más avezado jinete como a cualquiera que se cruzara a ese galope enceguecido por el instinto. Nada detenía esa rápida marcha hasta llegar a la yegua en etapas frágiles de amores.

La historia de Patagones mantiene viva una anécdota que, a pesar de entrecruzar la vida y la muerte, no puede evitar el humor al conocerla. A principios del siglo XX la conocida familia Melluso de Patagones, dedicada históricamente al servicio de sepelios, mantenía la costumbre del pueblo de despedir a sus seres queridos llevando a pulso y caminando el ataúd hasta el cementerio.

Y fue en esa época que incorporó el primer coche fúnebre de la zona tirado por caballos de gran tamaño, negros y lustrosos, igual que el carruaje que además era conducido por un hombre de tez morena.

Cuentan que los primeros caballos para tirar ese coche llegaron orgullosos y altaneros en barco al muelle de Patagones. Pero los impactantes animales perdieron toda elegancia cuando, apenas descendieron, el aire de una yegua maragata en celo les llegó a las narices tan oscuras como sensibles.

Fue tal el impacto de ese aroma que, apenas descendieron y olfatearon para el lado de la calle Paraguay, sólo pararon la carrera en el corral donde aquella dama de seductoras pestañas les dio la bienvenida. Eran enteros y sólo el galopante amor podía detenerlos. Tal vez el palenque que aún se conserva en esa misma calle señale el lugar de aquel nido de amor.

De allí que, para evitar que un jinete perdiera no sólo el sombrero sino hasta la vida, las autoridades de entonces enfatizaran en la recomendación de usar caballos castrados. Todo lo que se conserva lleva a una historia válida de mantener.

Hasta avanzado el
siglo XX el medio de transporte habitual era la tracción a sangre, cuyo uso estaba regulado el municipio.
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