La lección del maestro
Ljerko Spiller es dueño de una historia apasionante. A los 96 años se mantiene en plena actividad, y entre sus distintas labores se desempeña al frente de la cátedra de Música de Cámara del Instituto Universitario Patagónico de las Artes de Roca, dirige la Orquesta de Cámara de Río Negro y supervisa los grupos artísticos de la Fundación Cultural Patagonia. Días atrás fue galardonado por el secretario de Cultura de la Nación.
Hablar con el «maestro del violín» es la metáfora de un tiempo que huye lentamente dejándonos plenos, un poco más sabios y autoconscientes. Durante horas contará su vida sin olvidar al interlocutor, a quien hará reír hasta las lágrimas o reflexionar con sus argumentos. Sorprenden sus recuerdos, cada detalle sobre su Croacia natal que se sabe a la perfección, como todas las obras que ha interpretado. Casi un siglo de sabiduría, de exquisitas melodías.
Ljerko Spiller cuenta, a los 96 años, con un impresionante historial de premios, conciertos y vivencias por todo el mundo. Sin embargo, no pierde la humildad de quienes han vivido con intensidad y erudición.
Actualmente vive en Buenos Aires y se desempeña hace siete años en el Instituto Universitario Patagónico de las Artes de Roca, donde dicta la cátedra Música de Cámara y en estos días está tomando exámenes finales. Asimismo, es director de la Orquesta de Cámara de Río Negro y supervisa los grupos artísticos de la Fundación Cultural Patagonia.
Spiller cuenta que desde pequeño tuvo atracción por el violín (ver recuadro). Esta seducción de la cual está cautivo lo llevó a estudiar en la Ecole Normal de Musique de París con maestros de la talla de Huml Thibaud, Enesco y Diran Alexanian. Sobre este último dirá que «era realmente un maestro genial. El era celista pero también profesor de música de cámara. Yo he conocido en sus clases a los más célebres celistas del mundo que se sentaban como modestos alumnos para ser corregidos delante de todos».
En la «Ecole» también inició su trabajo de docente en 1930 y desarrolló esa tarea hasta 1935. Por esos años se incorporó como primer violín a la orquesta de cámara que dirigía Alfred Cortot. Spiller recuerda co admiración la seguridad con que el pianista se impuso a quienes se oponían a que un extranjero fuera concertino.
La guerra tuvo un gran impacto en la vida del «maestro». En su relación con Cortot también tuvo un papel decisivo. «En la Primer Guerra Mundial, Cortot era ministro de Cultura de Francia. Los franceses mandaron indistintamente a su gente más importante de las artes y las ciencias a las primeras filas del ejército. Esto generó rechazo, entonces nombraron a Cortot y él hizo llamar a toda esa gente de vuelta, y salvó la vida de muchas personas. Este mismo Cortot en la guerra fue colaborador de los alemanes. Algo que nunca pude entender», comenta el violinista. Esta situación lo llevó a alejarse del pianista, le costaba aceptar ese cambio. «Después me di cuenta por qué él colaboró. Los alemanes habían amenazado con bombardear París y él, con su actitud, evitó eso. Esta era la razón por la cual aparentaba ser colaborador», dice con una expresión casi de alivio en su rostro.
En 1935 una serie de sucesos «curiosos» lo llevó a desembarcar en la Argentina. El mismo emplea unos minutos en contarlos. «Yo vine a la Argentina porque tenía un alumno argentino en París. El fue mandado allá para estudiar medicina, pero a él le gustaba el violín. En ese momento la Argentina andaba muy bien, pero de pronto no había tanta plata y tuvieron que volver, él también. Entonces me escribió que por qué no venía a la Argentina, que acá necesitaban gente como yo. Me dijo que me iba a arreglar unos conciertos». Esos espectáculos se iban a realizar en el Teatro Opera, pero cuando Spiller desembarcó en Buenos Aires el teatro no existía. «No sabía qué hacer y no hablaba castellano».
Paralelamente se encontró
con González Petcoche, creador de la Logosofía. En realidad, alguien olvidó un libro del pensador que el violinista usó para aprender castellano. «Entre los axiomas él pone que no quiere que se crea lo que él dice, que el tiene un método y a medida que uno aprende ese método constata si es verdad lo que él dice. Sólo en esa medida lo acepta. Si no es una creencia. A mí me hizo una gran impresión, porque yo tuve siempre una gran antipatía hacia todo lo que sea creencia. Yo quiero saber, no creencias», cuenta Spiller. «Fantástico», definió el músico.
El escritor, al conocer de la llegada de Spiller, le mandó a decir que «los pensamientos tienden a realizarse». El maestro en seguida lo interpretó desde sus miedos. En Europa los nazis ya estaban desplegando su aparato periodístico. Pero en América las noticias eran otras. Por ello él reflexionó: «Cuidado, no te vuelvas, porque los pensamientos de guerra se van a realizar».
Otro hecho importante que marcó sus primeros momentos en el país fue el ofrecimiento de los dueños de una sala de tocar gratis. Entre risas, Spiller cuenta que hacía poco tiempo que había ganado un importantísimo premio, llegó a ser profesor en la «Ecole Normal» y concertino de la orquesta de Alfred Cortot. «Y esta mujer me dice que toque gratis». Pero como no tenía otra actividad, lo hizo.
Un golpe al orgullo, eso fue para el violinista. Pero se terminó de descubrir cuando acudió a un congreso internacional de escritores. «La prepotencia europea de creer que los únicos que saben algo son los europeos. Yo era igual».
Hechos diferentes, graciosos quizá, pero decisivos en cuanto al peso que tuvieron para que Spiller adoptara nuestro país. El punto culminante fue cuando, de la mano de Juan José Castro, director del Teatro Colón, conoció a la gente de radio El Mundo. Estos le habían ofrecido a Castro constituir una orquesta a la cual le faltaba el concertino, lugar que tomó Spiller. El quería quedarse, y en unos días le dieron las razones y los medios para hacerlo. Nada faltaba.
Aparecen las muchas actividades que ha realizado en el país como la fundación de la Orquesta de Cámara Ljerko Spiller, más tarde de la Asociación Amigos de la Música, que dirigió, así como al Camping Musical de Villa Gesell, Orquesta de Jóvenes del Collegium Musicum, Orquesta Femenina de Radio el Mundo. Además es profesor Emérito Extraordinario de la Universidad Nacional de La Plata. En estos casi 70 años en el país, estrenó incontables obras de autores argentinos y extranjeros.
Durante toda su vida, ha recibido gran cantidad de pre
mios. De estos, se destacan un reconocimiento en Alemania a principios de año y la distinción que le fue otorgada en Buenos Aires días atrás. «Recibir un premio siempre es agradable. Es más agradable recibir un premio positivo que una paliza», confirma entre risas. Pese al éxito, y confirmando que la humildad y la pasión con la que encara a su violín son infinitas, sigue dictando cursos anualmente en distintas ciudades de Europa, participa como jurado de concursos internacionales y da sus clases quincenales en el IUPA, único lugar de la Argentina donde desarrolla la docencia.
Su vida no fue cómoda, él mismo cuenta de las dificultades. De su descreimiento de los médicos, quienes lo miran y «ya se equivocan con el diagnóstico». Tragicómico si se ven las consecuencias. «Pero por otro lado como profesor tenía éxito, en París y acá también. La mayoría de los violinistas conocidos argentinos que ocuparon los primeros puestos en las grande orquestas eran mis alumnos. Yo tenía un talento natural de transmitir el conocimiento del instrumento y de la música. Una disposición para esto, así adquirí un poco de fama».
Así es, a los 96 años asegura que no se va a morir todavía. Seguirá amándose con el violín. Ese pedazo de madera antigua que hace malos o buenos sonidos, que afina o desafina según dónde ponga los dedos y dónde ponga el arco, como él mismo lo definió. Pero también, «un modo de expresión». Un modo de vida. Una historia, apasionante, irrepetible. El amor del «maestro».
María Elena Larroulet
Nota asociada: Mitad harina, mitad aserrín
Nota asociada: Mitad harina, mitad aserrín
Hablar con el "maestro del violín" es la metáfora de un tiempo que huye lentamente dejándonos plenos, un poco más sabios y autoconscientes. Durante horas contará su vida sin olvidar al interlocutor, a quien hará reír hasta las lágrimas o reflexionar con sus argumentos. Sorprenden sus recuerdos, cada detalle sobre su Croacia natal que se sabe a la perfección, como todas las obras que ha interpretado. Casi un siglo de sabiduría, de exquisitas melodías.
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