Los Ferrari, ciudadanos del mundo que echaron raíces en el Valle

Por Beatriz Chávez


El matrimonio de Beba y Carlos, profesionales, aportó grandes valores culturales, morales y espirituales con profunda vocación de servicio.


NEUQUÉN

Carlos Ferrari fue un ingeniero civil y agrimensor, hijo de inmigrantes italianos de la región del Trentino de Alto Adice, Italia, que habían llegado a Bahía Blanca en 1924 y se dedicaron a la compra, fraccionamiento y venta de vinos de la Patagonia con el nombre de Vinos Ferrari en la Vinería Venecia. Beatriz Josefina de Ilzarbe, Beba, nacida en Necochea, era licenciada en filosofía y letras. Sus padres eran vascos franceses, de Euzkadi, del reino de Navarra, España. Tenían en Necochea la Casa Ilzarbe: se dedicaron a la construcción, venta y colocación de molinos de viento. La vida y el destino hizo que Beba y Carlos se conocieran en Bahía Blanca y se casaran. Se fueron de luna de miel a Italia, donde vivieron, igual que en Francia y España. En 1967 una oferta laboral de Carlos los hizo volver a Argentina. Llegaron a Mendoza, donde nacieron sus hijos mayores, Mariano y Guillermina.

Cinco años más tarde el trabajo de Carlos los trajo a Neuquén. Era 1972, y al año nació María Julieta. Carlos era un ingeniero especialista en presas hidroeléctricas, constructor, escritor y consultor, que participó en los primeros años de la creación de la Universidad del Comahue: integró equipos con profesionales que sentaron las bases de lo que hoy es la UNCO, siempre pensando en hacer por el bien común. Carlos ideó y creó Unicom, Unión Cooperativa de Viviendas del Comahue, con profesionales y comerciantes de la sociedad neuquina.

Beba, lingüista, filósofa, supo, con su vocación docente y su sabiduría en letras, enseñar el valor de la palabra y todas sus posibilidades. Docente en la Universidad del Comahue y en colegios públicos de la ciudad de Neuquén (Cpem 25 y 34), es recordada por su don de gente y su profesionalismo. Participó también en distintas organizaciones de la sociedad civil: ayudó a adolescentes del interior en su etapa de educación e integración social en la ciudad de Neuquén. En su vida familiar contribuyeron con sólidos valores morales y cristianos a la educación de sus hijos en el Colegio Don Bosco y en el Instituto María Auxiliadora. Participaron activamente en la creación del grupo de Soledad Mariana, fueron motores de los Cursillos de Cristiandad, crearon la Unión Padres de Familia en los colegios salesianos del alto valle, compartieron los caminos de la vida con su amigo personal el obispo Jaime de Nevares y los sacerdotes de la diócesis neuquina.

La vocación social y familiar que desplegaron Beba y Carlos siguen firmes en su legado familiar. Mariano, su hijo mayor, es ingeniero civil, Guillermina, profesora de Educación Física, Julieta, licenciada en Administración y diseñadora. Sus ocho nietos hoy los recuerdan con alegría y con la certeza de que sus abuelos ante todo vivieron con el valor del ser como principio fundamental. Fueron nuestros vecinos de la calle Mendoza, ellos vivieron en calle Rivadavia al 400. Como habitantes de la ciudad, comprometidos con la comunidad, supieron construir vínculos de amistad con familias como Peláez, Domene, Urrere, Otero, Fornieles, Guevara, Michelotti, Zapiola, Moyano, Ruiz, Del Campo, Leanza, Zambón, Chávez, Aostri, Acosta, Galeano, Conti, Lebed, Villarino, Alcaraz, Funes, Namuncurá, Candan, y muchas muchas más con las que compartieron espacios de diálogo, de trabajo, de oración, de ocio y de negocio, y sobre todo de vida con valores. Carlos falleció en 1990 y Beba en 2014.

Hoy viven en los corazones de todos aquellos con los que compartieron esos hermosos caminos de la vida. Sus hijos son portadores de un alto ejemplo de cómo vivir la vida sirviendo, estudiando, trabajando y, sobre todo, amando. Este matrimonio de profesionales aportó grandes valores culturales, morales y espirituales con profunda vocación de servicio. Heredaron de sus ancestros ese espíritu migratorio que no se amilanó ante las adversidades, un ADN que los convirtió en ciudadanos globales (como los llama su hija autora del relato) que sin embargo un día bebieron agua del Limay y nunca más dejaron estas tierras. Sembraron, sembraron con honestidad y trabajo.