El veneno que sigue matando

Redacción

Por Redacción

Durante 22 años, Alejandra Quintanilla trabajó desflorando plátanos en haciendas de la provincia de Chinandega, en el noroeste de Nicaragua. Hoy a sus 54 años sabe, como otros 12.000 ex agricultores bananeros envenenados con el pesticida Nemagón, que sus días están contados.

«Tengo mareos y me duele la cabeza y el cuerpo. La vejiga se me inflama o tal vez sea el vientre. Parece un aire que me camina por la espalda y las piernas», dice la afligida mujer en su relato a la agencia DPA. Doña Alejandra todavía recuerda el olor del Nemagón, «como el de una piña madura». Aquel líquido blanco que los jornaleros manipulaban sin guantes salpicaba también los recipientes donde luego bebían agua bajo el insoportable sol. «Y todos nos fuimos envenenando poquito a poco».

Se sabe que casi 2.000 ex agricultores bananeros de la región occidental de Nicaragua han muerto y por lo menos 12.000 están enfermos muchos en fase terminal por haber manipulado el nocivo plaguicida en las décadas de 1970 y 1980.

Afecciones renales, problemas cardíacos, esterilidad, tumores, lesiones en la piel o deformidad en los huesos son algunas enfermedades de las «víctimas del Nemagón», como se les conoce desde hace cinco años, cuando realizaron su primera marcha a pie desde Chinandega a Managua.

Entablaron 132 demandas legales contra empresas distribuidoras del letal pesticida, como Standard Fruit, Dole Fruit Company y Shell, pero los juicios sucumbieron al poder de las transnacionales y la deslealtad de los abogados defensores.

«Ya no hay esperanza en esas demandas, sólo cabría una solución negociada», explica Victorino Espinales, líder del llamado Movimiento Víctimas del Nemagón.

Espinales, como doña Alejandra, es parte de un «plantón» que más de 3.200 ex bananeros, todos enfermos, mantienen desde mayo pasado en el viejo centro de Managua, frente al Parlamento, donde han instalado más de 300 carpas de plástico sobre unas cuatro manzanas de áreas verdes.

Ex guerrillero del Frente Sandinista, nuevamente hoy en el poder, acusa al presidente Daniel Ortega de ignorar un acuerdo firmado por su antecesor, Enrique Bolaños, en 2005 para financiar con 1,6 millones de dólares anuales la atención médica a los afectados por el Nemagón.

El mismo acuerdo obliga a destinar 2,7 millones de dólares para reforestar y descontaminar los ríos y pozos de la región de occidente, infestados con el pesticida.

«Daniel Ortega alega que no está obligado a cumplir los acuerdos porque él no los firmó. Ah, pero proclama 'arriba los pobres del mundo' y 'el pueblo presidente'», dice Espinales aludiendo a dos lemas del gobierno.

Su mirada se vuelve más dura: «Yo peleé duro contra Somoza y para sacar a Daniel Ortega de la cárcel, pero no peleé para ver esto: un gobierno insensible y populista, peor que los de derecha», insiste.

Anuncia que de no lograr una negociación con el gobierno, él y trece compañeros iniciarán una huelga de hambre.

La vida en el «plantón» es monótona y los alimentos se agotan al paso de los días, lo que ha obligado a muchos de los enfermos a trabajar en la ciudad cargando bultos, barriendo basura o haciendo vigilancia en los barrios. Se comparte lo poco que hay: un plato de frijoles o una taza de café. El pastor evangélico (protestante) Leonzo Oscar Cueva preside el culto todas las tardes a las seis.

«La semana pasada se murió el último; tenía diabetes y le habían amputado una pierna. La verdad es que aquí sólo Dios nos escuchará y nos llevará adonde queremos», dice el religioso.

A su lado, Pablo Paz asiente con la cabeza. Lleva siete años enfermo, con tumores en la ingle y en los brazos. A su esposa la operaron hace dos años y le extirparon el útero con 10 miomas dentro, relata.

Don Maciel Navarrete tiene 52 años pero parece de 70. Camina apoyado en un bastón, pesa 48 kilos, tiene diabetes y ha estado internado dos veces.

Junto a las «champas» de plástico negro, automóviles de todo tipo pasan y nadie se detiene. Algunos miran de reojo a «los del Nemagón», que ya se han convertido en parte de un triste paisaje de la capital. «La gente nos mira como chatarra humana. Y es lógico, porque no tenemos posibilidad de cura», dice José Zeledón. «Nosotros vamos a morir, pero al menos que algo les quede a nuestros familiares».

(DPA)

GABRIELA SELSER


Durante 22 años, Alejandra Quintanilla trabajó desflorando plátanos en haciendas de la provincia de Chinandega, en el noroeste de Nicaragua. Hoy a sus 54 años sabe, como otros 12.000 ex agricultores bananeros envenenados con el pesticida Nemagón, que sus días están contados.

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