La próxima vez
El gobierno insinúa que el "blindaje financiero" no fue un salvavidas sino un signo de confianza en el futuro del país.
Según parece, el gobierno ha alcanzado su objetivo de hacer pensar que el «blindaje financiero» organizado por el FMI no fue un salvavidas para una economía que estaba a punto de ahogarse sino una manifestación internacional de confianza en el futuro del país. Por cierto, muchos parecen haber olvidado que hace poco era de temer que la Argentina pronto protagonizara un desastre que además de desatar convulsiones en los mercados internacionales, perjudicaría enormemente al grueso de su población. Sin embargo, aunque la ficción oficial ya ha ayudado a levantar el ánimo de muchas personas, entre ellas los propios jefes del gobierno, en el mediano plazo resultará contraproducente si la clase política se deja convencer de que la emergencia del año pasado sólo fue un fenómeno psicológico, sin mucha importancia real, y que de todos modos el resto del mundo siempre estará dispuesto a prestarnos el dinero necesario para que la economía siga funcionando. Esta actitud, combinada con el hecho de estar en un «año electoral», plantea el riesgo de que el blindaje, lejos de inaugurar una etapa signada por la responsabilidad fiscal, sólo haya servido para postergar la hora de la verdad.
Por cierto, algunas señales no son exactamente alentadoras. En enero, el déficit fiscal aumentó el 75 por ciento, incremento que los comprometidos con el gobierno han atribuido al traslado al primer mes del año de gastos efectuados en el último del anterior y a los intereses de la deuda externa, explicación que, huelga decirlo, no ha conformado a quienes dudan de la capacidad oficial de mantener bajo control los gastos corrientes. Con razón o sin ella, muchos economistas privados creen que a pesar de la retórica oficial en favor de la austeridad al gobierno le falta la voluntad para cumplir con las metas acordadas. Si están en lo cierto, podríamos encontrarnos en una situación nada agradable en la segunda mitad del año: de difundirse la idea de que ni siquiera los casi cuarenta mil millones de dólares facilitados por el blindaje resultarían suficientes como para mantener el país a flote, la reacción de los «mercados» sería con toda seguridad más brutal de lo que fue en setiembre del año pasado.
De confirmarse las previsiones negativas de los pesimistas, ¿estaría el FMI, la banca internacional y el gobierno de España dispuestos a ofrecernos un blindaje aún más impresionante? Bien que mal, no existe ningún motivo para creerlo. Por el contrario, el reemplazo de Bill Clinton por George W. Bush como presidente de Estados Unidos ha significado que durante los próximos cuatro años por lo menos las autoridades del país más influyente de todos se opondrán por principio a los grandes paquetes de salvataje destinados a rescatar a países en apuros económicos. A juicio de los colaboradores de Bush, la ayuda así supuesta raramente resulta muy útil porque permite a los dirigentes negarse a tomar medidas acaso penosas pero claramente necesarias. Puede que exageren – en algunas ocasiones, gobiernos de los países beneficiados sí han aprovechado la oportunidad para mejorar su desempeño -, pero hasta ahora no ha ocurrido nada en la Argentina que podría estimularlos a modificar su tesis.
El blindaje ha brindado a la clase política en su conjunto más tiempo en que adaptarse a las circunstancias actualmente imperantes. Es de suponer que algunos de sus integrantes están esforzándose por hacerlo – el debate en torno a la economía es menos fantasioso de lo que era varios meses atrás -, pero otros siguen aferrándose a sus viejas ideas conforme a las cuales deberíamos interpretar la realidad en términos éticos o ideológicos. Sin embargo, aunque estuvieran en lo cierto cuando denuncian la deuda externa por «ilegítima», el capitalismo por injusto, la actitud de los mercados por despiadada y el «neoliberalismo» por inhumano, dichos juicios no servirían en absoluto para ayudar a los habitantes del país que, es innecesario decirlo, tendrán que continuar viviendo en el mundo tal como efectivamente es. Por lo tanto, es urgente que el gobierno y, en menor medida, la oposición seria acepten que el blindaje fue sólo un paquete de créditos relativamente blandos y que, de reincidir el país en sus hábitos financieros tradicionales, nadie tendrá interés en darle una mano.
Según parece, el gobierno ha alcanzado su objetivo de hacer pensar que el "blindaje financiero" organizado por el FMI no fue un salvavidas para una economía que estaba a punto de ahogarse sino una manifestación internacional de confianza en el futuro del país. Por cierto, muchos parecen haber olvidado que hace poco era de temer que la Argentina pronto protagonizara un desastre que además de desatar convulsiones en los mercados internacionales, perjudicaría enormemente al grueso de su población. Sin embargo, aunque la ficción oficial ya ha ayudado a levantar el ánimo de muchas personas, entre ellas los propios jefes del gobierno, en el mediano plazo resultará contraproducente si la clase política se deja convencer de que la emergencia del año pasado sólo fue un fenómeno psicológico, sin mucha importancia real, y que de todos modos el resto del mundo siempre estará dispuesto a prestarnos el dinero necesario para que la economía siga funcionando. Esta actitud, combinada con el hecho de estar en un "año electoral", plantea el riesgo de que el blindaje, lejos de inaugurar una etapa signada por la responsabilidad fiscal, sólo haya servido para postergar la hora de la verdad.
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