La barbarie triunfante

Las víctimas más vulnerables de los talibanes no son los Buda, sino las mujeres afganas oprimidas por una dictadura vil.

Redacción

Por Redacción

Para horror de virtualmente todos los demás, el régimen talibán de Afganistán ha estado destruyendo grandes estatuas de Buda que fueron esculpidas hace más de un milenio y medio en la ladera de una colina en Bamiyán y que, por su síntesis de los estilos griego y oriental, conforman una parte muy importante del patrimonio cultural del planeta. Según los jefes talibanes, el propósito del vandalismo así supuesto es rendir un tributo al islam, lo cual no ha sido óbice para que los líderes políticos y espirituales musulmanes del resto del mundo hayan sumado sus voces a las protestas. Aunque la reacción generalizada contra la conducta de los talibanes no los ha disuadido de su obra de destrucción, el que haya sido unánime significa que a pesar de ser frecuentes los estallidos de odio racial y religioso, por lo menos se ha consolidado un consenso internacional en favor de la tolerancia, lo cual es sin duda muy positivo. Después de todo, hasta hace relativamente poco tanto la iconoclasia como otras formas de atentar contra los símbolos religiosos ajenos era normal no sólo en países primitivos como Afganistán sino también en Europa.

La indignación manifestada por el mundo musulmán ante el salvajismo de los talibanes se debe no sólo a la conciencia del valor histórico y artístico de los monumentos supuestamente incompatibles con los preceptos del islam o al respeto por el budismo, sino también a que saben muy bien que para centenares de millones de personas que no comparten sus convicciones, los gobernantes afganos, lo mismo que tantos terroristas brutales en países como Argelia, son los representantes auténticos de su religión. En efecto, desaparecida la amenaza comunista, son muchos los americanos, europeos y asiáticos que creen que el islam como tal es el enemigo más peligroso y más cruel de la civilización moderna, de la libertad y de la tolerancia mutua, estereotipo que incide directamente en la vida de los integrantes de las minorías musulmanas de buena parte del mundo. Modificar esta «imagen» no será nada fácil. Por cierto, no servirán para mucho las alusiones de historiadores bienintencionados a la superioridad evidente de la civilización de muchos países musulmanes en épocas en las que la extrema intolerancia era la característica principal de los reinos cristianos.

Todas las religiones -incluyendo el budismo- contienen semillas totalitarias, porque todas pretenden haber sido privilegiadas por una relación especial con la verdad absoluta, pero en las últimas décadas la mayoría de los fieles ha aprendido que le convendría la convivencia. Desafortunadamente, algunos, sobre todo en países subdesarrollados, no han acompañado la evolución de los demás y siguen actuando como nuestros propios antecesores hasta hace relativamente poco, ya por estar sinceramente convencidos de representar la única «verdadera religión», ya por querer aprovechar los sentimientos religiosos para fines políticos. Entre los talibanes predomina una mezcla del fanatismo confesional genuino -fenómeno que también se manifiesta con frecuencia entre grupos cristianos en el país que encarna la modernidad, los Estados Unidos- y la mentalidad de campesinos toscos obsesionados por el debilitamiento de la autoridad de los hombres sobre las mujeres que puede encontrarse en muchas sociedades retrógradas.

Las víctimas más vulnerables de los talibanes no son las estatuas de Buda sino las mujeres afganas que son oprimidas por una dictadura tan vil como las creadas por los nazis o los comunistas. A raíz de la destrucción de las estatuas, se han aumentado las presiones internacionales sobre los talibanes, pero aunque es de suponer que países vecinos como Irán tratarán de ayudar a las fuerzas que siguen combatiéndolos, ni ellos ni las potencias occidentales o Rusia quieren intervenir directamente en un país célebre por la belicosidad de sus habitantes. Aunque es probable que el alarde de vandalismo religioso de los talibanes acelere la caída de una de las dictaduras más repelentes pero, desde el punto de vista de otros países, menos peligrosas de los tiempos últimos, todavía no hay señales de que esté por derrumbarse, lo cual significa que seguirá la destrucción tanto del pasado como del presente sin que el resto del mundo haga más que manifestar su desaprobación.


Para horror de virtualmente todos los demás, el régimen talibán de Afganistán ha estado destruyendo grandes estatuas de Buda que fueron esculpidas hace más de un milenio y medio en la ladera de una colina en Bamiyán y que, por su síntesis de los estilos griego y oriental, conforman una parte muy importante del patrimonio cultural del planeta. Según los jefes talibanes, el propósito del vandalismo así supuesto es rendir un tributo al islam, lo cual no ha sido óbice para que los líderes políticos y espirituales musulmanes del resto del mundo hayan sumado sus voces a las protestas. Aunque la reacción generalizada contra la conducta de los talibanes no los ha disuadido de su obra de destrucción, el que haya sido unánime significa que a pesar de ser frecuentes los estallidos de odio racial y religioso, por lo menos se ha consolidado un consenso internacional en favor de la tolerancia, lo cual es sin duda muy positivo. Después de todo, hasta hace relativamente poco tanto la iconoclasia como otras formas de atentar contra los símbolos religiosos ajenos era normal no sólo en países primitivos como Afganistán sino también en Europa.

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