Maniobra riesgosa

Lo reconozcan o no los políticos, buena parte de la ciudadanía sabe bien que el dólar es la única moneda que cuenta.

Redacción

Por Redacción

Según el ex ministro de Economía Roque Fernández y su ex lugarteniente Carlos Rodríguez, la eventual llegada al Banco Central de Domingo Cavallo supondría la puesta en marcha de un plan para modificar la convertibilidad reemplazando el dólar estadounidense por una canasta de monedas que, es de suponer, estaría conformada principalmente por dólares, euros, yenes y, tal vez, algunos reales brasileños por si acaso. Quienes piensan de este modo están convencidos de que Cavallo, metamorfoseado en neodesarrollista, coincide con los que atribuyen buena parte de los problemas económicos del país a la excesiva fortaleza del dólar y que por lo tanto estaría buscando una forma elegante de salir de la «trampa» que él mismo tendió. Además, un cambio de esta clase tendría la espectacularidad que a su juicio Cavallo se sentiría obligado a mostrar a fin de recordarles a sus compatriotas que no es un «técnico» cualquiera sino un líder capaz de producir novedades impresionantes que transformarían las perspectivas ante el país. Puesto que a Fernández y a Rodríguez no les hace ninguna gracia la posibilidad de que Cavallo se erija en el Alan Greenspan de la Argentina, sus temores en cuanto al porvenir de la convertibilidad son claramente interesados, pero parecería que muchos otros los comparten.

En teoría, la idea de que sería mejor que el peso quedara atado a una «canasta» de monedas tiene muchos méritos. Puede que, de haber tomado Cavallo una decisión en tal sentido cuando planeaba el esquema que transformaría las perspectivas del país, nos hubiera ahorrado las desventajas evidentes de tener que revaluar la moneda nacional frente a las divisas de países de desempeño económico netamente superior. Asimismo, sería mucho más fácil producir cambios modificando de vez en cuando el contenido de una canasta de lo que sería rompiendo amarras con el dólar norteamericano. Con todo, a esta altura, alejarse del dólar podría resultar contraproducente. Si bien es totalmente imposible prever la futura evolución de las distintas tasas de cambio, nadie negaría que es perfectamente factible que, andando el tiempo, el euro recupere todo el terreno que ha perdido ante el dólar a partir de su lanzamiento, lapso en el que bajó de 1,17 dólares a poco más de 80 centavos y después volvió a superar los 90 centavos. En efecto, un peso dependiente de una «canasta» bien podría llegar a valer más que un dólar -al fin y al cabo, no es inconcebible que pronto surja un «supereuro»-, de suerte que el sistema así supuesto distaría de ser una panacea, y haberlo adoptado justo cuando el dólar estuviera por debilitarse sería considerado un error garrafal.

De todos modos, la razón por la cual Cavallo eligió el 1 a 1 tuvo más que ver con factores psicológicos que con cualquier intento de emprender la tarea sumamente complicada de calcular la tasa de cambio técnicamente óptima en un momento determinado, y no cabe duda de que, los reparos posteriores de algunos economistas profesionales no obstante, el «padre de la convertibilidad» acertó plenamente. Gracias en buena medida a los esfuerzos de Raúl Alfonsín, el país ya se había dolarizado, de manera que en aquel entonces pareció natural anunciar que en adelante el peso compartiría los destinos de la moneda de referencia. Dicha situación no se ha modificado. Lo reconozcan o no los políticos, buena parte de la ciudadanía sabe muy bien que el dólar es la única moneda que realmente cuenta y que el peso sigue siendo una especie de bono que valdría poco sin el compromiso oficial de cambiarlo automáticamente por un billete estadounidense. A menos que el euro se potencie lo suficientemente como para disfrutar del mismo prestigio, el dólar continuará cumpliendo esta función fundamental y ante cualquier susto, los mecanismos inherentes a la convertibilidad se pondrán en marcha al elegir los que pueden dolarizarse por completo. Así, pues, aunque el mismísimo Cavallo procurara desdolarizar al país mediante una devaluación moderada disfrazada de un cambio al parecer razonable dentro de la convertibilidad, el resultado bien podría ser la dolarización espontánea del país debido a la voluntad popular que, por motivos comprensibles, no siente demasiado entusiasmo por la clase de cambios que tanto fascinan a políticos y economistas.


Según el ex ministro de Economía Roque Fernández y su ex lugarteniente Carlos Rodríguez, la eventual llegada al Banco Central de Domingo Cavallo supondría la puesta en marcha de un plan para modificar la convertibilidad reemplazando el dólar estadounidense por una canasta de monedas que, es de suponer, estaría conformada principalmente por dólares, euros, yenes y, tal vez, algunos reales brasileños por si acaso. Quienes piensan de este modo están convencidos de que Cavallo, metamorfoseado en neodesarrollista, coincide con los que atribuyen buena parte de los problemas económicos del país a la excesiva fortaleza del dólar y que por lo tanto estaría buscando una forma elegante de salir de la "trampa" que él mismo tendió. Además, un cambio de esta clase tendría la espectacularidad que a su juicio Cavallo se sentiría obligado a mostrar a fin de recordarles a sus compatriotas que no es un "técnico" cualquiera sino un líder capaz de producir novedades impresionantes que transformarían las perspectivas ante el país. Puesto que a Fernández y a Rodríguez no les hace ninguna gracia la posibilidad de que Cavallo se erija en el Alan Greenspan de la Argentina, sus temores en cuanto al porvenir de la convertibilidad son claramente interesados, pero parecería que muchos otros los comparten.

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