Escuelas bilingües
Abundan los políticos e intelectuales que se niegan a aceptar que la hegemonía del inglés parece irremediable
Al inaugurar el año escolar en la Capital Federal, distrito que por una multitud de razones suele marcar el rumbo para el resto del país, las autoridades municipales hicieron hincapié en la importancia de las nuevas escuelas bilingües que esperan ver proliferar no sólo en los barrios más prósperos sino también en los pobres porque, como señaló el jefe del gobierno porteño Aníbal Ibarra, «hoy ya no alcanza saber leer y escribir en una sola lengua, es necesario dominar al menos otra». Aunque por motivos que podrían calificarse de diplomáticos Ibarra no lo dijo, aquella «otra» tiene forzosamente que ser el inglés, por ser cuestión del idioma internacional por antonomasia. Además de ya ser el idioma de los Estados Unidos y de muchos otros países, el inglés está erigiéndose de facto en la lengua franca de la Unión Europea: según una encuesta reciente, en todos los países de la UE, sin excluir a Francia, una mayoría sustancial cree que todos los ciudadanos comunitarios lo deberían saber hablar, planteo que, irónicamente, ocasiona menos entusiasmo en el Reino Unido que en Holanda, los países escandinavos, Grecia e Italia. Mientras tanto, algunos japoneses, preocupados por los costos de las notorias deficiencias lingüísticas de sus compatriotas, han estado discutiendo una propuesta encaminada a hacer del Japón un país oficialmente bilingüe y en China la enseñanza del inglés está disfrutando de un boom llamativo.
Si bien muchos propenden a exagerar la importancia del conocimiento del inglés, dando a entender que quienes ignoren el idioma internacional compartirán el destino en su opinión triste de aquellos que nunca llegan a usar una computadora, y son muchos los empleadores que exigen tener algunas nociones a trabajadores que nunca tendrán la menor necesidad de ellas, no cabe duda de que los capaces de emplearlo adecuadamente cuentan con una ventaja a menudo decisiva. Asimismo, los principios que se reivindican en la Capital Federal rigen en el interior también, lo cual significa que la falta de oportunidades para aprender bien el inglés en las provincias pobres está contribuyendo a ensanchar la brecha que separa a la parte primermundista de la Argentina de las zonas hundidas en la miseria y el atraso. No se trata solamente del hecho de que la metrópoli goce de un ingreso per cápita similar a aquél de algunos países europeos y que por lo tanto posee los recursos económicos que le permitirían formar con rapidez relativa un cuerpo docente en condiciones de asegurar que todos los niños reciban la instrucción necesaria, sino también de la conciencia de la importancia de la materia así supuesta. Aunque la televisión y otros medios de comunicación modernos han servido para reducir las diferencias culturales entre las diversas regiones del país, todavía no han incidido mucho en el pensamiento de clases políticas provinciales de actitudes llamativamente conservadoras.
Por una variedad de razones, abundan los políticos de distintas tendencias, funcionarios e intelectuales que se niegan a aceptar que la hegemonía del inglés en un mundo globalizado parece irremediable, en buena medida porque es del interés de los quinientos millones o más que ya lo usan como segundo idioma que no se produzcan cambios que los obligarían a empezar de nuevo. Gracias a su resistencia, tanto en la Capital Federal como en otras jurisdicciones se dan algunas escuelas bilingües en las que, además del castellano, se enseña en francés, italiano o portugués. Por supuesto, es muy positivo que muchos jóvenes aprendan dichos idiomas y también lo sería que algunos se dedicaran a otros, como alemán, chino, japonés y árabe, pero no lo es que políticos deseosos de hacer gala de su amplitud de miras y falta de prejuicios intenten convencerlos de que se trata de alternativas a la lengua franca de nuestra época. Al fin y al cabo, en el mercado laboral, el cual para la mayoría es el más significante, las oportunidades para los que saben expresarse en italiano, francés o portugués pero no en inglés son bastante limitadas. Para colmo, encontrarán que el «idioma oficial» de muchas multinacionales de origen no anglosajón no es la lengua nacional del país correspondiente sino el inglés, realidad ya asumida en Europa y la mayor parte de Asia y que, andando el tiempo, por razones prácticas se extenderá al mundo entero.
Al inaugurar el año escolar en la Capital Federal, distrito que por una multitud de razones suele marcar el rumbo para el resto del país, las autoridades municipales hicieron hincapié en la importancia de las nuevas escuelas bilingües que esperan ver proliferar no sólo en los barrios más prósperos sino también en los pobres porque, como señaló el jefe del gobierno porteño Aníbal Ibarra, "hoy ya no alcanza saber leer y escribir en una sola lengua, es necesario dominar al menos otra". Aunque por motivos que podrían calificarse de diplomáticos Ibarra no lo dijo, aquella "otra" tiene forzosamente que ser el inglés, por ser cuestión del idioma internacional por antonomasia. Además de ya ser el idioma de los Estados Unidos y de muchos otros países, el inglés está erigiéndose de facto en la lengua franca de la Unión Europea: según una encuesta reciente, en todos los países de la UE, sin excluir a Francia, una mayoría sustancial cree que todos los ciudadanos comunitarios lo deberían saber hablar, planteo que, irónicamente, ocasiona menos entusiasmo en el Reino Unido que en Holanda, los países escandinavos, Grecia e Italia. Mientras tanto, algunos japoneses, preocupados por los costos de las notorias deficiencias lingüísticas de sus compatriotas, han estado discutiendo una propuesta encaminada a hacer del Japón un país oficialmente bilingüe y en China la enseñanza del inglés está disfrutando de un boom llamativo.
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