Caída a tierra
El contraste entre la carrera proselitista de Fernández Meijide y la mediocridad de su breve ministerio nos dice más sobre las deficiencias de la política que sobre las cualidades de la ex ministra.
A juicio de todos los políticos, incluyendo a los integrantes de su propio partido, de la ciudadanía y, es de suponer, de ella misma, la gestión de la frepasista Graciela Fernández Meijide como ministra de Desarrollo Social fue un fracaso rotundo y la única razón por la cual fue trasladada a la vicejefatura de Gabinete consistió en el deseo de la UCR de impedir que su socio menor, el Frepaso, optara por sumarse a la oposición populista por no recibir una proporción en su opinión adecuada de los cargos administrativos. Los muchos que piensan así pueden aludir a la falta de resultados evidentes de su gestión, a su resistencia a desprenderse de su cuñado Angel Tonietto por tener un interés personal en el destino de ciertas licitaciones – episodio que contribuyó a desinflar las pretensiones éticas de la Alianza -, y al escaso protagonismo en las sesiones del gabinete de quien había sido una precandidata presidencial y candidata a gobernadora de la provincia más importante del país.
Pero si bien es fácil criticar el desempeño de Fernández Meijide tanto en el seno del gobierno como en la función específica que acaba de abandonar, no lo es en absoluto decir lo que pudo haber hecho para que a esta altura fuera juzgada todo un éxito. Aunque hubiera sido una administradora sumamente talentosa, cualquier intento de su parte de hacer más eficaz su repartición le hubiera merecido ataques despiadados de los demás frepasistas y de los radicales, los cuales la hubieran denunciado por comulgar con la herejía «neoliberal», y de los muchos que se aferraban al statu quo por entender que no tendrían cabida en un ministerio de Desarrollo Social racionalizado. Asimismo, por haber sido tan limitados los fondos a su disposición, cualquier intento de aprovechar su puesto para figurar como una protagonista de la vida nacional la hubiera obligado a entregarse a la demagogia más bochornosa. Por supuesto, en su condición de referente progresista Fernández Meijide pudo haber ayudado mucho al gobierno respaldando con convicción la estrategia «liberal» que tuvo que emprender después de completar los trámites electorales, pero sucede que hasta ahora ningún otro miembro del gabinete ha querido cumplir este papel fundamental, de suerte que sería poco justo amonestarla por compartir la ambigüedad exasperante del mismísimo presidente de la Nación.
La verdad es que el contraste llamativo entre la espectacularidad de la carrera proselitista de Fernández Meijide, la cual la catapultó desde el anonimato a las puertas de la Casa Rosada en un lapso asombrosamente reducido, y la mediocridad patente de su breve gestión en un ministerio que en teoría debería ser clave, nos dice mucho más sobre las deficiencias estructurales de «la política» en nuestro país que sobre las cualidades de la ex ministra. Aunque en todas las latitudes surgen problemas a raíz de que no sea frecuente que «el carisma» que permite a personas determinadas entusiasmar a los votantes se vea acompañado por una capacidad de gestión que sea igualmente notable, en muchos países desarrollados los responsables de manejar las grandes reparticiones públicas son funcionarios profesionales que anteponen la lealtad al Estado como tal a sus eventuales preferencias partidarias. Sin embargo, aquí no existe un «servicio civil» competente desde hace mucho más de medio siglo, desastre que se debe menos a los sucesivos «ajustes» que a la subordinación del Estado en todos sus niveles a las urgencias de un enjambre insaciable de caciques políticos y sus operadores. Así las cosas, para tener alguna posibilidad de ser considerada una funcionaria «exitosa», Fernández Meijide – la cual llegó a su cargo sin nada parecido a un equipo de especialistas reclutados de una fundación como FIEL o la Mediterránea -, hubiera necesitado contar con el apoyo vigoroso del presidente y del ministro de Economía, pero, como era notorio, ni Fernando de la Rúa ni José Luis Machinea tuvieron el propósito de hacer del Ministerio de Desarrollo Social uno de los ejes de su gestión. En cuanto a Ricardo López Murphy, por motivos nada misteriosos ha preferido que una repartición célebre por su inoperancia sea confiada a un «técnico» aunque se trate dealguien vinculado con el jefe frepasista Carlos «Chacho» Alvarez.
A juicio de todos los políticos, incluyendo a los integrantes de su propio partido, de la ciudadanía y, es de suponer, de ella misma, la gestión de la frepasista Graciela Fernández Meijide como ministra de Desarrollo Social fue un fracaso rotundo y la única razón por la cual fue trasladada a la vicejefatura de Gabinete consistió en el deseo de la UCR de impedir que su socio menor, el Frepaso, optara por sumarse a la oposición populista por no recibir una proporción en su opinión adecuada de los cargos administrativos. Los muchos que piensan así pueden aludir a la falta de resultados evidentes de su gestión, a su resistencia a desprenderse de su cuñado Angel Tonietto por tener un interés personal en el destino de ciertas licitaciones - episodio que contribuyó a desinflar las pretensiones éticas de la Alianza -, y al escaso protagonismo en las sesiones del gabinete de quien había sido una precandidata presidencial y candidata a gobernadora de la provincia más importante del país.
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