Gigante herido
Como en la Argentina, en el Japón la falta de convicción de la clase gobernante ha dado pie a una resistencia pasiva.
Estamos tan acostumbrados a que las crisis financieras que surgen en países de escaso peso económico como Tailandia y Turquía repercutan con violencia imprevista en la Argentina que sería lógico suponer que las desgracias de la segunda economía mundial nos golpearían con fuerza todavía mayor, pero hasta ahora cuando menos las vicisitudes cada vez más preocupantes del Japón no parecen haber provocado demasiados perjuicios fuera de Asia oriental, aunque, claro está, han privado a todos de un mercado que de otro modo estaría importando muchísimo más. Según el ministro de Finanzas, Kiichi Miyazawa, la situación fiscal «está cercana al colapso», juicio con el cual nadie ha discrepado: la deuda interna, del 130 por ciento del producto bruto, ya es la más grande del mundo desarrollado. Se da por descontado que el yen podría devaluarse en cualquier momento y algunos pesimistas pronostican que el país podría hundirse en una recesión tan prolongada que antes de recuperarse el envejecimiento de la población lo habrá paralizado para siempre. Aunque es conocida la capacidad del Japón para cambiar con rapidez asombrosa, todavía no hay señales de que esté por salir de la crisis en la que se precipitó al estallar la «burbuja» financiera a comienzos de los años noventa.
Hasta entonces, era razonable prever que en poco tiempo más la economía japonesa superaría la estadounidense, erigiéndose en la mayor del mundo entero. Conforme a las estadísticas internacionales, el producto bruto japonés aún es superior a los dos tercios del norteamericano a pesar de que tiene una población que no alcanza la mitad. Pero tales cifras son engañosas. En términos de poder de compra, el ingreso per cápita nipón es apenas el 80 por ciento del estadounidense, lo cual supone que la magnitud imponente de la economía japonesa se debe en buena medida a la fortaleza excesiva del yen. Si bien el país es tan próspero que sus problemas pueden parecer minúsculos en comparación con aquellos que enfrenta la Argentina, ya no puede considerárselo un «modelo» para otros.
Las causas del estancamiento de una economía antes celebrada por su dinamismo al parecer irresistible entrañan muchas enseñanzas valiosas, de las cuales la principal es que recetas que funcionan muy bien en épocas determinadas no necesariamente brindarán los mismos resultados en otras. El Japón avanzó a un ritmo fabuloso cuando los tiempos exigían más disciplina que creatividad, pero al inaugurarse una etapa signada por el cambio constante y la flexibilidad que favorecería el estilo «liberal» norteamericano, sus métodos se vieron desactualizados. Otra característica del «milagro japonés» de la posguerra consistía en el inmenso poder de decisión de una burocracia estatal profesional que convivía con una clase política a la vez mediocre y corrupta: desgraciadamente para los japoneses, a partir de 1989 el mercado se mostraría mucho más eficaz que los funcionarios a la hora de elegir prioridades económicas y la falta de conducción política – es decir, de líderes capaces de llevar a cabo los ajustes exigidos por las circunstancias e instrumentar cambios a pesar de la oposición tenaz de los comprometidos por el statu quo – resultó ser una deficiencia infranqueable.
Salvando las distancias, las cuales son muy grandes, la crisis japonesa tiene cierto parecido con la argentina por ser atribuible al poder excesivo de intereses creados firmemente atrincherados, a la escasa visión de una clase política cuyos integrantes están más interesados en las internas y en recaudar fondos que en tratar de solucionar los problemas nacionales, a la corrupción endémica y a la resistencia de los más poderosos, pero no de los demás, a adaptarse a los desafíos planteados por el liberalismo globalizado. Sin confianza en sus dirigentes, demasiados japoneses se niegan a arriesgarse o a consumir más de lo necesario. Lo mismo que en la Argentina, en el Japón la falta de convicción de la clase gobernante ha dado pie a una extraña forma de resistencia pasiva por parte del resto de la población que acaso sea comprensible pero que aun así está resultando muy pero muy costosa al hacer virtualmente imposibles los cambios drásticos que permitirían que el país recuperara el vigor perdido antes de que sea demasiado tarde.
Estamos tan acostumbrados a que las crisis financieras que surgen en países de escaso peso económico como Tailandia y Turquía repercutan con violencia imprevista en la Argentina que sería lógico suponer que las desgracias de la segunda economía mundial nos golpearían con fuerza todavía mayor, pero hasta ahora cuando menos las vicisitudes cada vez más preocupantes del Japón no parecen haber provocado demasiados perjuicios fuera de Asia oriental, aunque, claro está, han privado a todos de un mercado que de otro modo estaría importando muchísimo más. Según el ministro de Finanzas, Kiichi Miyazawa, la situación fiscal "está cercana al colapso", juicio con el cual nadie ha discrepado: la deuda interna, del 130 por ciento del producto bruto, ya es la más grande del mundo desarrollado. Se da por descontado que el yen podría devaluarse en cualquier momento y algunos pesimistas pronostican que el país podría hundirse en una recesión tan prolongada que antes de recuperarse el envejecimiento de la población lo habrá paralizado para siempre. Aunque es conocida la capacidad del Japón para cambiar con rapidez asombrosa, todavía no hay señales de que esté por salir de la crisis en la que se precipitó al estallar la "burbuja" financiera a comienzos de los años noventa.
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