Tiempo tormentoso
Luego de tres años de estancamiento, la Argentina debería estar lista para iniciar una etapa comparable a la vivida tras la ley de Convertibilidad.
Como si el desbarajuste local ya no le fuera más que suficiente, a Domingo Cavallo le ha tocado comenzar su segunda gestión en medio de una gran tempestad financiera internacional, una que en un par de horas hace desaparecer activos equivalentes a cuanto la Argentina puede producir en un año. Esta realidad ha contribuido a sembrar mucha confusión: desde hace más de una semana es imposible saber si los altibajos violentos del mercado porteño se deben a las dudas en cuanto al «Plan Cavallo», al temor ocasionado por la actitud de los legisladores o a los cambios abruptos que han estando produciéndose en las bolsas de los Estados Unidos, Europa y el Japón. Asimismo, la suba alarmante del «riesgo país» podría ser en parte fruto del clima de nerviosismo que se ha difundido por el mundo entero y si bien la Argentina ha hecho su aporte al desasosiego, ha sido forzosamente modesto como corresponde a las dimensiones pequeñas de su economía.
Hasta cierto punto, el surgimiento de la crisis internacional más reciente habrá ayudado a Cavallo a convencer a algunos políticos de la necesidad urgente de obrar con rapidez aunque, huelga decirlo, mientras las repercusiones no provoquen estragos dolorosos en la «economía real», muchos seguirán tomando lo que está ocurriendo por fuegos de artificio meramente numéricos. Al fin y al cabo, en la raíz del deterioro cada vez más pronunciado del panorama económico del país está la incapacidad de muchos legisladores, funcionarios, referentes partidarios y sindicalistas -todos «blindados» contra las desgracias que afectan al grueso de sus compatriotas- para entender la importancia de lo que a su juicio son «tecnicalidades» como el déficit fiscal y la confianza en el país de la banca. Convencidos de que se trataba de detalles de significado menor, han continuado exigiendo más al Estado, que por lo tanto no se ha visto obligado a «ajustarse» como lo ha hecho el sector privado. Sin embargo, lo comprendan o no estos «dirigentes», en ocasión los pequeños detalles estadísticos resultan fundamentales y lo único que logran aquellos que los pasan por alto, felicitándose por su sentir humano, o los descalifican en nombre de vaya a saber cuál variante del antimaterialismo, es condenar a la mayoría a más años de frustración.
Además de demorar los presuntos beneficios psicológicos del regreso de Cavallo -el índice Merval cayó de manera dramática, pero lo que sucedió el mismo día en plazas mucho mayores como las de Londres y Francfort fue igualmente impresionante-, la incertidumbre internacional podría ocasionarle dificultades a la hora de intentar seducir a inversores que por motivos comprensibles en este momento no se sienten dispuestos a confiar mucho en la Argentina, aunque es de suponer que los riesgos planteados por el país a sus vecinos podría dar al FMI y al gobierno de los Estados Unidos un buen pretexto para ser más flexibles de lo que preferirían. Con todo, si bien Cavallo está procurando sacar algunas ventajas de una coyuntura nada favorable, le hubiera convenido iniciar su tarea en una situación mucho más tranquila.
Siempre y cuando el «piloto de tormentas» consiga mantener el país a flote hasta que amainen los vientos huracanados que están agitando los mercados mundiales, podrá intentar plasmar una estrategia que le permitiría aprovechar el período de crecimiento internacional reducido que parece estar por producirse una vez agotados los efectos inmediatos del aterrizaje norteamericano. En teoría, no le será imposible. Luego de tres años de estancamiento, la Argentina debería de estar lista para emprender una etapa comparable a la vivida en los años que siguieron a la puesta en marcha del Plan de Convertibilidad. De propagarse la convicción de que por no haber participado de la euforia que rodeó las fases finales del boom de la «nueva economía» el país aún ofrece muchas oportunidades excepcionales a los inversores, le sería dado disfrutar relativamente bien de lo que para el resto del mundo sería un período de progreso bastante lento. Para que esto ocurra, empero, los inversores tendrían que tener motivos para creer que aquí están produciéndose algunos cambios genuinos, lo cual, huelga decirlo, dependerá no sólo de Cavallo sino también de los demás integrantes de la clase dirigente nacional.
Como si el desbarajuste local ya no le fuera más que suficiente, a Domingo Cavallo le ha tocado comenzar su segunda gestión en medio de una gran tempestad financiera internacional, una que en un par de horas hace desaparecer activos equivalentes a cuanto la Argentina puede producir en un año. Esta realidad ha contribuido a sembrar mucha confusión: desde hace más de una semana es imposible saber si los altibajos violentos del mercado porteño se deben a las dudas en cuanto al "Plan Cavallo", al temor ocasionado por la actitud de los legisladores o a los cambios abruptos que han estando produciéndose en las bolsas de los Estados Unidos, Europa y el Japón. Asimismo, la suba alarmante del "riesgo país" podría ser en parte fruto del clima de nerviosismo que se ha difundido por el mundo entero y si bien la Argentina ha hecho su aporte al desasosiego, ha sido forzosamente modesto como corresponde a las dimensiones pequeñas de su economía.
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