Legión argentina
El que países de la UE tomen a la Argentina como reserva humana significa oportunidades para muchos pero un peligro para el conjunto.
Sólo era una cuestión de tiempo para que diversas entidades públicas de aquellos países europeos cuya tasa de natalidad es bajísima – es decir, Italia y España -, abrieran oficinas aquí con el propósito de «repatriar» a hijos de inmigrantes, pero aún así ha resultado un tanto sorprendente que entre los pioneros en dicho sentido haya estado el ejército español que, según se informa, aspira a reclutar en sus filas a varios centenares de jóvenes argentinos. Aunque en el pasado otros países, como el Reino Unido, Francia y Alemania, no han vacilado en incorporar a sus fuerzas armadas a argentinos, por lo común del origen apropiado, lo han hecho en períodos de auténtica emergencia nacional, mientras que en la actualidad la posibilidad de que España se vea involucrada en una gran guerra contra una potencia extranjera es aproximadamente nula. Es por eso, sin duda, que las autoridades peninsulares han subrayado que los «extranjeros» no podrán llegar a las posiciones de mando, planteo que acaso tengan que modificar porque en su condición de hijos de españoles contarán con los mismos derechos legales que los nativos. Asimismo, si bien los militares españoles quieren limitarse a reclutas que podrían considerar compatriotas, es probable que el avance de la legislación europea termine impidiéndoles discriminar contra jóvenes cuyos padres o abuelos emigraron desde otros países comunitarios.
De todas maneras, el que ciertos miembros de la Unión Europea hayan comenzado a tomar la Argentina y otros países latinoamericanos por reservas humanas casi ideales, por estar poblados de personas de cultura europea que en muchos casos están relativamente bien formadas, significa oportunidades para muchos individuos pero constituye un peligro evidente para el conjunto. Los argumentos que en Europa suelen esgrimir los favorables a políticas inmigratorias abiertas al señalar que los recién llegados a menudo aportan mucho que es muy valioso a las sociedades anfitrionas, también suponen que serán muy grandes las pérdidas que experimenten los países que, con frecuencia sin proponérselo, suministran los inmigrantes. En nuestro caso los costos han sido patentes: por lo común, los argentinos que últimamente se han sentido tentados a probar suerte en Europa no han sido desocupados crónicos que no lograron terminar el ciclo primario sino jóvenes y no tan jóvenes que tenían trabajo y que habían recibido una educación aceptable que creían, por los motivos que fueran, que las perspectivas que les brindaría una de las naciones más pobres y con más desempleo del «primer mundo» serían muy superiores a las disponibles en su propio país.
El «operativo retorno» así supuesto aún está en sus comienzos. Por razones demográficas, parece más que probable que en los próximos años adquiera dimensiones cada vez mayores, lo cual quiere decir que a menos que logremos superar sus problemas políticos y económicos más evidentes el precio de tal fracaso podría ser inconcebiblemente alto. Por cierto, no estamos en condiciones de darnos el lujo de «expulsar» a una proporción significante de la clase media, o sea, de los sectores de los que dependerá la evolución futura de la sociedad. Sin embargo, de persistir mucho más la depresión anímica y la sensación de asfixia que se apoderaron del país hace un lustro y que desde entonces no han dejado de intensificarse, se irán aquellos que en otras circunstancias serían los responsables de encabezar la recuperación, sin que haya ninguna forma de impedirlo. Puede que en principio tengan plena razón los que sostienen que en un mundo «globalizado» es inmoral que los capitales gocen de libertad de movimiento cuando las personas tienen dificultades para trasladarse de un país a otro, pero de imponerse la tesis de los que piensan de este modo, podrían producirse golpes demográficos que quizás parezcan menos contundentes que los consabidos «golpes de mercado» que tanto agitan a todos, pero que tendrían consecuencias incomparablemente más graves. Al fin y al cabo, hoy en día los flujos de capitales pueden modificar su dirección de un momento para otro. En cambio, los flujos migratorios son mucho más lentos pero se alimentan de sí mismos creando nuevas realidades que, andando el tiempo, pueden hacerlos virtualmente irreversibles.
Sólo era una cuestión de tiempo para que diversas entidades públicas de aquellos países europeos cuya tasa de natalidad es bajísima - es decir, Italia y España -, abrieran oficinas aquí con el propósito de "repatriar" a hijos de inmigrantes, pero aún así ha resultado un tanto sorprendente que entre los pioneros en dicho sentido haya estado el ejército español que, según se informa, aspira a reclutar en sus filas a varios centenares de jóvenes argentinos. Aunque en el pasado otros países, como el Reino Unido, Francia y Alemania, no han vacilado en incorporar a sus fuerzas armadas a argentinos, por lo común del origen apropiado, lo han hecho en períodos de auténtica emergencia nacional, mientras que en la actualidad la posibilidad de que España se vea involucrada en una gran guerra contra una potencia extranjera es aproximadamente nula. Es por eso, sin duda, que las autoridades peninsulares han subrayado que los "extranjeros" no podrán llegar a las posiciones de mando, planteo que acaso tengan que modificar porque en su condición de hijos de españoles contarán con los mismos derechos legales que los nativos. Asimismo, si bien los militares españoles quieren limitarse a reclutas que podrían considerar compatriotas, es probable que el avance de la legislación europea termine impidiéndoles discriminar contra jóvenes cuyos padres o abuelos emigraron desde otros países comunitarios.
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