Titanes en el ring
No hay formas legítimas de impedir que China cobre fuerza, salvo vincular las inversiones con el respeto a los derechos humanos.
Desaparecida la Unión Soviética sin que Rusia haya heredado de ella mucho más que las debilidades que ocasionaron su desmoronamiento, abundan los norteamericanos que sienten que Estados Unidos necesita contar con un enemigo que sea digno de medirse con una superpotencia, papel que, por razones evidentes, no pueden desempeñar de forma convincente países molestos pero pequeños como Irak y Corea del Norte, de manera que era de prever que, andando el tiempo, se intensificara la hostilidad hacia China. Si bien el ahora ex presidente Bill Clinton se resistió a esta tendencia al calificar a China de «socio estratégico» con el propósito de enseñarle los beneficios de colaborar con Estados Unidos, su sucesor republicano George W. Bush, aconsejado por dos «duros», el vice presidente Richard Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, no ha vacilado en modificar la política exterior y militar de su país alejándola de sus preocupaciones tradicionales en Europa para concentrarse en la amenaza a largo plazo que a su juicio plantea Pekín. Así, pues, aun antes de producirse el incidente que fue ocasionado por la colisión con un caza chino de un avión espía norteamericano, repleto de equipos tecnológicos avanzadísimos y con una tripulación de 24 militares, que después tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en la isla fortificada de Hainan, se había preparado el escenario para que se multiplicaran los roces. Aunque este conflicto particular no ha dado pie a enfrentamientos muy graves, al hacer más caliente el clima bilateral contribuyó a que en el futuro no muy lejano podría producirse una guerra entre los dos gigantes.
Según los estadounidenses, su avión volaba en el espacio aéreo internacional y por tratarse de un aparato lento sería absurdo acusar al piloto de haber intentado intimidar a los cazas chinos, de manera que correspondía a los chinos liberar en seguida a los tripulantes – los que, antes de que los chinos optaran por permitirles regresar a casa, ya habían sido tildados de «rehenes» por algunos norteamericanos – y devolverles intacto el avión sin que tuvieran derecho alguno a exigirles un pedido de perdón formal, pese a lo cual terminaron redactando una declaración que desde la óptica china se pareció mucho a uno. Puede que técnica y legalmente los norteamericanos hayan estado en lo cierto, pero dadas las circunstancias es natural que los chinos no compartieran su punto de vista: después de todo, los dirigentes comunistas entienden muy bien que de haber aterrizado en California un avión espía chino que fuera capaz de captar hasta los mensajes de correo electrónico de los norteamericanos la reacción de Estados Unidos hubiera sido todo menos comprensiva. Asimismo, es innegable que la actitud norteamericana al iniciarse la crisis se vio caracterizada por la arrogancia propia de una potencia que se sabe militar y económicamente muy superior a su contrincante, lo cual, obvio es decirlo, enojó aún más a los chinos que entienden que por lo pronto no están en condiciones de cumplir el rol que el gobierno de Bush les ha asignado.
En términos estratégicos, las autoridades norteamericanas no se han equivocado al preocuparse por las implicancias del crecimiento rápido de la economía china: si ésta se hiciera tan productiva como la argentina, ya sería la más grande del mundo aunque, huelga decirlo, todavía distaría de poder generar los inmensos recursos militares y tecnológicos propios de la estadounidense. Asimismo, por ser China una dictadura nacionalista gobernada por personas que desprecian los derechos humanos, no toleran el disenso y que nunca han disimulado su ambición de que su nación se erija en la más poderosa del planeta, es del interés no sólo de Estados Unidos sino también de virtualmente todos los demás países intentar frenarla antes de que sea demasiado tarde o, cuando menos, hasta que su país gigantesco evolucione en una democracia cabal que comparta los valores actualmente imperantes en el Occidente desarrollado. Sin embargo, conforme a las pautas occidentales por lo menos, no hay formas legítimas de impedir que China siga cobrando cada vez más fuerza salvo, quizás, las supuestas por la voluntad de hacer depender las inversiones y el intercambio comercial del respeto por los derechos humanos, tema éste que los halcones del Partido Republicano de Bush jamás han considerado prioritario.
Desaparecida la Unión Soviética sin que Rusia haya heredado de ella mucho más que las debilidades que ocasionaron su desmoronamiento, abundan los norteamericanos que sienten que Estados Unidos necesita contar con un enemigo que sea digno de medirse con una superpotencia, papel que, por razones evidentes, no pueden desempeñar de forma convincente países molestos pero pequeños como Irak y Corea del Norte, de manera que era de prever que, andando el tiempo, se intensificara la hostilidad hacia China. Si bien el ahora ex presidente Bill Clinton se resistió a esta tendencia al calificar a China de "socio estratégico" con el propósito de enseñarle los beneficios de colaborar con Estados Unidos, su sucesor republicano George W. Bush, aconsejado por dos "duros", el vice presidente Richard Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, no ha vacilado en modificar la política exterior y militar de su país alejándola de sus preocupaciones tradicionales en Europa para concentrarse en la amenaza a largo plazo que a su juicio plantea Pekín. Así, pues, aun antes de producirse el incidente que fue ocasionado por la colisión con un caza chino de un avión espía norteamericano, repleto de equipos tecnológicos avanzadísimos y con una tripulación de 24 militares, que después tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en la isla fortificada de Hainan, se había preparado el escenario para que se multiplicaran los roces. Aunque este conflicto particular no ha dado pie a enfrentamientos muy graves, al hacer más caliente el clima bilateral contribuyó a que en el futuro no muy lejano podría producirse una guerra entre los dos gigantes.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora