Defensa propia

Editorial

Redacción

Por Redacción

Tienen razón todos aquellos que afirman que es terriblemente injusto que «los mercados» hayan obligado a la Argentina a comprometerse a reducir drásticamente el gasto público y a reorganizar la economía para que se asemeje más al modelo favorecido por los operadores de Wall Street y otros centros financieros. También la tenían los muchos que con fervor aún mayor protestaban contra la injusticia flagrante supuesta por la propensión de los países militarmente fuertes a someter a los más débiles, costumbre que si bien no ha sido abandonada por completo ya es considerada un tanto anticuada no porque el hombre se haya vuelto menos agresivo, sino porque a esta altura apropiarse de territorios habitados suele ser económicamente contraproducente. Sin embargo, creerse moralmente superior a los poderosos de turno no es ningún consuelo para los derrotados aunque, años después, podría brindar una causa útil a movimientos revisionistas deseosos de lamentar la malignidad de sus antepasados, motivo por el que para la mayoría de los países siempre le ha sido conveniente contar con fuerzas armadas adecuadas y por el que en la actualidad les es mejor «blindarse» lo suficiente como para estar en condiciones de resistirse a eventuales ataques especulativos por parte de los resueltos a aprovechar las flaquezas ajenas.

Por desgracia, aún son pocos los que se han dado cuenta de que hoy en día las crisis económicas pueden resultar tan fulminantes como una invasión extranjera tener consecuencias tan graves que lleguen a plantear dudas en cuanto a la supervivencia nacional. Aunque todos entienden la importancia del poderío militar, trátense ya de los ejércitos propios o de la conciencia de que en ciertas circunstancias las grandes potencias estarían dispuestas a intervenir, la mayoría sigue considerando un tanto irreal el poder financiero como si fuera algo que podría repeler con declaraciones principistas, leyes o votaciones. Fue por eso que el país no se halló preparado para hacer frente al huracán financiero que lo ha estado vapuleando desde hace algunos meses y que, de cobrar más intensidad, destruiría a su gobierno y depauperaría a una cantidad muy grande de sus habitantes. Puede que haya sido natural la pasividad generalizada ante la amenaza así planteada, pero es de esperar que después de haber soportado tantas embestidas sus dirigentes políticos hayan entendido la necesidad de asegurar que en adelante nuestras defensas sean tan fuertes que nadie tenga motivos para dudar de su capacidad de resistencia.

Según parece, a algunos integrantes del gobierno norteamericano les gustaría que la Argentina cayera en «default» porque a su juicio el «contagio» sería limitado y la experiencia del país resultaría aleccionadora para otros que podrían sentirse reacios a impulsar reformas destinadas a asegurar su «viabilidad». Es fácil denunciarlos por «talibanes ultraliberales», como en efecto han hecho muchos políticos populistas, pero ocurre que insultos de este tipo no sirven para ayudar a nadie salvo, quizás, a quienes los formulan. Mal que bien, la negativa de los líderes de las naciones más ricas y por lo tanto más poderosas a subsidiar a países relativamente pobres que, bien administrados, estarían en condiciones de valerse por sí mismos, constituye una realidad con la que tendremos que aprender a convivir tomando todas las medidas precisas. Claro, para que la clase política comience a construir defensas menos vulnerables que las tradicionales que, de todas maneras, ya se han visto desbordadas, le será necesario abandonar algunas ilusiones propias de otras épocas. En este sentido, el Congreso ya ha dado el paso inicial aprobando la ley de déficit cero, pero en las semanas próximas los dirigentes tendrán que transformar lo que es un esbozo promisorio en una obra bien hecha. De lo contrario, el país quedará indefenso frente a las próximas ofensivas financieras que, de más está decirlo, serán cada vez más violentas hasta que los responsables de desatarlas por fin decidan que, gracias al realismo de sus gobernantes, la Argentina sea un hueso tan duro de roer que en adelante les convendría concentrarse en presas más endebles.


Tienen razón todos aquellos que afirman que es terriblemente injusto que "los mercados" hayan obligado a la Argentina a comprometerse a reducir drásticamente el gasto público y a reorganizar la economía para que se asemeje más al modelo favorecido por los operadores de Wall Street y otros centros financieros. También la tenían los muchos que con fervor aún mayor protestaban contra la injusticia flagrante supuesta por la propensión de los países militarmente fuertes a someter a los más débiles, costumbre que si bien no ha sido abandonada por completo ya es considerada un tanto anticuada no porque el hombre se haya vuelto menos agresivo, sino porque a esta altura apropiarse de territorios habitados suele ser económicamente contraproducente. Sin embargo, creerse moralmente superior a los poderosos de turno no es ningún consuelo para los derrotados aunque, años después, podría brindar una causa útil a movimientos revisionistas deseosos de lamentar la malignidad de sus antepasados, motivo por el que para la mayoría de los países siempre le ha sido conveniente contar con fuerzas armadas adecuadas y por el que en la actualidad les es mejor "blindarse" lo suficiente como para estar en condiciones de resistirse a eventuales ataques especulativos por parte de los resueltos a aprovechar las flaquezas ajenas.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora