Error estratégico

A los docentes auténticos no les conviene atar su destino al de otros empleados públicos.

Redacción

Por Redacción

Una consecuencia perversa de la postergación ya tradicional de los docentes en nuestro país es que, si bien lo que la mayoría quiere es que la sociedad en su conjunto revalorice la educación, se han dejado representar por sindicalistas comprometidos con esquemas que son incompatibles con el avance de un sector determinado y, por lo tanto, con el retroceso de otros. Para gremios como Ctera, los docentes sólo constituyen un regimiento más del gran ejército estatal, planteo que, huelga decirlo, comparten otros empleados públicos que entienden muy bien que la ciudadanía siente mucho más simpatía por los maestros que por burócratas que cumplen con desgano tareas que a menudo son superfluas a un costo que se ha hecho insoportable. Es por eso que los gremialistas docentes, todos los cuales anteponen sus preferencias ideológicas a los intereses no sólo de los «trabajadores de la educación» mismos sino también del país, se han alzado contra «el ajuste» cuando, en buena lógica, deberían estar insistiendo en que los recortes en otras áreas sean aún más profundos de lo que ha propuesto el gobierno porque de lo contrario la educación pública podría hundirse.

Como la jefa de Ctera, Marta Maffei, ha aclarado en varias ocasiones, a su juicio el valor pedagógico de «la lucha», es decir, de los paros constantes amenizados por aquellas sesiones de adoctrinamiento político que ciertos militantes llaman «clases públicas», es tan grande que en última instancia los alumnos resultarán beneficiados por el caos imperante. Se trata de una visión muy particular de la realidad que es ajena al resto de la población que, algunos militantes populistas o izquierdistas aparte, se aferra a sus prejuicios reaccionarios conforme a los cuales la educación no debería ser el monopolio de una pequeña secta de presuntos iluminados. Aunque una educación totalmente apolítica, no contaminada por intereses partidarios, sea una quimera, a la mayoría no le gustan para nada las ideas de personajes como Maffei que aspiran a hacer de ella un arma en manos de «la familia estatal» o de movimientos políticos que esperan impedir que la Argentina se transforme en un país capitalista como España o Italia.

En la Argentina actual, es forzoso distinguir entre los reclamos de los diversos grupos de empleados públicos, privilegiando a algunos y oponiéndose de forma tajante a otros. Puesto que el «sector privado» – es decir, la mayoría abrumadora de los habitantes del país – no está en condiciones de funcionar adecuadamente si aporta más dinero al Estado y, por motivos comprensibles, el mundo exterior no está dispuesto a subsidiarlo, hasta que el país haya crecido mucho más el sector público tendrá que manejarse con recursos muy inferiores a los recibidos en los dos o tres años últimos. Esto quiere decir que a los gobernantes les corresponde fijar prioridades a sabiendas de que la decisión de favorecer ámbitos tan básicos como los supuestos por la educación, la seguridad y la salud los obligarán a desoír las protestas ruidosas de los vinculados con los demás sectores. No quieren hacerlo, en buena medida por entender que les significaría abandonar a su suerte a su propia clientela política, pero dadas las circunstancias no les quedan demasiadas opciones.

A los docentes auténticos no les conviene en absoluto atar su destino al de otros empleados públicos en nombre de una subideología tan absurda como anacrónica. Pase lo que pase en los próximos años, el país nunca podría prescindir de ellos. Es más: en el mundo entero se ha consolidado el consenso de que su importancia relativa se hará cada vez mayor. En cambio, no cabe la más mínima duda de que algunos sectores estatales actualmente superpoblados tendrán que ser desmantelados cuanto antes. Por lo tanto, es ridículo tratar de hacer creer que los intereses de los docentes coinciden con aquellos de los ñoquis o incluso de empleados públicos honestos y responsables que se desempeñan en reparticiones cuya eliminación, lejos de causar dificultades, serviría para destrabar una sociedad que, gracias a la voluntad de políticos y gremialistas a subordinar virtualmente todo a su propia sed de poder, está muriendo de asfixia.


Una consecuencia perversa de la postergación ya tradicional de los docentes en nuestro país es que, si bien lo que la mayoría quiere es que la sociedad en su conjunto revalorice la educación, se han dejado representar por sindicalistas comprometidos con esquemas que son incompatibles con el avance de un sector determinado y, por lo tanto, con el retroceso de otros. Para gremios como Ctera, los docentes sólo constituyen un regimiento más del gran ejército estatal, planteo que, huelga decirlo, comparten otros empleados públicos que entienden muy bien que la ciudadanía siente mucho más simpatía por los maestros que por burócratas que cumplen con desgano tareas que a menudo son superfluas a un costo que se ha hecho insoportable. Es por eso que los gremialistas docentes, todos los cuales anteponen sus preferencias ideológicas a los intereses no sólo de los "trabajadores de la educación" mismos sino también del país, se han alzado contra "el ajuste" cuando, en buena lógica, deberían estar insistiendo en que los recortes en otras áreas sean aún más profundos de lo que ha propuesto el gobierno porque de lo contrario la educación pública podría hundirse.

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