Los juegos de siempre
Para regocijo de sus muchos adversarios, a la hora de armar sus listas electorales los paladines más notorios del progresismo local han hecho gala de su respeto instintivo por los criterios tradicionales que antes de alcanzar su eminencia actual ellos mismos habían denunciado con elocuencia. El jefe del gobierno porteño Aníbal Ibarra no vaciló en aprovechar la oportunidad para rendirle culto a la familia, privilegiando a su propia hermana mediante una maniobra que dejó descolocados a los militantes del Frepaso, mientras que la creadora del ARI, la diputada chaqueña Elisa Carrió, brindó a sus admiradores una clase magistral en lo que algunos de los descartados calificaron amargamente de «los vicios de la vieja política». En cuanto al cura Luis Farinello, nunca disimuló su intención de manejar a su rebaño como lo haría un caudillo decimonónico redivivo, de suerte que los cambios de último momento en su lista de candidatos a diputados provinciales no habrán sorprendido a nadie.
Que esto haya ocurrido de forma tan impúdica se debe a algo más que al hecho de que, cuando de la política se trata, muy pocos contestatarios son rebeldes auténticos: con escasísimas excepciones, son productos cabales de la misma cultura que los conformistas que están habituados a obedecer las órdenes del jefe pero, a diferencia de éstos, poseen la inteligencia necesaria para comprender que si quieren destacarse les conviene procurar representar a los muchos que quisieran ver modificado el statu quo. En el mundo actual, el político que sube hablando pestes de la política es un estereotipo universalmente reconocido. Sin embargo, otro factor que ha incidido en la conducta de estos dirigentes supuestamente renovadores consiste en la importancia creciente de «la imagen» que, potenciada por los medios de comunicación electrónicos, puede hacer de un dirigente «nuevo» el dueño temporario de millones de votos sin que le sea preciso disfrutar del apoyo de ninguna organización. Este fenómeno dista de ser tan positivo como muchos creen. Si bien ha permitido que algunos personajes, entre ellos la ex presidenciable Graciela Fernández Meijide, han podido aproximarse a la cima sin tener que pasar por una burocracia partidaria laberíntica, también ha contribuido a la degradación de la política, que se ha visto convertida en una actividad más cercana a la publicidad que al arte muy difícil de gobernar.
Hoy en día, los integrantes de una pequeña elite política -tal vez una veintena de individuos en el escenario nacional- tienen buenos motivos para creerse con pleno derecho a manejar su partido, línea interna o coalición coyuntural como si fuera una empresa privada propia porque, al fin y al cabo, los votos que le significan su capital y sus perspectivas de venta dependen casi exclusivamente de su «carisma» personal. Sin Carrió, el ARI -«Alternativa para una República de Iguales»- apenas existiría. Sin Farinello, nadie habría oído hablar del Polo Social. Asimismo, a raíz del mutis de Carlos «Chacho» Alvarez y la implosión de Fernández Meijide, el único frepasista ampliamente conocido es Ibarra. En efecto, tan grande es la discrepancia entre el poder de los dueños de la imagen por un lado y aquel de los demás, que aspiran a aprovecharla, por el otro, que los primeros pueden hacer virtualmente cualquier cosa a sabiendas de que si optaran por irse privarían al grueso de sus seguidores de la posibilidad de lograr un cargo electivo.
Desafortunadamente, estos dirigentes cuyas actividades llenan las páginas de los diarios y revistas y los noticieros televisivos no están liderando ninguna renovación de la política nacional. A lo sumo, su protagonismo refleja el fastidio que tantos sienten frente al desempeño deslucido de los partidos tradicionales. Es posible que si todos se reunieran en un solo movimiento organizado que se diera el trabajo de formular propuestas viables estuvieran en condiciones de producir algunos cambios permanentes, pero a pesar de que en términos generales todos comparten las mismas actitudes, por razones evidentes prefieren competir por separado por fragmentos del mercado político disponible, lo cual les permite actuar como los herederos de caciques de otros tiempos.
Para regocijo de sus muchos adversarios, a la hora de armar sus listas electorales los paladines más notorios del progresismo local han hecho gala de su respeto instintivo por los criterios tradicionales que antes de alcanzar su eminencia actual ellos mismos habían denunciado con elocuencia. El jefe del gobierno porteño Aníbal Ibarra no vaciló en aprovechar la oportunidad para rendirle culto a la familia, privilegiando a su propia hermana mediante una maniobra que dejó descolocados a los militantes del Frepaso, mientras que la creadora del ARI, la diputada chaqueña Elisa Carrió, brindó a sus admiradores una clase magistral en lo que algunos de los descartados calificaron amargamente de "los vicios de la vieja política". En cuanto al cura Luis Farinello, nunca disimuló su intención de manejar a su rebaño como lo haría un caudillo decimonónico redivivo, de suerte que los cambios de último momento en su lista de candidatos a diputados provinciales no habrán sorprendido a nadie.
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