Otra dimensión
La Argentina no puede resignarse a que no haya conexión entre lo que ocurre y lo que prometen los dirigentes.
Como ha sucedido en tantas ocasiones anteriores, en los días últimos rumores sobre cambios en el gabinete del presidente Fernando de la Rúa han estado perturbando a los operadores de la pequeña Bolsa porteña que, a pesar de la ayuda prestada por una consultora norteamericana muy influyente al difundir la opinión de que la economía argentina parece relativamente sólida, perdió terreno cuando otros mercados experimentaban alzas. Sin embargo, las versiones sobre la renuncia inminente del ministro de Economía, Domingo Cavallo, apenas han incidido en la campaña electoral que pronto culminará. La razón es sencilla: buena parte del país ha llegado a la conclusión de que «la política» es una cosa y «el gobierno» es otra, de suerte que los vínculos entre ellas son meramente casuales.
En el corto plazo, esta situación insólita tiene sus ventajas. Los temores de que la campaña electoral ocasionaría tensiones tan graves que sería imposible manejar la economía con cordura han resultado ser absurdamente exagerados. Aunque a veces parecería que la «clase política» en su conjunto se ha combinado para oponerse a las medidas del gobierno, tanto los protagonistas mismos como los demás entienden que sólo se trata de una obra de ficción, porque ningún dirigente significante pensaría en intentar concretar las «alternativas» que reivindica con pasión simulada. Por lo tanto, el gobierno, consciente de que en verdad cuenta con la aprobación de la mayoría, ha podido continuar trabajando sin preocuparse demasiado por lo que dicen los políticos radicales, frepasistas, peronistas y militantes de partidos menores.
En el mediano plazo, empero, los costos del acuerdo tácito de mantener bien separadas la administración del país por un lado y «la política» por el otro no pueden sino resultar muy elevados. Aunque es claramente mejor que los diversos candidatos no tomen en serio su propia retórica de lo que sería si insistieran en procurar aplicar los remedios que han improvisado, no es nada saludable que tantos representantes formales de la ciudadanía se hayan negado a asumir las responsabilidades propias de tal condición. Tampoco lo es que muchos se hayan comprometido con análisis evidentemente inútiles de la realidad nacional en que no creen con la esperanza de que, si pasan por alto las dificultades afirmando que se deben a nada más grave que la maldad de sus adversarios, los votantes los premiarán por su «sensibilidad» otorgándoles puestos legislativos.
Mal que les pese a quienes basan sus planteos en la idea de que una mentira reconfortante es siempre preferible a una verdad antipática, superar los muchos problemas del país requerirá un gran esfuerzo mancomunado. No se puede «luchar» contra la escasez mediante manifestaciones callejeras ruidosas o cortes de rutas organizados a fin de obligar a las autoridades locales a entregar dinero. Para hacerlo con alguna posibilidad de éxito, será necesario que el Estado se haga mucho más eficiente, lo cual supondrá reformas auténticas que serán resistidas por los defensores de una multitud de intereses creados, y que la mayoría de los políticos acepte por una vez que oponerse por principio a «los mercados» sólo sirve para asegurar que millones queden atrapados en la miseria.
La Argentina no puede resignarse a ser un país esquizofrénico en el que no haya ninguna conexión entre lo que efectivamente ocurre y lo que prometen los «dirigentes». Puesto que a juzgar por su conducta, los políticos saben perfectamente bien que sus declaraciones tienen muy poco que ver con el mundo tal y como es, la reconciliación de «la política» con las opciones genuinas tendría forzosamente que suponer el abandono por parte de muchas figuras notorias de los planteos anacrónicos con los cuales están comprometidos desde hace mucho tiempo. Se trata de una renovación que debería haberse producido por lo menos diez años atrás, cuando ya se había hecho patente el fracaso ignominioso del populismo peronista y radical. En tal caso, el país se hubiera ahorrado la «crisis» actual cuyo origen, claro está, puede encontrarse en la resistencia terca de elites de mentalidad corporativa a adaptarse al cambio.
Como ha sucedido en tantas ocasiones anteriores, en los días últimos rumores sobre cambios en el gabinete del presidente Fernando de la Rúa han estado perturbando a los operadores de la pequeña Bolsa porteña que, a pesar de la ayuda prestada por una consultora norteamericana muy influyente al difundir la opinión de que la economía argentina parece relativamente sólida, perdió terreno cuando otros mercados experimentaban alzas. Sin embargo, las versiones sobre la renuncia inminente del ministro de Economía, Domingo Cavallo, apenas han incidido en la campaña electoral que pronto culminará. La razón es sencilla: buena parte del país ha llegado a la conclusión de que "la política" es una cosa y "el gobierno" es otra, de suerte que los vínculos entre ellas son meramente casuales.
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