Verdades como puños
El motivo principal por el que el comentario de Berlusconi provocó tanto revuelo es que tenía razón.
En épocas pasadas no muy lejanas, un dirigente occidental que afirmara que su propia civilización no era superior a cualquier otra, dando a entender así que a su juicio no sólo los logros culturales sino también detalles como la democracia, el respeto por los derechos humanos, la libertad de opinión y cosas así por el estilo carecían de importancia, hubiera corrido el riesgo de ser denunciado por sus proclividades totalitarias. Pero los tiempos han cambiado. Hoy en día, quienes serán calificados de «fascistas» o «racistas» son los dispuestos a decir que a su juicio la civilización occidental sí es superior a las demás por tratarse de un «sistema que garantizó el bienestar, el respeto por los derechos humanos y -a diferencia de los países islámicos- el respeto por los derechos políticos y religiosos». No bien formuló estas palabras nada incendiarias, el primer ministro italiano Silvio Berlusconi fue blanco de los ataques y de los insultos de una multitud de voceros no sólo árabes, sino también europeos. Claro, los motivos de estos últimos, que incluían a la mayoría de sus homólogos de la Unión Europea, tuvieron más que ver con el pragmatismo que con la convicción auténtica de que, el estado realmente lamentable de tantos países musulmanes no obstante, sería un error considerar que la civilización occidental fuera mejor. Lo que temían era que Berlusconi «humillara» tanto a los habitantes de los países musulmanes que rehusaran colaborar con la lucha contra el terrorismo de alcance internacional. De quererlo, Berlusconi podría señalarles que sus dudas en tal sentido son incompatibles con su supuesta admiración por la civilización islámica, pero es de suponer que a esta altura no quisiera provocar más polémicas.
Pues bien: con la excepción de aquellos que creen que las características mencionadas por el premier italiano son anecdóticas y no sirven para que una civilización determinada sea mejor que otra, la mayoría abrumadora entenderá que Berlusconi tenía razón. Por cierto, sorprendería que no pensaran del mismo modo aquellos políticos europeos que se han decidido a criticarlo en términos sumamente hirientes aunque es de suponer que están plenamente en favor de la democracia, la libertad de la mujer, los derechos humanos, etc. Sin embargo, parecería que desde su punto de vista no les convendría intentar «exportar» tales valores porque, como ya era el caso antes de los atentados del 11 de setiembre, privilegian sus relaciones con los regímenes ferozmente antidemocráticos de los países musulmanes por encima del bienestar de sus habitantes. Tal actitud podría justificarse si no estuvieran convencidos de que sus propios principios son de validez universal, pero no existen motivos para suponer que sean cínicos que dan por descontado que los derechos humanos son para sus compatriotas, no para los demás. Huelga decir que el doble discurso así supuesto siempre ha irritado a los muchos musulmanes que saben muy bien que los gobernantes occidentales se han acostumbrado a colaborar con las dictaduras de la región sin preocuparse por el destino de sus víctimas.
De todos modos, el motivo principal por el que el comentario de Berlusconi provocó tanto revuelo tanto en Europa como en el mundo islámico es que no cabe duda alguna de que tenía razón. En efecto, el malestar que sienten tantas personas en los países que lo conforman, además de los frecuentes brotes de fanatismo religioso, se debe precisamente a la conciencia generalizada de que desde hace varios siglos los musulmanes en su conjunto están perdiendo terreno frente a los occidentales y que para revertir esta tendencia les será forzoso emprender una serie de reformas que, es innecesario decirlo, amenazarían los privilegios de muchas elites. Si esta realidad no fuera tan evidente, si sólo fuera una cuestión del gusto de cada uno, afirmaciones como las formuladas por el italiano no molestarían a nadie -al fin y al cabo, abundan los persuadidos de que en el fondo su propia sociedad es mejor que otras y a muchos les encanta decirlo sin ambages, pero ocurre que las diferencias ya son tan manifiestas que incluso aludirlas produce dolor.
En épocas pasadas no muy lejanas, un dirigente occidental que afirmara que su propia civilización no era superior a cualquier otra, dando a entender así que a su juicio no sólo los logros culturales sino también detalles como la democracia, el respeto por los derechos humanos, la libertad de opinión y cosas así por el estilo carecían de importancia, hubiera corrido el riesgo de ser denunciado por sus proclividades totalitarias. Pero los tiempos han cambiado. Hoy en día, quienes serán calificados de "fascistas" o "racistas" son los dispuestos a decir que a su juicio la civilización occidental sí es superior a las demás por tratarse de un "sistema que garantizó el bienestar, el respeto por los derechos humanos y -a diferencia de los países islámicos- el respeto por los derechos políticos y religiosos". No bien formuló estas palabras nada incendiarias, el primer ministro italiano Silvio Berlusconi fue blanco de los ataques y de los insultos de una multitud de voceros no sólo árabes, sino también europeos. Claro, los motivos de estos últimos, que incluían a la mayoría de sus homólogos de la Unión Europea, tuvieron más que ver con el pragmatismo que con la convicción auténtica de que, el estado realmente lamentable de tantos países musulmanes no obstante, sería un error considerar que la civilización occidental fuera mejor. Lo que temían era que Berlusconi "humillara" tanto a los habitantes de los países musulmanes que rehusaran colaborar con la lucha contra el terrorismo de alcance internacional. De quererlo, Berlusconi podría señalarles que sus dudas en tal sentido son incompatibles con su supuesta admiración por la civilización islámica, pero es de suponer que a esta altura no quisiera provocar más polémicas.
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