Demasiadas voces

Editorial

Redacción

Por Redacción

Pocos días transcurren sin que alguien exhorte al presidente Fernando de la Rúa a «escuchar» lo que le está diciendo alguno que otro sector crítico, sea éste conformado por «la gente», la Alianza, la UCR, «la industria» o «el poder legislativo», en vez de prestar atención a «los mercados». Según los muchos que hablan de este modo, De la Rúa es una especie de autista aislado del resto del mundo que vive en una pequeña burbuja familiar dominada por banqueros y jóvenes ingenuos. Puede que estén en lo cierto los que insisten en que el presidente actual, lo mismo que todos sus antecesores, es excesivamente propenso a encerrarse en su propio «entorno» en el que las opiniones presuntamente antojadizas de aficionados pesen más que las meditaciones profundas de hombres y mujeres serios, pero aunque un día optara por salir de él, sorprendería que la experiencia le resultara muy aleccionadora. Desgraciadamente para el país, la mayoría de los «mensajes» que diversas figuras están procurando transmitirle ya es disparatada o ya interesada. Es por eso que la Argentina está en crisis.

Al promediar la jornada electoral, De la Rúa se aseveró más que dispuesto a escuchar con el respeto debido «el mensaje de las urnas» y es de suponer que ha intentado cumplir con aquella promesa, pero el contenido fue tan confuso que por ahora ni él ni ningún otro político lo ha sabido descifrar, razón por la que hasta los rechazados por una mayoría abrumadora han podido tomarlo por una manifestación de apoyo a sus propias obsesiones. En cuanto al pedido a primera vista lógico de que el presidente escuche «la opinión de la Alianza» o «de la UCR», ya tiene motivos de sobra para sospechar que las declaraciones fogosas formuladas por los caciques más eminentes se inspiran en nada más que su deseo de quedar bien con «la gente», empresa en que a juzgar por los resultados electorales han fracasado de forma miserable, de suerte que tratar de reconciliarse con el radicalismo lo obligaría a desoír lo que podría estar diciéndole el grueso de la ciudadanía. Tampoco serviría para mucho que se dejara influir por el discurso de los líderes del PJ: puesto que el peronismo, además de constituir la oposición, está por iniciar una interna que con toda probabilidad resultará ser feroz, a nadie le es dado distinguir los análisis objetivos que ensayen los jefes más ambiciosos de los discursos meramente tácticos que pronuncian con el propósito de conseguir el apoyo de un grupo determinado de compañeros.

Una acusación que con frecuencia se dirige contra De la Rúa es que suele tomar demasiado en serio la opinión de «los mercados», cuando le correspondería subordinarla a aquella de sus correligionarios o del «pueblo». ¿Qué quieren decir los muchos, entre ellos el ya ex ministro de Desarrollo Social, Juan Pablo Cafiero, que hablan de este modo? ¿Que el gobierno debería dejar de preocuparse por «los números», que para probar que sus sentimientos son solidarios abandone el esfuerzo por impedir que el déficit fiscal crezca hasta adquirir proporciones realmente gigantescas? Según parece, esto es precisamente lo que están reclamando, de modo que es una suerte que el presidente se haya negado a obedecer sus instrucciones.

Acaso el motivo fundamental de la desazón que afecta a una proporción importante de la población consiste en que si bien sus representantes hablan y hablan, raramente nos dicen lo que podría considerarse una receta para salir del marasmo. Tal actitud puede entenderse: cualquier estrategia supondría graves dificultades durante mucho tiempo y por deformación profesional los «dirigentes» están convencidos de que no les convendría convertirse en portadores de malas noticias. Sin embargo, a menos que comiencen a interesarse menos en identificar y castigar a los presuntos culpables de desastres ya irremediables y un tanto más en lo que podría hacerse para que el futuro no sea todavía peor, a De la Rúa no le resultará del todo provechoso permitirse guiar por sus consejos. Por el contrario, en tal caso actuaría como un desequilibrado que desde una ventana de piso número cincuenta de un rascacielos se deje convencer por una turba aburrida que le ordene saltar a fin de darle algunos segundos de emoción.


Pocos días transcurren sin que alguien exhorte al presidente Fernando de la Rúa a "escuchar" lo que le está diciendo alguno que otro sector crítico, sea éste conformado por "la gente", la Alianza, la UCR, "la industria" o "el poder legislativo", en vez de prestar atención a "los mercados". Según los muchos que hablan de este modo, De la Rúa es una especie de autista aislado del resto del mundo que vive en una pequeña burbuja familiar dominada por banqueros y jóvenes ingenuos. Puede que estén en lo cierto los que insisten en que el presidente actual, lo mismo que todos sus antecesores, es excesivamente propenso a encerrarse en su propio "entorno" en el que las opiniones presuntamente antojadizas de aficionados pesen más que las meditaciones profundas de hombres y mujeres serios, pero aunque un día optara por salir de él, sorprendería que la experiencia le resultara muy aleccionadora. Desgraciadamente para el país, la mayoría de los "mensajes" que diversas figuras están procurando transmitirle ya es disparatada o ya interesada. Es por eso que la Argentina está en crisis.

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