La política del rencor

Redacción

Por Redacción

En el 2010, la economía latinoamericana se recuperó vigorosamente del revés ocasionado por la crisis financiera internacional debido no sólo a la exportación de materias primas y productos agrícolas sino también al compromiso de muchos gobiernos, en especial los de Brasil, Chile y Perú, con políticas sensatas. Por desgracia, nuestro país no se encuentra entre los que parecen tener el futuro asegurado ya que, si bien se reanudó el crecimiento a tasas “chinas”, el éxito así supuesto fue empañado por el aumento al parecer irrefrenable del costo de vida. Con todo, por ahora cuando menos, nuestra situación es envidiable en comparación con la de Cuba, Bolivia y Venezuela, tres países cuyo fracaso económico se ha hecho evidente últimamente. En los días finales del año pasado, los presidentes Raúl Castro, Evo Morales y Hugo Chávez se vieron obligados a anunciar medidas que, según sus propios credos ideológicos, son ferozmente antipopulares. Mientras que Castro se ha propuesto eliminar de golpe medio millón de empleos estatales, Morales ordenó un “gasolinazo” tan brutal que provocó una reacción callejera violenta que tuvo que dar marcha atrás, y Chávez decretó el fin de un sistema cambiario desdoblado, devaluando el 65% el tipo preferencial que se había usado para la importación de bienes de primera necesidad. Como resultado, el poder adquisitivo de los venezolanos pobres se reducirá todavía más. Cuba, Venezuela y Bolivia conforman lo que según sus líderes actuales es un bloque “socialista” que supuestamente se distingue del resto de la región por la voluntad de sus gobiernos respectivos de privilegiar los intereses de los trabajadores, pero ya no cabe duda de que sus esfuerzos en tal sentido han resultado contraproducentes. Lejos de beneficiar a los sectores más necesitados, han agravado aún más las penurias a las que están acostumbrados y los ha privado de la posibilidad de disfrutar de las ventajas creadas por el progreso notable experimentando por la economía internacional en décadas recientes. Que éste haya sido el caso no es exactamente una sorpresa. Como descubrieron centenares de millones de desafortunados en el transcurso del siglo XX, permitir que ideólogos que se inspiran en alguna que otra variante del marxismo manejen la economía virtualmente garantiza que la mayor parte de la población se hunda en la miseria más absoluta. No ha existido ninguna excepción a esta regla deprimente: todos los países gobernados por izquierdistas autoritarios se caracterizan por la pobreza extrema en la que vive la mayoría de sus habitantes. ¿Por qué, pues, siguen atrayendo a los indignados por la inequidad que es típica del capitalismo –y de todos los demás sistemas socioeconómicos– las recetas marxistas y “bolivarianas” recomendadas por el trío revolucionario latinoamericano? La respuesta es sencilla. A los seducidos por la retórica castrista o bolivariana les interesa mucho menos el eventual destino de los pobres y excluidos que el de los relativamente ricos. A esta altura no pueden sino entender que no les será dado mejorar por mucho tiempo el nivel de vida de los trabajadores urbanos y los campesinos, pero tal inconveniente no les preocupa porque lo que buscan son buenos pretextos para castigar, a veces con brutalidad, a aquellos empresarios, financistas y políticos que figuran en su lista negra de enemigos. Expertos en el arte de movilizar la envidia, al llegar al poder personas como los Castro, Chávez y Morales pronto se dan cuenta de que en términos prácticos la “revolución” seguirá siendo una fantasía, pero sus propios fracasos les brindan más excusas para perseguir a quienes se les oponen, tratándolos de saboteadores, golpistas y derechistas vinculados con el imperialismo yanqui. Cuando gobernantes de este tipo hablan de “profundizar la revolución”, lo que tienen en mente es desterrar o encarcelar a sus enemigos locales, de tal modo desviando la atención de sus propios errores. Así, pues, fue de prever que al empeorar la situación económica en Venezuela, el único país latinoamericano que no ha logrado salir de la recesión, Chávez actuaría de forma cada vez más autoritaria con la presunta esperanza de que sus compatriotas atribuyan el estado calamitoso de la economía no a la ineptitud patente del corrupto régimen “bolivariano” sino al obstruccionismo opositor.


En el 2010, la economía latinoamericana se recuperó vigorosamente del revés ocasionado por la crisis financiera internacional debido no sólo a la exportación de materias primas y productos agrícolas sino también al compromiso de muchos gobiernos, en especial los de Brasil, Chile y Perú, con políticas sensatas. Por desgracia, nuestro país no se encuentra entre los que parecen tener el futuro asegurado ya que, si bien se reanudó el crecimiento a tasas “chinas”, el éxito así supuesto fue empañado por el aumento al parecer irrefrenable del costo de vida. Con todo, por ahora cuando menos, nuestra situación es envidiable en comparación con la de Cuba, Bolivia y Venezuela, tres países cuyo fracaso económico se ha hecho evidente últimamente. En los días finales del año pasado, los presidentes Raúl Castro, Evo Morales y Hugo Chávez se vieron obligados a anunciar medidas que, según sus propios credos ideológicos, son ferozmente antipopulares. Mientras que Castro se ha propuesto eliminar de golpe medio millón de empleos estatales, Morales ordenó un “gasolinazo” tan brutal que provocó una reacción callejera violenta que tuvo que dar marcha atrás, y Chávez decretó el fin de un sistema cambiario desdoblado, devaluando el 65% el tipo preferencial que se había usado para la importación de bienes de primera necesidad. Como resultado, el poder adquisitivo de los venezolanos pobres se reducirá todavía más. Cuba, Venezuela y Bolivia conforman lo que según sus líderes actuales es un bloque “socialista” que supuestamente se distingue del resto de la región por la voluntad de sus gobiernos respectivos de privilegiar los intereses de los trabajadores, pero ya no cabe duda de que sus esfuerzos en tal sentido han resultado contraproducentes. Lejos de beneficiar a los sectores más necesitados, han agravado aún más las penurias a las que están acostumbrados y los ha privado de la posibilidad de disfrutar de las ventajas creadas por el progreso notable experimentando por la economía internacional en décadas recientes. Que éste haya sido el caso no es exactamente una sorpresa. Como descubrieron centenares de millones de desafortunados en el transcurso del siglo XX, permitir que ideólogos que se inspiran en alguna que otra variante del marxismo manejen la economía virtualmente garantiza que la mayor parte de la población se hunda en la miseria más absoluta. No ha existido ninguna excepción a esta regla deprimente: todos los países gobernados por izquierdistas autoritarios se caracterizan por la pobreza extrema en la que vive la mayoría de sus habitantes. ¿Por qué, pues, siguen atrayendo a los indignados por la inequidad que es típica del capitalismo –y de todos los demás sistemas socioeconómicos– las recetas marxistas y “bolivarianas” recomendadas por el trío revolucionario latinoamericano? La respuesta es sencilla. A los seducidos por la retórica castrista o bolivariana les interesa mucho menos el eventual destino de los pobres y excluidos que el de los relativamente ricos. A esta altura no pueden sino entender que no les será dado mejorar por mucho tiempo el nivel de vida de los trabajadores urbanos y los campesinos, pero tal inconveniente no les preocupa porque lo que buscan son buenos pretextos para castigar, a veces con brutalidad, a aquellos empresarios, financistas y políticos que figuran en su lista negra de enemigos. Expertos en el arte de movilizar la envidia, al llegar al poder personas como los Castro, Chávez y Morales pronto se dan cuenta de que en términos prácticos la “revolución” seguirá siendo una fantasía, pero sus propios fracasos les brindan más excusas para perseguir a quienes se les oponen, tratándolos de saboteadores, golpistas y derechistas vinculados con el imperialismo yanqui. Cuando gobernantes de este tipo hablan de “profundizar la revolución”, lo que tienen en mente es desterrar o encarcelar a sus enemigos locales, de tal modo desviando la atención de sus propios errores. Así, pues, fue de prever que al empeorar la situación económica en Venezuela, el único país latinoamericano que no ha logrado salir de la recesión, Chávez actuaría de forma cada vez más autoritaria con la presunta esperanza de que sus compatriotas atribuyan el estado calamitoso de la economía no a la ineptitud patente del corrupto régimen “bolivariano” sino al obstruccionismo opositor.

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