Los clones se acercan
Tendremos que acostumbrarnos a la clonación humana, proceso cuya frecuencia dependerá más de su utilidad que de los esfuerzos por condenarla o reivindicarla.
Puesto que clonar seres humanos es factible, es de prever que tarde o temprano un equipo de científicos logre hacerlo tal como ya lo han hecho con la célebre oveja escocesa «Dolly». Aunque los voceros de la empresa Advanced Cell Technology de Massachusetts, Estados Unidos, que acaba de producir por este método lo que se supone es el primer embrión de nuestra especie que se haya clonado, han negado tener el propósito de continuar sus experimentos hasta «crear» una persona, otros sí lo harán, sea por curiosidad, por vanidad o por fines a su juicio prácticos. También es de prever que los avances en este sentido motiven más protestas furiosas de parte de religiosos de distintos credos y de moralistas de la más diversa procedencia, pero su oposición no resultará suficiente como para cerrar por completo las puertas a la investigación. Si consiguen impedirla en un país determinado, los especialistas se trasladarán a otros como en efecto ya está ocurriendo: a raíz de la hostilidad de la «derecha religiosa» norteamericana hacia la clonación que ha privado a los investigadores del acceso a fondos públicos, algunos científicos radicados en Estados Unidos han optado por ir a Gran Bretaña, donde el clima les es más benigno. Para que una prohibición absoluta resultara eficaz, sería necesario que todos los gobiernos del mundo decidieran respaldarla de forma muy vigorosa, lo cual parece sumamente improbable por la variedad de tradiciones éticas existentes.
Así, pues, tendremos que acostumbrarnos a la clonación humana, proceso cuya frecuencia dependerá más de su utilidad que de los esfuerzos de teólogos y eticistas por condenarla o, en algunos casos, por reivindicarla. Por lo pronto, sólo se trata de una forma de producir células que se cree serán de gran valor terapéutico, que podrían ayudar mucho a combatir enfermedades como el mal de Alzheimer, el mal de Parkinson y la diabetes. Dichas ventajas parecen tan evidentes que quienes protestan en nombre de conceptos religiosos tendrán que decidir si su declarado respeto por la manifestación más mínima de la vida humana, como la contenida en un centenar de células que ya conforman un embrión, podría justificar la negativa a emprender investigaciones destinadas a salvar a decenas de millones de personas de las consecuencias de enfermedades dolorosísimas. Mal que les pese, cuando es cuestión de la ética las respuestas no suelen ser tan sencillas como muchos preferirían creer.
Puede que la clonación resulte muy pero muy beneficiosa para el género humano. Puede que los resultados sean tan pesadillescos como imaginan los horrorizados por lo que está sucediendo. Sea como fuere, ya no hay manera de evitar que dicho proceso sea utilizado cada vez más. Es que desde hace aproximadamente tres siglos, el progreso de la ciencia y de las tecnologías de todo tipo que impulsa se han hecho inexorables, produciendo mucho que es claramente bueno pero también mucho que es maligno: por un lado, la tecnología resultante ha posibilitado que una inmensa cantidad de personas disfrute de una vida incomparablemente más rica que la concebible en épocas precientíficas incluso para los más afortunados; por el otro, ha llevado a la producción de las armas que en el siglo pasado fueron usadas para matar, mutilar o esclavizar a centenares de millones. Por cierto, hasta ahora cuando menos, todos los intentos de frenar la marcha de ciertas clases de tecnología han sido vanos y, gracias a la proliferación de centros científicos, que ya se encuentran en muchos países, se ha esfumado la posibilidad de que la ciencia sea subordinada a una ideología política o a los dictados de un credo religioso particular. Si bien es probable que algunos países decidan prohibir ciertas técnicas, no lo es que les sea dado obligar a todos los demás a emularlos. Por lo tanto, de elegir nuestros gobernantes oponerse por principio a la clonación de embriones humanos, lo único que lograrían sería eliminar la Argentina de la lista de países capaces de aprovechar plenamente los descubrimientos relacionados con las técnicas así supuestas, porque en otras partes del mundo los investigadores seguirían trabajando.
Puesto que clonar seres humanos es factible, es de prever que tarde o temprano un equipo de científicos logre hacerlo tal como ya lo han hecho con la célebre oveja escocesa "Dolly". Aunque los voceros de la empresa Advanced Cell Technology de Massachusetts, Estados Unidos, que acaba de producir por este método lo que se supone es el primer embrión de nuestra especie que se haya clonado, han negado tener el propósito de continuar sus experimentos hasta "crear" una persona, otros sí lo harán, sea por curiosidad, por vanidad o por fines a su juicio prácticos. También es de prever que los avances en este sentido motiven más protestas furiosas de parte de religiosos de distintos credos y de moralistas de la más diversa procedencia, pero su oposición no resultará suficiente como para cerrar por completo las puertas a la investigación. Si consiguen impedirla en un país determinado, los especialistas se trasladarán a otros como en efecto ya está ocurriendo: a raíz de la hostilidad de la "derecha religiosa" norteamericana hacia la clonación que ha privado a los investigadores del acceso a fondos públicos, algunos científicos radicados en Estados Unidos han optado por ir a Gran Bretaña, donde el clima les es más benigno. Para que una prohibición absoluta resultara eficaz, sería necesario que todos los gobiernos del mundo decidieran respaldarla de forma muy vigorosa, lo cual parece sumamente improbable por la variedad de tradiciones éticas existentes.
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