El presidente rodeado
Si el PJ elige adueñarse de la presidencia, trasladará su interna al gobierno en un momento peligrosísimo.
Ya no se trata de reubicar las sillas sobre la cubierta del «Titanic» horas antes de aquel encontronazo fatal con el iceberg que lo hundiría, sino de una intriga destinada a encerrar al capitán en su cabina y, quizás, a mantenerlo en ella hasta que finalmente decida renunciar. Además de tener que intentar hacer frente al desastre que ha sido ocasionado por el «default» a medias que ya se ha declarado, el presidente Fernando de la Rúa se ha visto obligado a esforzarse -según parece, en vano- por impedir que los peronistas se alcen con la presidencia provisional del Senado, o sea, con la virtual vicepresidencia de la Nación, que fue dejada vacante por «Chacho» Alvarez, por temor a que una vez ocupado este puesto clave avancen sobre la Casa Rosada misma. Felizmente -o no- para De la Rúa, algunos peronistas por lo menos tienen sus dudas en cuanto a la conveniencia de desalojarlo. Puede que a los seguidores de Carlos Menem la perspectiva de asumir la responsabilidad de lidiar contra «la crisis» les parezca un detalle menor, pero entienden que la Constitución no permite a su jefe ser presidente hasta fines del 2003, razón por la que su hermano Eduardo se erigió en defensor de la tradición de que a la cabeza de la cola de sucesores presidenciales debería estar un correligionario del mandatario. En cambio, la mayoría de los senadores peronistas quiere confiar el cargo a su compañero, el senador electo Ramón Puerta, acaso por creer que el misionero no posee las dotes que le posibilitarían intentar aprovechar la oportunidad para convertirse en presidente.
En ciertas circunstancias, las maniobras emprendidas por los senadores peronistas podrían merecer la aprobación de todos los muchos que sienten angustia por el futuro del país. Este sería el caso si existiera algún motivo para suponer que el PJ estuviera en condiciones de gobernar con más sensatez y realismo que la Alianza, cuyas deficiencias en dicho ámbito difícilmente podrían ser más patentes. Sin embargo, nadie ignora que la confusión imperante en la nebulosa peronista es peor aún que la típica de los restos de la Alianza radical-frepasista. A pesar del tiempo transcurrido a partir de la derrota de octubre de 1999, los peronistas no han sabido pensar en nada parecido a un programa de gobierno. Tampoco han logrado decidir si se quedarán con Menem o, de optar por reemplazarlo, cuál de los diversos precandidatos sería el favorecido. Así las cosas, si a pesar de todo eligen adueñarse de la presidencia, la consecuencia más notable de la hazaña así supuesta consistiría en trasladar la interna peronista al gobierno nacional en un momento sumamente peligroso. A la luz de la brutal trayectoria peronista en esta materia, muchos compañeros, para no hablar de los simpatizantes de otros movimientos, preferirían soportar dos años más de internas aliancistas.
Por supuesto que el desconcierto que se da en las filas peronistas es, lo mismo que el prevaleciente en las aliancistas, otro síntoma de la gravísima enfermedad política que tantos perjuicios ya ha causado. Por una multitud de razones, los dirigentes de los movimientos más votados parecen congénitamente incapaces de formular una estrategia coherente para un país que al ser privado de los créditos que durante décadas trataba como una suerte de subsidio aportado por el Primer Mundo, se ha visto constreñido a intentar vivir de lo suyo sin por eso dejar de honrar las obligaciones contraídas en épocas menos exigentes. En buena lógica, los dirigentes de los partidos principales, en especial la UCR y el PJ, deberían estar en sesión permanente dedicándose a procurar pensar en qué hacer por mejorar el estado del país repentinamente depauperado y cada vez más conflictivo que les ha tocado manejar. ¿Lo están? Desde luego que no. Sin preocuparse demasiado por la evolución de una crisis que aún no ha afectado a sus propias personas, pero que está incidiendo de forma devastadora en la vida de sus compatriotas, siguen con la lucha tradicional por ocupar espacios de poder que, es de suponer, aún esperan convertir en fuentes de ingreso para sus allegados y clientes, acaso por tratarse de lo único que saben hacer.
Ya no se trata de reubicar las sillas sobre la cubierta del "Titanic" horas antes de aquel encontronazo fatal con el iceberg que lo hundiría, sino de una intriga destinada a encerrar al capitán en su cabina y, quizás, a mantenerlo en ella hasta que finalmente decida renunciar. Además de tener que intentar hacer frente al desastre que ha sido ocasionado por el "default" a medias que ya se ha declarado, el presidente Fernando de la Rúa se ha visto obligado a esforzarse -según parece, en vano- por impedir que los peronistas se alcen con la presidencia provisional del Senado, o sea, con la virtual vicepresidencia de la Nación, que fue dejada vacante por "Chacho" Alvarez, por temor a que una vez ocupado este puesto clave avancen sobre la Casa Rosada misma. Felizmente -o no- para De la Rúa, algunos peronistas por lo menos tienen sus dudas en cuanto a la conveniencia de desalojarlo. Puede que a los seguidores de Carlos Menem la perspectiva de asumir la responsabilidad de lidiar contra "la crisis" les parezca un detalle menor, pero entienden que la Constitución no permite a su jefe ser presidente hasta fines del 2003, razón por la que su hermano Eduardo se erigió en defensor de la tradición de que a la cabeza de la cola de sucesores presidenciales debería estar un correligionario del mandatario. En cambio, la mayoría de los senadores peronistas quiere confiar el cargo a su compañero, el senador electo Ramón Puerta, acaso por creer que el misionero no posee las dotes que le posibilitarían intentar aprovechar la oportunidad para convertirse en presidente.
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