Un caso único
Hace varias décadas, dos ganadores del Premio Nobel de Economía, Paul Samuelson y Simon Kuznets, coincidieron en que en el mundo hay cuatro tipos de países: “los desarrollados, los no desarrollados, el Japón y la Argentina”. Fue su forma de manifestar la extrañeza que les produjo la negativa tajante de una serie de gobiernos nacionales a hacer lo necesario para que la Argentina emulara a muchos países que, a pesar de contar con menos ventajas, se enriquecían de manera impresionante. Se trata de una actitud que, sin habérselo propuesto, el en aquel momento presidente Raúl Alfonsín resumió al afirmar que “no pudimos, no supimos o no quisimos” tomar medidas que acaso hubieran servido para ahorrarnos otra convulsión económica de la clase a la que estamos acostumbrados. Pues bien: si Samuelson y Kuznets aún estuvieran entre nosotros, no modificarían su opinión. Aunque luego de algunos años de crecimiento rápido la mayoría parece creer que esta vez todo sí saldrá bien, abundan los motivos para creer que sólo estamos disfrutando de la parte buena de un ciclo conocido, uno en que una etapa de “plata dulce” se verá seguida indefectiblemente por otra caracterizada por un “ajuste” involuntario que golpee duramente a los sectores más pobres. Por ahora el país está experimentando un boom de consumo que, por la proximidad relativa de las elecciones presidenciales, el gobierno está decidido a impulsar. Contribuye a estimularlo “la inflación de supermercado” que a juicio de todos salvo los funcionarios del gobierno se ha acercado al 30% anual y pronto podría superarlo, ya que, como sucediera con frecuencia en el pasado, muchos prefieren gastar su dinero antes de que pierda valor. Por lo demás, el gasto público ha aumentado tanto que, en comparación con el producto bruto, ya es equiparable con el habitual en países del norte de Europa, aunque, claro está, nuestros servicios públicos son decididamente inferiores. Asimismo, hasta el gobierno teme que estemos en vísperas de una puja salarial, razón por la que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner acaba de pedirles racionalidad a los negociadores, tanto a los empresarios “que lloran que siempre pierden” como a los sindicalistas “que gritan mucho para que les den cosas”. Puesto que llorar y gritar ya son tradicionales cuando las paritarias se ponen en marcha, no es demasiado probable que los aludidos presten atención a sus advertencias. Como tantos otros gobiernos nacionales anteriores, el kirchnerista parece creer que le ha sido dado suspender las leyes básicas de la economía, cuando no de la matemática. Mientras que en otras partes del mundo una tasa de inflación anual del 5% es considerada motivo de alarma, aquí las autoridades tratan una que amenaza con llegar a ser seis o siete veces mayor como si fuera un fenómeno psicológico atribuible a la maldad de un conjunto de consultoras privadas. Aunque la rica experiencia nacional en la materia debería haberles enseñado que tarde o temprano les será preciso tomar medidas forzosamente antipáticas para frenar la inflación, parecería que ha tenido el efecto contrario de convencerlas de que sería mejor dejar que el boom de consumo continúe, ya que siempre podrán culpar a otros por cualquier desgracia que ocurra. Tal postura sería más comprensible si el gobierno de Cristina supusiera que perderá las próximas elecciones y que por lo tanto le convendría entregar a su sucesor una “herencia” tan complicada que la ciudadanía no tardaría en oponérsele, reeditando de este modo la estrategia populista de otros tiempos cuando les correspondía a los militares encargarse de pagar los platos rotos después de terminar un nuevo festín consumista, pero sucede que los kirchneristas confían en seguir gobernando hasta por lo menos diciembre del 2015. Así las cosas, deberían rezar para que se hubieran quedado cortos quienes decían que la Argentina es un país radicalmente diferente de todos los demás, ya que lo que se han propuesto es no sólo mostrarle al mundo que sus dirigentes suelen manejar la economía nacional según criterios que resultan incomprensibles para sus homólogos extranjeros sino que también han patentado una fórmula que les permitirá minimizar los perjuicios ocasionados por la inflación sin que nadie se vea obligado a hacer nada que sea políticamente costoso.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 25 de marzo de 2011
Hace varias décadas, dos ganadores del Premio Nobel de Economía, Paul Samuelson y Simon Kuznets, coincidieron en que en el mundo hay cuatro tipos de países: “los desarrollados, los no desarrollados, el Japón y la Argentina”. Fue su forma de manifestar la extrañeza que les produjo la negativa tajante de una serie de gobiernos nacionales a hacer lo necesario para que la Argentina emulara a muchos países que, a pesar de contar con menos ventajas, se enriquecían de manera impresionante. Se trata de una actitud que, sin habérselo propuesto, el en aquel momento presidente Raúl Alfonsín resumió al afirmar que “no pudimos, no supimos o no quisimos” tomar medidas que acaso hubieran servido para ahorrarnos otra convulsión económica de la clase a la que estamos acostumbrados. Pues bien: si Samuelson y Kuznets aún estuvieran entre nosotros, no modificarían su opinión. Aunque luego de algunos años de crecimiento rápido la mayoría parece creer que esta vez todo sí saldrá bien, abundan los motivos para creer que sólo estamos disfrutando de la parte buena de un ciclo conocido, uno en que una etapa de “plata dulce” se verá seguida indefectiblemente por otra caracterizada por un “ajuste” involuntario que golpee duramente a los sectores más pobres. Por ahora el país está experimentando un boom de consumo que, por la proximidad relativa de las elecciones presidenciales, el gobierno está decidido a impulsar. Contribuye a estimularlo “la inflación de supermercado” que a juicio de todos salvo los funcionarios del gobierno se ha acercado al 30% anual y pronto podría superarlo, ya que, como sucediera con frecuencia en el pasado, muchos prefieren gastar su dinero antes de que pierda valor. Por lo demás, el gasto público ha aumentado tanto que, en comparación con el producto bruto, ya es equiparable con el habitual en países del norte de Europa, aunque, claro está, nuestros servicios públicos son decididamente inferiores. Asimismo, hasta el gobierno teme que estemos en vísperas de una puja salarial, razón por la que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner acaba de pedirles racionalidad a los negociadores, tanto a los empresarios “que lloran que siempre pierden” como a los sindicalistas “que gritan mucho para que les den cosas”. Puesto que llorar y gritar ya son tradicionales cuando las paritarias se ponen en marcha, no es demasiado probable que los aludidos presten atención a sus advertencias. Como tantos otros gobiernos nacionales anteriores, el kirchnerista parece creer que le ha sido dado suspender las leyes básicas de la economía, cuando no de la matemática. Mientras que en otras partes del mundo una tasa de inflación anual del 5% es considerada motivo de alarma, aquí las autoridades tratan una que amenaza con llegar a ser seis o siete veces mayor como si fuera un fenómeno psicológico atribuible a la maldad de un conjunto de consultoras privadas. Aunque la rica experiencia nacional en la materia debería haberles enseñado que tarde o temprano les será preciso tomar medidas forzosamente antipáticas para frenar la inflación, parecería que ha tenido el efecto contrario de convencerlas de que sería mejor dejar que el boom de consumo continúe, ya que siempre podrán culpar a otros por cualquier desgracia que ocurra. Tal postura sería más comprensible si el gobierno de Cristina supusiera que perderá las próximas elecciones y que por lo tanto le convendría entregar a su sucesor una “herencia” tan complicada que la ciudadanía no tardaría en oponérsele, reeditando de este modo la estrategia populista de otros tiempos cuando les correspondía a los militares encargarse de pagar los platos rotos después de terminar un nuevo festín consumista, pero sucede que los kirchneristas confían en seguir gobernando hasta por lo menos diciembre del 2015. Así las cosas, deberían rezar para que se hubieran quedado cortos quienes decían que la Argentina es un país radicalmente diferente de todos los demás, ya que lo que se han propuesto es no sólo mostrarle al mundo que sus dirigentes suelen manejar la economía nacional según criterios que resultan incomprensibles para sus homólogos extranjeros sino que también han patentado una fórmula que les permitirá minimizar los perjuicios ocasionados por la inflación sin que nadie se vea obligado a hacer nada que sea políticamente costoso.
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