El turno de Portugal
A ningún país europeo le gusta ser “rescatado” por sus socios. No sólo es una cuestión de orgullo nacional sino también de la conciencia de que, a cambio de un “paquete de ayuda”, le será necesario implementar una serie de ajustes muy severos y reformas destinadas a flexibilizar el mercado laboral. Aunque la alternativa a ser rescatado consiste en adoptar un programa igualmente draconiano con la esperanza de impresionar tanto a los inversores internacionales que sigan comprando bonos, los miembros de la Unión Europea que están en apuros han preferido procurar mantener a raya a quienes dicen estar dispuestos a salvarlos. Desgraciadamente para los portugueses, los esfuerzos en tal sentido del gobierno encabezado por José Sócrates fueron repudiados por los parlamentarios que, como sus homólogos en la Argentina, no quieren saber nada de ajustes. Si bien Sócrates tuvo que renunciar, el de los contrarios a las medidas de austeridad que había propuesto fue un triunfo pírrico, ya que, al estimular dudas en cuanto a la capacidad de Portugal para impedir que el déficit continúe subiendo, ha reducido aún más la posibilidad de que “los mercados” opten por prestarle el dinero que tanto precisa. En Europa, la canciller alemana Angela Merkel desempeña un papel que se parece mucho al atribuido aquí al FMI al insistir en que todos deberían respetar las mismas reglas financieras. Los intentos de convencer a los alemanes de que hay que tomar en cuenta las “realidades políticas” de los distintos países han fracasado; como ella sabe muy bien, sólo se trata de pretextos para negarse a bajar el gasto público, eliminar trabas burocráticas o modificar el régimen laboral. Tampoco les preocupa a los alemanes verse acusados de ser “neoliberales” carentes de “imaginación” por sus dependientes de la periferia europea. Desde su punto de vista, el asunto es sencillo: para defender el euro, todos los países que lo han adoptado tendrán que comprometerse a obrar con prolijidad teutona. De lo contrario la moneda común se desplomaría, con consecuencias negativas para todos, en especial para quienes ya están endeudados hasta el cuello, aunque también para los alemanes y holandeses que verían aumentar mucho el valor del euro residual. La experiencia argentina luego del colapso de la convertibilidad y una devaluación brutal sólo ha servido para que los portugueses, griegos e irlandeses se aferren con mayor tenacidad al euro. Entienden que si bien nuestro país, ayudado por el “viento de cola” internacional, logró recuperarse con rapidez sorprendente del desastre, el precio que tuvo que pagar fue terriblemente alto, ya que millones de personas cayeron en la pobreza extrema. Por lo demás, mientras que aquí la mayoría se había resignado hace tiempo a un nivel de vida muy bajo, los griegos, portugueses y otros se habían acostumbrado a creer que andando el tiempo disfrutarían de ingresos equiparables con los de los europeos más prósperos. Aunque Portugal es el país más pobre de la UE, el producto per cápita anual es de 23.000 dólares y el de Grecia es de 31.000 dólares. En cambio, el atribuido a la Argentina apenas supera los 8.000 dólares anuales, de suerte que nuestro gobierno dispone de un margen de flexibilidad que está negado a sus equivalentes europeos. En cierto modo, podría comparar la situación en que se encuentran los portugueses, griegos y otros europeos que no son “competitivos” con la de los argentinos de más de medio siglo antes cuando, por razones políticas, el gobierno dejó de tratar de adaptarse a circunstancias novedosas, con la diferencia de que sus países forman parte de una confederación y por lo tanto se ven obligados a acatar al pie de la letra las reglas fijadas por sus socios más poderosos. Protestar contra dicha realidad, calificándola de inhumana, injusta, antipopular y así por el estilo, les permite desahogarse pero no sirve para mucho más. Mal que les pese, los habitantes de Portugal y otros países tendrán que elegir entre un esfuerzo sostenido por emular a los más exitosos, es decir a los alemanes, y rehusar intentarlo por sentirse anímicamente comprometidos con un “modelo” tradicional que, si bien cuenta con el apoyo ferviente de una elite conformada por políticos, sindicalistas e intelectuales contestatarios, no puede asegurar a los demás un ingreso per cápita tan elevado como en otras partes de la UE.
A ningún país europeo le gusta ser “rescatado” por sus socios. No sólo es una cuestión de orgullo nacional sino también de la conciencia de que, a cambio de un “paquete de ayuda”, le será necesario implementar una serie de ajustes muy severos y reformas destinadas a flexibilizar el mercado laboral. Aunque la alternativa a ser rescatado consiste en adoptar un programa igualmente draconiano con la esperanza de impresionar tanto a los inversores internacionales que sigan comprando bonos, los miembros de la Unión Europea que están en apuros han preferido procurar mantener a raya a quienes dicen estar dispuestos a salvarlos. Desgraciadamente para los portugueses, los esfuerzos en tal sentido del gobierno encabezado por José Sócrates fueron repudiados por los parlamentarios que, como sus homólogos en la Argentina, no quieren saber nada de ajustes. Si bien Sócrates tuvo que renunciar, el de los contrarios a las medidas de austeridad que había propuesto fue un triunfo pírrico, ya que, al estimular dudas en cuanto a la capacidad de Portugal para impedir que el déficit continúe subiendo, ha reducido aún más la posibilidad de que “los mercados” opten por prestarle el dinero que tanto precisa. En Europa, la canciller alemana Angela Merkel desempeña un papel que se parece mucho al atribuido aquí al FMI al insistir en que todos deberían respetar las mismas reglas financieras. Los intentos de convencer a los alemanes de que hay que tomar en cuenta las “realidades políticas” de los distintos países han fracasado; como ella sabe muy bien, sólo se trata de pretextos para negarse a bajar el gasto público, eliminar trabas burocráticas o modificar el régimen laboral. Tampoco les preocupa a los alemanes verse acusados de ser “neoliberales” carentes de “imaginación” por sus dependientes de la periferia europea. Desde su punto de vista, el asunto es sencillo: para defender el euro, todos los países que lo han adoptado tendrán que comprometerse a obrar con prolijidad teutona. De lo contrario la moneda común se desplomaría, con consecuencias negativas para todos, en especial para quienes ya están endeudados hasta el cuello, aunque también para los alemanes y holandeses que verían aumentar mucho el valor del euro residual. La experiencia argentina luego del colapso de la convertibilidad y una devaluación brutal sólo ha servido para que los portugueses, griegos e irlandeses se aferren con mayor tenacidad al euro. Entienden que si bien nuestro país, ayudado por el “viento de cola” internacional, logró recuperarse con rapidez sorprendente del desastre, el precio que tuvo que pagar fue terriblemente alto, ya que millones de personas cayeron en la pobreza extrema. Por lo demás, mientras que aquí la mayoría se había resignado hace tiempo a un nivel de vida muy bajo, los griegos, portugueses y otros se habían acostumbrado a creer que andando el tiempo disfrutarían de ingresos equiparables con los de los europeos más prósperos. Aunque Portugal es el país más pobre de la UE, el producto per cápita anual es de 23.000 dólares y el de Grecia es de 31.000 dólares. En cambio, el atribuido a la Argentina apenas supera los 8.000 dólares anuales, de suerte que nuestro gobierno dispone de un margen de flexibilidad que está negado a sus equivalentes europeos. En cierto modo, podría comparar la situación en que se encuentran los portugueses, griegos y otros europeos que no son “competitivos” con la de los argentinos de más de medio siglo antes cuando, por razones políticas, el gobierno dejó de tratar de adaptarse a circunstancias novedosas, con la diferencia de que sus países forman parte de una confederación y por lo tanto se ven obligados a acatar al pie de la letra las reglas fijadas por sus socios más poderosos. Protestar contra dicha realidad, calificándola de inhumana, injusta, antipopular y así por el estilo, les permite desahogarse pero no sirve para mucho más. Mal que les pese, los habitantes de Portugal y otros países tendrán que elegir entre un esfuerzo sostenido por emular a los más exitosos, es decir a los alemanes, y rehusar intentarlo por sentirse anímicamente comprometidos con un “modelo” tradicional que, si bien cuenta con el apoyo ferviente de una elite conformada por políticos, sindicalistas e intelectuales contestatarios, no puede asegurar a los demás un ingreso per cápita tan elevado como en otras partes de la UE.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora