El respeto por la trayectoria

Arturo Pérez-Reverte lo ha dicho con crudeza: vivimos en una época que no valora a quienes realmente la vivieron. No porque no tengan algo para decir, sino porque no lo dicen en el formato que el algoritmo premia.

Hay preguntas que no son inocentes. No por malicia, sino por ignorancia del recorrido del entrevistado. Y ello en cualquier oficio, profesión o deporte, más cuando se está frente a una leyenda, suele ser una forma sutil de irrespeto.

La escena ocurrió en una conferencia de prensa del Abierto de Australia, territorio donde a veces se confunde la velocidad con la profundidad. Un periodista le recordó a Novak Djokovic que primero “persiguió” a Roger Federer y Rafael Nadal, y que ahora, en el otoño de su carrera, debe “alcanzar” a Carlos Alcaraz y a Jannik Sinner.

Djokovic, con 38 años con mueca de conteo, respondió sin negar el talento de los dos jóvenes —todo lo contrario—, pero reclamó algo elemental: perspectiva.

Entre aquel joven serbio que desafiaba a dos gigantes y este veterano que aún compite en la élite, hay quince años de dominio, de Grand Slams, de finales, de récords -es el más ganador de Grand Slams de la historia del deporte y obtuvo diez veces el 0pen australiano- y de una disciplina férrea que se teje día a día.

Este matiz, que para algunos parece menor, es digno de ser analizado, porque no se trata solo de tenis.

Ocurre hoy en casi todas las actividades. Frecuentemente vemos como algunos abogados, docentes, médicos, periodistas, entrenadores, con escaso recorrido y menos pedagogía, imparten consejos desde un set de grabación doméstico, un celular en vertical o un fondo cuidadosamente iluminado. Profesionales devenidos en youtubers, tiktokers o instagramers, donde la imagen reemplaza al argumento y el impacto desplaza al fondo de la cuestión.

Todo es efímero. Arturo Pérez-Reverte lo ha dicho con crudeza: vivimos en una época que no valora a quienes realmente la vivieron. A quienes caminaron el terreno, se equivocaron, corrigieron, leyeron, estudiaron y volvieron a empezar. No porque no tengan algo para decir, sino porque no lo dicen en el formato que el algoritmo premia.

Djokovic, en cambio, es la metáfora perfecta del libro completo. No solo por lo que ganó, sino por cómo sigue vigente. Con casi cuatro décadas de vida, aún da batalla deportiva, compitiendo contra cuerpos más jóvenes, aún se sostiene, con una mezcla de talento, elongación extrema e inteligencia.

Y, además, conserva una altura intelectual notable para responder, incluso con trazos de humor, ante la impertinencia de quienes no recorren su itinerario.

Nada de esto implica desmerecer lo hecho por Carlos Alcaraz. Ganar todos los Grand Slams a la edad de 22 años, es una hazaña extraordinaria y un anuncio de lo que viene. Pero el futuro se construye apoyándose en el pasado.

El problema no es la juventud, sino la amnesia. Esa que confunde novedad con autoridad y visibilidad con sabiduría. Esa que cree que todo empieza cuando uno llega, cuando otros vuelven de años de haber abierto el camino.

Djokovic no pidió admiración, solo memoria. Lo hizo en defensa propia, pero también con particular sagacidad, al tratar en la premiación de leyenda a su rival de mil batallas Rafael Nadal.

En tiempos donde muchos opinan sin haber andado lo suficiente, aconsejan sin haber aprendido a enseñar, recordar el camino atravesado aparece como un gesto extraño. La época premia la visibilidad, no la experiencia.

La voracidad de la inmediatez, lleva a que la página se degluta al libro y probablemente a futuro la primera sea víctima de la línea, hasta la aniquilación misma de la letra.

Por eso incomoda que a quien sigue de pie después de haberlo ganado todo, se lo sindique como un eterno perseguidor. Djokovic con toda dignidad no persigue a nadie, simplemente sigue escribiendo.

Y hay quienes, por no haber leído los capítulos anteriores, confunden el final del libro con una nota al pie.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


Hay preguntas que no son inocentes. No por malicia, sino por ignorancia del recorrido del entrevistado. Y ello en cualquier oficio, profesión o deporte, más cuando se está frente a una leyenda, suele ser una forma sutil de irrespeto.

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