El pañuelo blanco sigue siendo una brújula de la democracia
A 50 años del golpe, la memoria de ese horror y la lucha de quienes se opusieron a él son el cimiento más sólido del sistema.

El 24 de marzo de 1976 los tanques ocuparon nuestras calles, las radios fueron silenciadas y los cuerpos empezaron a desaparecer. Una junta militar tomó el poder con una brutalidad calculada y sistemática. Treinta mil personas fueron secuestradas, torturadas, desaparecidas o asesinadas, y más de cuatrocientos bebés fueron robados a sus madres en cautiverio.
El terrorismo de Estado no fue obra exclusiva de las Fuerzas Armadas. Fue un proyecto cívico-militar sostenido por sectores que se beneficiaron del régimen, por medios de comunicación que callaron o legitimaron el horror y por empresarios que defendieron una política económica que destruyó la industria nacional y dejó una deuda externa que condicionó décadas de democracia.
Hoy, cincuenta años después, asumo mi rol como diputado nacional con una certeza: la memoria de ese horror y la lucha de quienes se opusieron a él son el cimiento más sólido de nuestra democracia.
Las que preguntaron cuando nadie preguntaba
Las Madres de Plaza de Mayo comenzaron a circular alrededor de la Pirámide el 30 de abril de 1977. Con el miedo instalado como norma de vida, decidieron ir a la Plaza a preguntar por sus hijos e hijas. Muchas se convirtieron también en Abuelas: sabían que sus hijas habían dado a luz en cautiverio y tenían una misión específica: encontrar a los nietos que la dictadura les había robado.
Se pusieron un pañuelo blanco en la cabeza y giraron semana tras semana, año tras año, gobierno tras gobierno.
No pidieron venganza: pidieron verdad; no negociaron: exigieron aparición con vida y, cuando la vida ya no era posible, exigieron justicia. Madres como Taty Almeida, abuelas como Estela Barnes de Carlotto: figuras imprescindibles que durante cincuenta años ocuparon el espacio público con una presencia inquebrantable.
La dictadura respondió con la misma lógica con que respondía a todo: el terror. Azucena Villaflor y Esther Ballestrino de Careaga fueron secuestradas, torturadas y lanzadas vivas al mar en los operativos a los que conocemos como “Vuelos de la muerte”; ese fue el destino de quienes resistieron desde la Santa Cruz y de tantos otros.
Cincuenta años construyendo memoria
En 1984 se publicó el informe “Nunca Más” de la Conadep, documento fundacional de la memoria argentina.
Un año después, bajo la presidencia de Alfonsín, la Argentina hizo algo que ningún país había hecho antes: condenar a sus propios dictadores ante la justicia civil.
El Juicio a las Juntas demostró que la impunidad no es inevitable. Hasta hoy el EAAF continúa su trabajo y cada identificación es una restitución de humanidad.
En 1995, los hijos e hijas de las víctimas fundaron H.I.J.O.S. Cuando las leyes de impunidad bloqueaban los juicios, fueron a los barrios de los represores y los señalaron ante sus vecinos, demostrando que la memoria puede y debe ser apropiada por cada generación.
En 2003, Néstor Kirchner ordenó bajar los cuadros de Videla y Bignone del Colegio Militar: el Estado argentino no convive con la imagen de sus genocidas. Durante los gobiernos de Néstor y Cristina se anularon las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, se reabrieron los juicios y más de mil represores fueron condenados.
Esta cronología no es un repaso de fechas: es el registro del camino colectivo que recorrimos. Cada ronda, cada movilización, cada resto identificado, cada uno de los 140 nietos que recuperaron su identidad merecen ser recordados y homenajeados.
Florecerán pañuelos
Vivimos un momento en que funcionarios del Estado relativizan los crímenes de lesa humanidad, cuestionan el número de desaparecidos y reivindican represores. Eso no es una opinión legítima: es una mentira que daña nuestra democracia.
Los crímenes de la dictadura no son una interpretación: son hechos documentados en miles de páginas judiciales, en testimonios de sobrevivientes y en sentencias firmes. Cada representante elegido democráticamente tiene la obligación de expresar que en esta democracia, que costó treinta mil vidas, no hay lugar para la impunidad. Nunca Más no es una consigna electoral; es un compromiso constitutivo de lo que somos como nación.
Hoy elijo homenajear a quienes convirtieron el dolor en organización y pusieron su voz donde otros pusieron el silencio. Esos pañuelos blancos, que devolvió el mar, son la memoria del horror del pasado, son brújula de verdad en el presente, son faro de justicia para que florezca el derecho al futuro.
* Diputado Nacional, Unión por la Patria.

El 24 de marzo de 1976 los tanques ocuparon nuestras calles, las radios fueron silenciadas y los cuerpos empezaron a desaparecer. Una junta militar tomó el poder con una brutalidad calculada y sistemática. Treinta mil personas fueron secuestradas, torturadas, desaparecidas o asesinadas, y más de cuatrocientos bebés fueron robados a sus madres en cautiverio.
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