Desabastecimiento ya crónico

Redacción

Por Redacción

Ya no tiene mucho sentido atribuir la escasez de energía que con frecuencia creciente está provocando graves dificultades en buena parte del territorio nacional sólo a problemas puntuales como los supuestos por las huelgas prolongadas de los petroleros y docentes en Santa Cruz, los golpes de frío o de calor que se repiten todos los años e inconvenientes vinculados con las deficiencias de la red de distribución. Se trata del resultado inevitable de una política oficial que, por un lado, ha estimulado el consumo y que, por el otro, ha frenado la producción al privar a las empresas del sector energético de incentivos mínimos, como si en su caso fuera posible anular por decreto la ley de la oferta y la demanda. Así, pues, luego de haber sido durante algunos años una exportadora neta de energía, –en el 2006, antes del inicio de la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, disfrutamos de un saldo positivo de 5.600 millones de dólares en la materia– la Argentina se ha visto transformada en un país importador que tendrá que gastar cada vez más comprando lo que necesitará para que la economía continúe funcionando, pagando los precios fijados por el mercado internacional. Según el grupo conformado por ocho ex secretarios de Energía, este año será necesario gastar aproximadamente 3.000 millones de dólares en el rubro así supuesto y “las importaciones crecerán en los próximos años mucho más, tanto en volumen como en precio”. El panorama que prevén es alarmante ya que abundan los motivos para suponer que para impulsar la producción local será forzoso aumentar mucho las tarifas que, en algunos centros urbanos como la Capital Federal, son llamativamente inferiores a las habituales en otras partes de América Latina. Por razones comprensibles, el gobierno es reacio a hacerlo, pero tal y como están las cosas no le quedará más alternativa que la de modificar radicalmente la política voluntarista que fue adoptada por el entonces presidente Néstor Kirchner por suponer que lo ayudaría a “construir poder”. Por lo pronto, la crisis energética ha afectado principalmente a amplias zonas del interior, donde mantener a raya el frío o viajar en auto requieren esfuerzos mayúsculos. En muchas provincias ha sido necesario racionar el consumo de gas natural y nafta, lo que ha motivado una reacción fuerte por parte del gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, quien dice haber preparado una denuncia penal y civil contra los presuntos responsables de ordenar las restricciones que tantas dificultades han ocasionado a los salteños. También se ha hecho notar la escasez en Catamarca, Mendoza, San Juan, Santiago del Estero y Chaco. Mientras tanto, en la Capital, el distrito políticamente más sensible del país y en consecuencia el más favorecido por el sistema complicado de subsidios que ha improvisado el gobierno nacional, el suministro de gas, nafta y electricidad sigue siendo adecuado. La estrategia económica kirchnerista –“el modelo”– se basa en la idea de que por ser el consumo un motor del crecimiento hay que privilegiarlo sin preocuparse por la producción ya que, se supone, ésta se verá tan beneficiada por el fervor consumista que el gobierno se las ha arreglado para fomentar que no podrá sino aumentar. Por desgracia, las cosas no son tan sencillas. Puede que por un rato siga funcionando la máquina de movimiento perpetuo populista, pero llegará el momento en que no dé para más. Dicho momento no estará muy lejos. Si bien el célebre “viento de cola” posibilitado por las ventas de soja y otros productos del campo le ha permitido mantenerse hasta ahora, los problemas que enfrenta “el modelo” debido a las distorsiones que ha provocado siguen multiplicándose. Desgraciadamente para el próximo gobierno, parece más que probable que se vea obligado a intentar atenuarlos tomando medidas antipáticas como las que tanto enojaron al gobernador Urtubey. De resultar reelegida Cristina, pues, le correspondería hacer cuanto resulte necesario para reparar los daños causados por las políticas resueltamente cortoplacistas tan típicas del kirchnerismo, daños que sólo agravarían cualquier intento de ocultarlos con medidas más cortoplacistas aún de la clase recomendadas por ideólogos que quisieran huir hacia adelante “radicalizando el modelo”.


Ya no tiene mucho sentido atribuir la escasez de energía que con frecuencia creciente está provocando graves dificultades en buena parte del territorio nacional sólo a problemas puntuales como los supuestos por las huelgas prolongadas de los petroleros y docentes en Santa Cruz, los golpes de frío o de calor que se repiten todos los años e inconvenientes vinculados con las deficiencias de la red de distribución. Se trata del resultado inevitable de una política oficial que, por un lado, ha estimulado el consumo y que, por el otro, ha frenado la producción al privar a las empresas del sector energético de incentivos mínimos, como si en su caso fuera posible anular por decreto la ley de la oferta y la demanda. Así, pues, luego de haber sido durante algunos años una exportadora neta de energía, –en el 2006, antes del inicio de la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, disfrutamos de un saldo positivo de 5.600 millones de dólares en la materia– la Argentina se ha visto transformada en un país importador que tendrá que gastar cada vez más comprando lo que necesitará para que la economía continúe funcionando, pagando los precios fijados por el mercado internacional. Según el grupo conformado por ocho ex secretarios de Energía, este año será necesario gastar aproximadamente 3.000 millones de dólares en el rubro así supuesto y “las importaciones crecerán en los próximos años mucho más, tanto en volumen como en precio”. El panorama que prevén es alarmante ya que abundan los motivos para suponer que para impulsar la producción local será forzoso aumentar mucho las tarifas que, en algunos centros urbanos como la Capital Federal, son llamativamente inferiores a las habituales en otras partes de América Latina. Por razones comprensibles, el gobierno es reacio a hacerlo, pero tal y como están las cosas no le quedará más alternativa que la de modificar radicalmente la política voluntarista que fue adoptada por el entonces presidente Néstor Kirchner por suponer que lo ayudaría a “construir poder”. Por lo pronto, la crisis energética ha afectado principalmente a amplias zonas del interior, donde mantener a raya el frío o viajar en auto requieren esfuerzos mayúsculos. En muchas provincias ha sido necesario racionar el consumo de gas natural y nafta, lo que ha motivado una reacción fuerte por parte del gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, quien dice haber preparado una denuncia penal y civil contra los presuntos responsables de ordenar las restricciones que tantas dificultades han ocasionado a los salteños. También se ha hecho notar la escasez en Catamarca, Mendoza, San Juan, Santiago del Estero y Chaco. Mientras tanto, en la Capital, el distrito políticamente más sensible del país y en consecuencia el más favorecido por el sistema complicado de subsidios que ha improvisado el gobierno nacional, el suministro de gas, nafta y electricidad sigue siendo adecuado. La estrategia económica kirchnerista –“el modelo”– se basa en la idea de que por ser el consumo un motor del crecimiento hay que privilegiarlo sin preocuparse por la producción ya que, se supone, ésta se verá tan beneficiada por el fervor consumista que el gobierno se las ha arreglado para fomentar que no podrá sino aumentar. Por desgracia, las cosas no son tan sencillas. Puede que por un rato siga funcionando la máquina de movimiento perpetuo populista, pero llegará el momento en que no dé para más. Dicho momento no estará muy lejos. Si bien el célebre “viento de cola” posibilitado por las ventas de soja y otros productos del campo le ha permitido mantenerse hasta ahora, los problemas que enfrenta “el modelo” debido a las distorsiones que ha provocado siguen multiplicándose. Desgraciadamente para el próximo gobierno, parece más que probable que se vea obligado a intentar atenuarlos tomando medidas antipáticas como las que tanto enojaron al gobernador Urtubey. De resultar reelegida Cristina, pues, le correspondería hacer cuanto resulte necesario para reparar los daños causados por las políticas resueltamente cortoplacistas tan típicas del kirchnerismo, daños que sólo agravarían cualquier intento de ocultarlos con medidas más cortoplacistas aún de la clase recomendadas por ideólogos que quisieran huir hacia adelante “radicalizando el modelo”.

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