Dos hermanos y la camiseta del club de barrio
Los Simonet, hijos de padres también jugadores, dejaron una huella imborrable en el balonmano de nuestro país.

Eduardo Sacheri suele recordar que la patria de la infancia cabe en un club de barrio. El recientemente desparecido Daniel Castellani y Gonzalo Bonadeo, quien visitara la Ciudad de Neuquén por estos días, también han ilustrado con anécdotas la relevancia que en la educación informal y en la transmisión de valores tienen estas instituciones hechas a pulmón.
Una cantera poco valorada en la formación de jugadores, que, como sucede en distintos deportes, terminan luego de mucho andar, representando a nuestro país.
En las baldosas de la Sociedad Alemana de Villa Ballester (SAGVB) un particular club de barrio, el handball no se enseña como una materia: se hereda.
Allí crecieron los Simonet, una estirpe de hermanos, hijos de padres también jugadores, que entendieron desde muy chicos que la pelota redonda también se pica con las manos.
Sebastián fue el primero en abrir el camino. Como todo hermano mayor en una familia donde el deporte se respira en la mesa dominical, le tocó marcar la huella: ordenar el ataque, acomodar la defensa y recibir las primeras marcas duras.
Atrás venía Diego y, tiempo después, Pablo, dando forma a una trilogía indispensable para la historia de Los Gladiadores.
Si el básquetbol tuvo su Emanuel Ginóbili, el handball argentino parió a Diego Simonet. Enfrentar a las torres humanas del norte de Europa con una contextura de estas latitudes bordea la insensatez.
Sin embargo, en el Montpellier de Francia, «El Chino» levantó la Champions League y se coronó MVP de la final. Con una finta endiablada y la penetración hacia el gol siempre entre cejas, pagó el atrevimiento con lesiones y fracturas, pero siempre volvió con la sonrisa del pibe que solo quería jugar.
Junto a Sebastián dejaron una huella imborrable en el balonmano de nuestro país. Una marca reconocida que impulsó el crecimiento de este deporte en Argentina, expandiéndolo desde la pista de parqué tradicional hasta la arena.
Allí nació el beach handball, la disciplina donde las Kamikazes se consagraron campeonas mundiales y en la que varias atletas de nuestra región siguen marcando el camino en los torneos nacionales e internacionales.
Pasaron los Juegos Olímpicos y el retiro de la Selección Nacional. Sebastián asentado en el país; Diego en Francia. Pero faltaba la última escena.
El hermano mayor tenía un deseo, una convocatoria clandestina que cruzó el Atlántico como en aquel relato de Esperándolo a Tito. Había que jugar el último Torneo Nacional con la camiseta de la infancia. Era el Last Dance de Sebastián.
Diego, apenas retirado del profesionalismo deportivo galo, pero con múltiples compromisos laborales y familiares, dejándolo todo, se tomó un avión desde Europa para calzarse la camiseta roja de Ballester. Como un amateur más, llegó con su bolsito a Alta Gracia, listo para jugar seis partidos en tantos días.
La travesía de Córdoba no fue un trámite, los torneos nacionales con equipos reforzados, son ásperos. La final contra Dorrego fue un drama tenso, empatado hasta los últimos cuatro minutos. Fue entonces cuando reingresaron al campo los hermanos.
Con la memoria emotiva intacta y un equipo que los bancó en todo momento, tejieron las jugadas finales para salir campeones nacionales con el club de toda la vida.
Cuando el pitazo final desató la fiesta y levantaron a Sebastián en andas, una periodista buscó la frase sobre el éxito de estos dos “pibes”. Sebastián, señalando a su hermano, eligió decir: «Miren a este chico. Se tomó un avión y vino a jugar con el club donde nos formamos, con la carrera que hizo y sin ninguna necesidad».
La alta competencia deslumbrará con trofeos y luces de neón. Pero la verdadera gloria no cotiza en euros ni se mide en títulos continentales: se reduce al abrazo apretado al terminar el partido, a la certeza de haber dejado el alma en el parqué y al orgullo ciego de haber defendido, hasta el último segundo, los colores que los hicieron hombres.
*Abogado. Prof. Nacional de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com

Eduardo Sacheri suele recordar que la patria de la infancia cabe en un club de barrio. El recientemente desparecido Daniel Castellani y Gonzalo Bonadeo, quien visitara la Ciudad de Neuquén por estos días, también han ilustrado con anécdotas la relevancia que en la educación informal y en la transmisión de valores tienen estas instituciones hechas a pulmón.
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